Camino de la cruz, el sentido y la comedia de la vida

Pensaba que mi subconsciente se estaba haciendo el graciosillo cuando instaló en mi mente la melodía del gag Every Sperm is Sacred -tan bien llevado por los Monty Python en El sentido de la vida-, mientras atendía a la creación divina de Dietrich Brüggemann. Me preguntaba cómo me podía venir semejante imagen a la cabeza ante una propuesta tan sobria, tan seria y tan cuidada como Camino de la cruz, una realidad disfrazada de impostura, todo lo contrario de lo que proponen las comedias absurdas que disfrazan la impostura de realidad para retratar una meta-realidad que casi todos observan como ajena. No es para reírse, no es una película para frivolizar, no está planteada para eso aunque el tema lo merezca –a modo de escape o crítica al fundamentalismo religioso claro está-.

Pensé que aquello era consecuencia de mi obsesión por estos humoristas británicos –a los que aludo en dos de cada tres críticas que escribo aproximadamente, pero me quedé más tranquila cuando supe que quizá el propio Brüggemann tenía en su cabeza algo parecido mientras rodaba su película puesto que, tal y como confesó durante su paso por España, uno de sus grandes referentes es el superviviente Terry Gilliam. Al director alemán le gusta este tipo de humor, se ha confesado seguidor de la doctrina propuesta en Brazil y la ha utilizado como referencia a lo largo de su carrera cinematográfica, ahora bien… sepa el público cinéfilo que no va a encontrar rastro de absurdo en Camino de la Cruz, más allá del que lleva implícito, dicho esto con todos mis respetos, el pertenecer a una sociedad fundamentalista, llámese San Pablo como la que el director inventa para su película, o llámese San Pío X, su auténtica inspiración. El cineasta sabe lo que es el radicalismo religioso, su padre seguía los dictados de esta congregación católica, pero desde luego en su familia nunca se llegó a los límites que él expone.

 

La influencia del cine sueco

Para tranquilizar a todos aquellos que no ven relación alguna entre el cine de Gilliam y el suyo, el cineasta ha nombrado insistentemente a otro maestro para explicar sus influencias, y no, para sorpresa de muchos no es ni Dreyer, ni Bergman, por muchas comparaciones que se hayan hecho entre los tres desde que dejó ver su viacrucis por primera vez.  Su director insignia no es otro que Roy Andersson. Quizá al que sepa que a este director se le conoce por ser un híbrido entre los Monty Phyton y Bergman –algún experto, al que luego han seguido más, asegura que sus “reflexiones sobre la existencia” son “el sentido de la vida” con un enfoque bergmaniano-, quizá al que lo sepa le empiecen a encajar las cosas, o no. A mí desde luego no me encajan, o me encajan a duras penas, aunque es un gustazo que Brüggemann se haya referido a este genial director sueco, porque es una excusa maravillosa para revisitar su obra.

Dice Brüggemann que su película bebe del cine de Andersson fundamentalmente por una formalidad típica del estilo al que el sueco se ha acogido para filmar su trilogía sobre ese extraño ser, el ser humano: el plano secuencia fijo. Camino de la cruz está compuesta por catorce planos secuencia fijos –algunos no tan fijos, mueve la cámara en tres momentos concretamente-, correspondientes a las catorce estaciones del  Via Crucis -la última estación la obvia, supongo que por coherencia-. Y hasta aquí la comparación, no hay más parecidos que ese. Los planos de Brüggemann son infinitamente más largos, carentes de humor, la profundidad de campo es menor, la iluminación es natural y la perspectiva de los encuadres es más lineal. No es una crítica, simplemente es la realidad. Son autores de estilos diferentes. Una cosa es que Brüggemann admire a Andersson y otra bien distinta es que se parezca a él. Los planos de Brüggemann se pueden comparar con un arte pictórico tirando a naturalista y los de Andersson con viñetas de tonos pastel desaturados –en ese sentido el sueco me recuerda ligeramente a su primo lejano Wes, Wes Anderson, pero hoy no me voy a meter en ese jardín-.

El patetismo de los personajes de Roy Andersson

Cuando Roy Andersson dejó de ‘mover la cámara’ para rodar su tercer largometraje Canciones del segundo piso –el primero de su premiada trilogía-, a sus seguidores se les iluminaron los ojos como si fueran replicantes, no solo porque llevase 25 años sin estrenar película, sino porque lo que mostraba en ella era rompedor: una visión sobre el ser humano que despierta sentimientos contradictorios, pena y burla, vergüenza ajena y compasión, risa externa y llanto interno, toda una curiosa amalgama de sensaciones envueltas en una composición fotográfica y fílmica extraña y bella, y en cierto modo confortable. Quien tuvo la oportunidad de ver los cortos y anuncios publicitarios que hizo antes de aquel estreno ya pudo intuir de qué iba la cosa, y seguramente se rindió a sus pies cuando observó que la película que la siguió, La comedia de la vida, se mantenía fiel a su estilo sin perder ni un ápice de originalidad.

El caso es que, aunque en mi opinión en el modus operandi son muy diferentes, quizá en lo de generar sentimientos contradictorios sí se parezcan Andersson y Brüggemann. María –interpretada por la debutante e impactante Lea van Acken-, el personaje principal de Camino de la cruz, es de hecho la personificación de la contradicción, de la contradicción de la humanidad y de la religión, de la certeza y la duda. El espectador la juzga y la apoya simultáneamente sin entender muy bien por qué, o sin querer entenderlo. Brüggemann fuerza hasta el límite una situación familiar para mostrar esta dualidad. Andersson por su parte lo que fuerza es el patetismo de sus personajes alejándoles de lo que entendemos por un comportamiento ‘normal’, y es precisamente eso lo que les hace más humanos, irremediablemente nos reconocemos y reconocemos a los otros en ciertas actitudes, algunas excentricidades que no nos gusta aceptar como propias. La rareza de esos individuos melancólicos no es consecuencia de un modo de vida impuesto como ocurre en Camino de la cruz sino de una actitud aparentemente espontánea, quizá infantil, que no inmadura.

Sea de un modo o de otro las propuestas de ambos directores cumplen con el objetivo que se proponen, el objetivo del cine: provocar. Los múltiples premios que ambos han recibido de público y jurado festivalero son prueba de ello. De la Seminci, Brüggermann se fue con las manos llenas, tres galardones a añadir a una lista que incluye, entre otros, el Oso de Plata al mejor guión en la Berlinale; y Andersson, con la última película de su triología, A Pigeon Sat on a Branch, se hizo con el León de Oro en la última edición del Festival de Venecia, dónde dijo haberse inspirado en Vittorio de Sica –afirmación que merece otro debate a parte-. El primero está testando ahora su última propuesta ante el público español en salas comerciales, el segundo tendrá que esperar para eso –quién sabe cuánto-, aunque parte de este público ya la ha catado en el Festival de Cine Europeo de Sevilla y en el Cineuropa compostelano. Mientras el resto espera a que llegue el día en el que pueda ver a esa paloma posada sobre una rama en pantalla grande, yo les invito a echar un ojo al resto de su filmografía, a descubrir por qué Roy Andersson se ha convertido humildemente en un director de culto.

 

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