Censura, cárcel y latigazos: el cine en Irán sufre una caza de brujas

MY TEHERAN FOR SALE

Las grescas entre griegos y persas son de sobra conocidas por todos, y el resultado final de esas grescas también… El bueno de Alejandro Magno conquistó ese territorio actualmente conocido con el nombre de Irán en el siglo IV a.C. y entre otros muchos empeños tuvo el de llevar la cultura teatral griega a sus recién estrenados ‘súbditos’. Y no hace falta recalcar la importancia que ha tenido el teatro griego a lo largo de la historia para adivinar las consecuencias positivamente culturales de esta ocupación entre los persas.

A base de construir majestuosos teatros a diestro y siniestro, Alejandro Magno consiguió que algo calara en ellos a pesar de que la cultura persa fuera fuerte y nada tuviera que envidiar a la griega. Pero ya sabes, lo bonito de la invasión de un territorio es el mestizaje, un enriquecimiento cultural…. Aunque poco podemos decir con certeza del resultado de este cruce de civilizaciones pues gran parte de los escritos pre-islámicos fueron destruidos con la llegada del Islam.

Con la llegada de esta religión monoteísta, y como ocurrió con otras tantas -véase por ejemplo el cristianismo-, los actores fueron duramente censurados. Era un sacrilegio que un humano fuera un ‘creador’ -en su caso de un personaje-, como lo es Dios. Pero el teatro persa no desistió entonces. Ni mucho menos. Estos actores se convirtieron en un ejemplo a seguir por su ingenio, porque siguieron expresando su arte de otro modo: como narradores que contaban cuentos ilustrados con sombras tras una tela, con marionetas…

Saltemos hasta el siglo X d.C para continuar con este análisis histórico. Si alguna vez te has interesado por la tradición teatral iraní, seguro te suenan los nombres de  algunos escritores de esta época, como el de Rudaki o Ferdowsi. La conquista árabe había supuesto la islamización de todas las formas de arte, pero varios siglos después de que esto sucediera estos dos poetas, junto con otros tantos contemporáneos, consiguieron resucitar en cierto modo la cultura de la antigua Persia. Los narradores -actores-, se han encargado después de transmitir las obras de estos autores a viva voz a lo largo de siglos y siglos, han sacado el arte a la calle intentando llevar a buen puerto esta herencia teatral.

Intuirás por estos datos que el teatro y consecuentemente los actores han tenido un papel muy significativo en Persia… Pero en la actual Irán ese papel no avanza, ni se queda estable. Retrocede. El que quiere dedicarse a la actuación allí lo tiene sumamente complicado. No es que no exista el teatro en Irán. Existe sí, pero las reglas del juego son muy concretas y quien intenta saltárselas es castigado. Literalmente.

Marzieh Vafamehr: 90 latigazos y un año de cárcel

Precisamente por ‘denunciar’ este hecho con el film Mi Teherán a subasta la directora iraní Granaz Moussavi ha tenido que soportar la censura y el castigo en su tierra. Aunque no lo ha sufrido en sus propias carnes. No ha sido ella, sino la actriz protagonista, Marzieh Vafamehr, gran amiga de la directora, la condenada a 90 latigazos y un año de prisión tras participar en su película interpretando a una actriz que se ve obligada a vivir en la clandestinidad en Teherán para poder ejercer su profesión. Hasta que decide marcharse de allí. Marzieh fue detenida en julio y puesta en libertad bajo fianza poco después. Hace tan solo unos días supimos que el asunto no había quedado zanjado. Se hicieron públicos los citados detalles de su condena. Las acusaciones exactas hacia la actriz no se han llegado a concretar con atino por ningún medio: unos dicen que el hecho de que Marzieh aparezca en pantalla sin velo y con el pelo rapado es suficiente, otros comentan que la película se ha proyectado de forma clandestina en Irán… Y sobra decir que Mi Teherán a subasta estaba prohibida allí, aunque en el panorama internacional se ha hecho un hueco importante consiguiendo el reconocimiento y ovación del público y la crítica en algunos de los festivales de cine más prestigiosos.

Sorprende la noticia no solo por el sin sentido y brutalidad de la condena, sino también por el hecho de que haya llegado años después del estreno de la película. Mi Teherán a subasta fue rodada en la ciudad que lleva por nombre en el año 2008. Granaz Moussavi contó entonces con todos los permisos necesarios para grabar allí esta película de producción australiana -país al que emigró junto con su familia a los 23 años-. La directora llevaba diez años con ese guión en la cabeza, el guión, según cuenta ella misma, de la historia de su generación, de su juventud en Teherán.

Esta historia va más allá… Sus propias vivencias pasan a un segundo plano para contar las de la auténtica protagonista: su gran amiga Marzieh. Efectivamente. En lo que pocos han reparado es en concretar que precisamente ella, Marzieh,  fue la fuente de inspiración de la directora. Marzieh interpreta a Marzieh. Moussavi confesó tras concluir la película que fue “testigo de la lucha de Marzieh por construir una vida propia y sobrevivir como actriz en Irán bajo circunstancias que ponían en peligro su moral, principios y puntos de vista como artista y como mujer”. Y como testigo reflejó esta realidad tan incómoda para tantos artistas iraníes… Y tan incómoda para la justicia iraní.

JAFAR PAHAHI

Jafar Panahi: 20 años de censura y seis de cárcel

La historia de Marzieh Vafamehr está lejos de quedarse en un hecho aislado en Irán. En los últimos años estamos siendo testigos de una auténtica ‘caza de brujas’ y el cineasta iraní Jafar Panahi es otra de las víctimas. Durante 20 años, el director de películas como OffSide o El Círculo no podrá viajar al extranjero, dar entrevistas ni, por supuesto, rodar películas, y previamente tendrá que pasar seis en prisión. La acusación en su caso es clara: propaganda y conspiración.

Propaganda. Tenía en mente rodar una película contra la República Islámica de Irán. El argumento del film, que de haber nacido se habría llamado Farda (Mañana), versaba sobre los disturbios que se produjeron tras la reelección de Mahmud Ahmadinejad como presidente en junio de 2009, unas movilizaciones conocidas como el Movimiento Verde y que Panahi apoyó públicamente. Conspiración. Por eso la imputación no se queda meramente en la intención del cineasta de hacer propaganda contra el régimen a través del cine… Parece ser que con su actitud transgresora llegó a violar la seguridad nacional.

A día de hoy, Jafar Panahi está en libertad, aunque ni siquiera él sabe por cuánto tiempo. Ya ha superado parte -mínima parte- del vía crucis: le detuvieron por este ‘delito’ en marzo de 2010 y llegó a estar encerrado más de dos meses. Unos 200.000 dólares y una huelga de hambre bastaron entonces para salir de allí, aunque estuvo un tiempo más bajo arresto domiciliario.

En diciembre ya supimos de la condena, una condena que llevó movilizarse a multitud de artistas internacionales, que fue denunciada por numerosos gobiernos occidentales, denunciada incluso sorprendente y paradójicamente por el gabinete del propio presidente Ahmadinejad, una condena que se apeló ante el tribunal revolucionario que le sentenció y que ahora, tras el veredicto desfavorable de la apelación, se llevará hasta el Tribunal Supremo de Irán con la esperanza de que jamás se haga efectiva… Aunque poco o nada se podrá hacer pues en Irán las sentencias emitidas por un tribunal revolucionario son definitivas e inapelables.

Los artistas iraníes no se rinden

Los de Marzieh Vafamehr y Jafar Panahi son los dos nombres que más han sonado durante los últimos días en esta ‘caza de brujas’, pero imaginarás que la lista de cineastas víctimas  de la justicia iraní es ingente. Sin ir más lejos, cuando detuvieron a Panahi, también se llevaron con los mismos cargos -propaganda y conspiración- a un joven realizador: Mamad Rasoulof. Éste ha corrido mejor suerte y su condena ha pasado de seis a un año de prisión.

Especialmente relevante ha sido lo que ha ocurrido en el pasado Festival de Cine de Beirut… Al director Sahand Samadian, la justicia iraní le impidió salir de su país para presentar su película Amo Teherán, película que además fue retirada de la programación. Algo parecido le ocurrió en el festival a otro director iraní, Nader Davoodi, pero esta vez las puertas no se le cerraron en Irán sino directamente en el Líbano. Su documental Red, White and the Green, sobre los citados disturbios postelectorales de 2009, también fue vetado. Así, a la dificultad de expresarse artísticamente dentro de Irán, se unen las trabas que ponen desde este país para que sus creadores patrios se expresen internacionalmente.

No son pocos los artistas iraníes que han decidido tomar medidas drásticas y con todo el dolor de su corazón irse de su propio país. Ejemplo de ello es la familia Makhmalbaf, seguramente los cineastas que más incomodidades han provocado al gobierno iraní. Rebeldes y críticos. Con sus películas siempre han intentado denunciar la realidad, cambiar esa realidad, cambiar el mundo. La familia de cineastas al completo se exilió de Irán en 2005, tras la elección del tan nombrado Mahmud Ahmadineyad como presidente…

Ellos se fueron, otros cineastas como Jafar Panahi, y otros tantos en los que no he reparado, pertenecientes junto a los nombrados a la llamada ‘nueva ola’ del cine iraní – Abbas Kiarostami o Bahman Ghobadi-, se han quedado a pesar de las dificultades. Todos, desde donde pueden, han hecho y hacen lo que pueden por su cine. Se las ingenian para hacerlo, como lo han hecho durante siglos los intérpretes persas.

¿Cuántos siglos han pasado desde que llegara el Islam a la grandiosa Persia mermando la creatividad de sus artistas? ¿Cuántos tiempo pasará hasta que podamos hablar de ello como algo lejano y completamente superado?

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