Entrevista Crazyminds con… Damián Szifrón: “Relatos Salvajes conecta con un deseo de liberación en múltiples capas, no solo la política o la social, también la personal”

Damián Szifrón ha tirado de imaginación para concebir y plasmar Relatos Salvajes… no de la de dragones, troles o faunos, sino de la que hace uso cualquier ser humano con los pies en la tierra, de la que te llena la boca cuando presencias una situación enervante y sientes la necesidad imperante de pasar a la acción. El director nos plantea una serie de situaciones límite y cotidianas en las que cualquiera podría perder la cabeza -sí cualquiera, incluso Gandhi, el Dalái Lama… o la mismísima Yoko Ono-, situaciones que sin embargo normalmente acabamos aplacando de una manera quizá insana: mordiéndonos la lengua hasta hacerla sangrar, apretando los puños hasta clavarnos las uñas en las palmas de las manos, sujetados por un amigo o… simplemente contando hasta diez. Pero, ¿qué pasa cuando nada de eso apacigua a la bestia que llevamos dentro? Damián Szifrón nos lo explica gráficamente.

Sus relatos han captado la atención de más de tres millones de espectadores en Argentina, han cosechado ovaciones en Cannes, Toronto, San Sebastián –de donde se ha ido con el premio del público a la Mejor Película Europea-, y Sitges… y esto parece que no ha hecho más que empezar. Todavía le queda un largo camino por recorrer, para empezar el de los premios Goya y el de los Óscar: Relatos Salvajes ha sido seleccionada para representar a su país para competir por estos galardones. Demasiadas sensaciones de golpe para Szifrón, nervios, euforia quizá, después de haber estado nueve años sin estrenar una película –trabajando, eso sí, en televisión-. Eso podríamos pensar… Vértigo es la palabra que se me ocurre para describir lo que sentiría yo si estuviera en su lugar. Pero sin embargo, nos asegura el cineasta, está tranquilo, sereno. Damos fe. Nos recibe en estado zen y regresamos en estado zen de esta entrevista, a pesar de lo salvaje de su propuesta.

Crazyminds: ¿Tendrá que pasar otra década para volver a ver un largometraje tuyo en el cine?

Damián Szifrón: No, no, no… tengo varias cosas en marcha, digamos que hice una serie de cosas que pertenecen a una etapa y luego me dediqué a escribir durante muchos años y produje los proyectos que voy a desarrollar en esta nueva etapa, el primero es Relatos Salvajes, que está bueno porque es como una especie de menú de otras cosas que también me dan ganas de hacer, me abre puertas a diferentes caminos que tengo ganas de explorar.

C: Relatos Salvajes empieza con una introducción muy impactante a la que siguen unos créditos de inicio salvajes: a cada nombre del equipo le corresponde un animal… y tú te retratas como un zorro rojo, ¿por qué?

DS: Así es (risas). Por el color de pelo, lo primero… (risas). La verdad es que cuando se me ocurrió hacer esa secuencia de títulos, empecé a buscar animales para relacionarlos con los personajes, inicialmente solo los actores iban a tener su animal, pero se me ocurrió que podía encontrar especies que conectaran con el rubro de cada uno de los técnicos también. El director de sonido tiene un animal con las orejas grandes, el director de fotografía un búho con los ojos bien abiertos, etc. Y a la hora de buscar el director no sabía qué tipo de animal se relaciona con esa tarea, entonces empecé a buscar animales que me expresaran de alguna forma y cuando apareció ese zorro medio rojizo me sentí identificado con esa mirada… está agazapado, como pensando, estudiando… Me gustó, fue algo más intuitivo que racional en ese caso.

C: Precisamente uno de los ejercicios que se hacen en las escuelas de arte dramático con los actores antes de empezar una improvisación es pensar en el animal con el que te sientes identificado en ese momento y después interiorizarlo y dejarte llevar por su instinto… Vamos a hacer ese ejercicio, ¿qué animal te sientes hoy?

DS: (Risas) Pues… a mí hoy me sale el pez. Hoy me aparece algún animal marino. Tranquilo… Un pulpo podría ser, desplazándose por el mar. Hoy siento cierta calma que bueno, me lleva a ese estado, el acuático.

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C: Curiosa esa elección teniendo en cuenta todo lo que has vivido gracias a Relatos Salvajes, ¡y lo que te queda aún!

DS: Sí, pero bueno, la guerra ya pasó. Ahora estoy acompañando una película que tiene vida propia, que definitivamente respira, late, tiene su propio pulso; nosotros la vamos, ni siquiera empujando, la vamos acompañando, porque camina sola.

C: Me interesa especialmente el trabajo de dirección de actores, es una gozada verles actuar así, de una manera tan libre… ¿cómo ha sido ese trabajo? ¿Más improvisación que guión?

DS: No, no hay mucha improvisación en la película. En general hay directores que se sienten cómodos con la improvisación pero yo no tanto, no porque no me guste sino porque valoro mucho el proceso mediante el cual se da vida a algo que estaba en un papel, me parece que esa es la gran dificultad: decir las cosas como si estuviesen dichas por primera vez pero a través de un proceso, no porque surgieran ahí. Cuando escribo paso mucho tiempo imaginando, los diálogos aparecen improvisados, así lo escucho en mi mente y los traslado al papel… y luego… me gusta esa música que aparece… como un compositor que después quiere ejecutar. Ahora el máximo desafío para un actor es darle a eso verdad y dimensión y solo los grandes actores lo pueden hacer. Incluso en el teatro ocurre eso, las obras son las mismas, hay muchos clásicos que se siguen haciendo, pero cada actor les confiere una nueva vida y ahí te das cuenta dónde están las grandes actuaciones. También me gusta ver el cine improvisado, me encanta John Cassavetes, un director que admiro y que se manejaba muchísimo con la improvisación, pero bueno en este caso no y los extraordinarios intérpretes que están en la película claramente la llevaron a otro nivel. Es mucho mejor la película que veo que la que imaginé y eso se debe en gran parte al trabajo actoral.

C: Hasta donde has podido, ¿lo has dejado en sus manos?

Bueno, mi trabajo es dirigirlos, ellos fueron los que interpretaron y yo tengo que generarles las mejores condiciones posibles para que la máxima verdad salga a través de sus gestos, sus movimientos, sus cuerpos, que estén lo más compenetrados posible. Hay muchas dimensiones en una película y cada uno está conectado en su caudal de acción y de información, el actor está experimentando la historia desde dentro, la está viendo a través de los ojos del personaje, los actores son los personajes; mientras que el director tiene una concepción mucho más general. Cuando escribo sí estoy dentro de los personajes, luego estoy con ellos desde fuera.

Ese cine que llamamos realista a veces excluye todo un campo de información que para mí tiene mucha verdad, mucha belleza, mucha potencia, que tiene que ver con la imaginación”

C: Has declarado que prefieres explotar la imaginación, mostrar el mundo como te gustaría que fuese, llevar en definitiva la realidad a otro nivel… ¿Qué opinas entonces de movimientos como el Neorrealismo que mostraban la realidad que te hierve la sangre -como haces tú en Relatos Salvajes-, pero sin ir más lejos?

DS: Bueno, estás hablando de un movimiento que fue muy significativo e inauguró formas de rodar cine que luego tuvieron un efecto en películas que no pertenecían a ese movimiento ni procesaban la misma temática. Mucho del cine que a mí más me gusta, que es el que se hizo en Estados Unidos en la década de los 70, toma un montón de elementos de el Neorrealismo Italiano: los escenarios naturales, rodar en las calles, actores no necesariamente tan conocidos en su momento, cierta visceralidad, pero bueno… Me parece que cada director tiene su propia mirada y hay lugar para todas, nunca pienso que el cine debe ser de tal y cual manera. Yo tengo que hacer el cine que me sale del alma y en ese sentido, desde mi punto de vista, están operando muchas cosas en simultáneo cuando se hace una película y sobre todo cuando se ve una película como espectador: por un lado está la realidad, pero la realidad está compuesta por elementos que no se ven; como seres vivos y singulares nosotros también imaginamos, deseamos, tememos y hay un montón de imágenes que están intermediando entre no sé qué parte del cerebro y las cosas que están en el exterior físico. Entonces ese cine que a veces llamamos realista y que consiste en rodar la realidad tal cual es, a veces para mí excluye todo un campo de información que para mí tiene mucha verdad, mucha belleza, mucha potencia, que tiene que ver, ya te digo, con la imaginación. En cambio a veces las películas de género nos llevan a ese estadio, más a lo que queremos ser o incluso a los que somos de verdad pero no mostramos, o que sale bajo momentos de mucha tensión y mucha presión. En el fondo el deseo está ahí, está presente.

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C: Pero, para que no haya confusión: lo que muestras no es ciencia-ficción, son situaciones muy improbables, pero que bajo mi punto de vista, ¡pueden pasar perfectamente! ¿Alguno de los cortos que forman la película es un caso real de principio a fin?

DS: No, no (risas). De principio a fin no es ningún caso, pero es verdad que todo es concebible, todo es posible. No suelen desenvolverse así las situaciones, pero creo que lo que la película hace es tomar conflictos cotidianos reales y después trasportarlos al universo de la fantasía, y ahí me manejé con la libertad y el juego que propone la ficción. De alguna manera la película se acerca a Cuentos asombrosos, esa serie que Steven Spielberg produjo en los 80, en su forma o en su espectacularidad, pero no incluye ningún elemento que sea ‘fantástico’.

C: Puestos a hacer uso de la imaginación y ya que Relatos Salvajes representará a Argentina en la carrera hacia los premios Óscar… ¿te imaginas con uno entre las manos?

DS: La verdad es que no pienso tanto en eso, es como un mecanismo de defensa para cortar un poquito con la exigencia eterna… es decir, con esa idea de que una vez llegas a un determinado punto ya estás imaginando el logro que le sigue. La verdad es que quiero disfrutar también con lo que ya sucede con la película, que eso creo que es lo más difícil de lograr. Me parece que es mucho más difícil tener una película que realmente guste, que sea recomendada con tanta euforia, con tanta convicción como está ocurriendo con esta película, que ganar premios, aun los más significativos. Hay muchas películas que ganaron premios importantes e igual la gente las olvida, mientras que hay otras que no ganaron ningún premio y están en el corazón, en la memoria de gran cantidad de gente. Creo que lo más importante es que la película haya sido vista por tanta gente en Argentina -casi batió un récord histórico de cantidad de espectadores-, y que les haya gustado de esa manera, porque no es solo la cantidad, sino que también la película se habla, se discute, se recomienda, está en los titulares a diario… Ya por eso estoy contento, y después lo que venga, vendrá o no.

C: Por cierto, ¿tú en Argentina has tenido muchos problemas con Tráfico?

DS: (Risas) Bastantes, bastantes… te diría que sí.

C: En casi todos los cortos que componen la película hay implicado un vehículo…

DS: Hay vehículos, lo noté… Es verdad… (risas). Sí, aparece el vehículo como una extensión del ser humano y si estamos en un estado de crispación preocupante, estamos manejando un arma, eso por un lado. Por otro lado, hay más vehículos de los que una ciudad puede resistir y la gente siguiendo la publicidad se compra autos con 600 caballos de potencia para luego ir a dos por hora por la autopista cada día por el exceso de tránsito que hay… Todo ese conjunto de situaciones y las contradicciones que genera evidentemente me despiertan alguna inquietud.

C: Y lo has dejado bien claro en la película.

DS: Ahí quedó (risas).

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La falta de respeto, el abuso de poder o el maltrato diario nos va cargando por dentro y los deseos que reprimimos nos van convirtiendo en una especie de seres con demasiadas capas de ‘antivirus’”

C: ¿Qué pasaría si todos los seres humanos se dejasen llevar por su lado salvaje?

DS: ¡Es una gran pregunta! Medio kantiana… es el imperativo categórico de Kant. No lo sé. Es un lindo experimento social, pero no me atrevo a proponerlo. Lo que sí que imagino es una sociedad o un mundo en el que nuestros instintos no estén tan reprimidos, porque no me parece que los instintos sean negativos. Muchas veces la represión ocurre por el miedo a lo que nosotros mismos podemos hacer más que por el daño que podamos sufrir. Hay un ensayo de Freud que es muy interesante que se llama Tótem y tabú que explica un poco por qué el esclavo obedece al amo y por qué baja la mirada cada vez que el amo se presenta: es porque el esclavo tiene miedo de matar al amo, por eso lo respeta, porque si se abandonara a su propio instinto cometería un homicidio, a eso es a lo que teme, no es una cuestión de respeto o de miedo al amo o tanto el poder, sino el miedo a la propia agresión. Entonces bueno, la falta de respeto, el abuso de poder de la autoridad, el maltrato diario… eso nos va cargando por dentro y los deseos que reprimimos también nos van convirtiendo en una especie de seres con demasiadas capas de ‘antivirus’ -estamos así como protegidos-, entonces hay un determinado momento en el que esa represión causa angustia, mucha angustia, mucha gente convive con esa angustia y aprende de alguna manera a vivir así… y hay otros que explotan. Esta película es sobre los que explotan pero creo que todos los demás podemos entender por qué explotan.

C: De hecho aquí en España también hay muchos a punto de explotar…

DS: Sí, lo sé, lo sé… ¡Lo noto! (risas)

C: Cuando uno ve tu película, a modo de vendetta, le pueden asaltar ganas de cometer actos de dudosa legalidad…

DS: (Risas) Puede ser…

C: Entonces, para que tu público no vaya a la cárcel después de ver Relatos Salvajes, ¿qué le recomiendas hacer?

DS: Yo pienso que la experiencia del cine en ese sentido resulta catártica. Es mucho más saludable filmar esas cosas o ir a ver esas cosas que hacerlas en la realidad. La instancia de la ficción aparece como un espacio para experimentar tanto para quienes la hacen como para quienes la contemplan, eso está bueno. No pienso que el cine pueda resolver la realidad, pero sí quizá generar algún tipo de inquietud, eso puede ser. Pero bueno, me parece que la película conecta con un deseo de liberación en múltiples capas, no solo la política o la social, también la personal. Por ejemplo, el episodio del casamiento presenta a una mujer que descubre que es engañada durante su propia noche de bodas y ahí también me parece que hay un deseo de sacarse de encima la impostura y de ir a la verdad, a lo que es, aun cuando la verdad puede asustar. Nos dicen demasiado cómo tenemos que ser, qué tenemos que hacer, entonces de pronto darle rienda suelta a eso que está ahí brotando de forma natural… eso aparece también como un deseo que me parece que la película contagia.

C: Después de ver la película entonces mejor tomarse una tila que ir a quemar contenedores…

DS: Sí, sí, sí… Mejor (risas).

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