Niño de Elche, hackeando el flamenco

NIÑO DE ELCHE

Hace unos días el propio artista bromeaba con el asunto. Era martes por la noche y la recién creada asociación de periodistas musicales (PAM) entregaba su premio a mejor disco del año. Entre los nominados, L.A., La Bien Querida, Tulsa y Xoel López. Finalmente el galardón recaía sobre Niño de Elche y sus Voces del extremo. El sevillano, haciendo gala de su mordiente habitual, quitaba hierro al asunto mofándose del “fallo” del jurado. Acostumbrado al ninguneo de los círculos flamencos, aquel reconocimiento entre la parroquia independiente debió sonarle a inocentada. Como si con su cante bastardo hubiera destapado un fallo del sistema. ¿Un cantaor flamenco recibiendo un premio de manos de la prensa indie? El enésimo capricho del hipsterismo, pensaron muchos. Como programar a Los Chichos en el Primavera Sound o a Raphael en el Sonarama. Y, a pesar de todo, puede que los miembros de la PAM acertaran esta vez y Voces del extremo sea efectivamente el disco más arriesgado, único y valiente que se ha editado en nuestro país en años.

Lo chocante del asunto es que el trabajo del Niño de Elche le debe mucho a ese género tradicional, centerario, incluso para muchos casposo, que es el flamenco. O al menos eso aseguran la mayor parte de los que han escrito sobre él. Si uno escucha de cabo a rabo Voces del extremo, resulta difícil que lo primero que te venga a la cabeza sea la palabra ‘flamenco’. Tan sólo Informe para Costa Rica cumple en lo formal con alguno de los cánones del género. El resto de canciones del álbum oscilan entre la electrónica destartalada y el desvarío pop digno de un disco de Alaska. Ni rastro de bulerías o fandangos. Tampoco las letras del cantaor dan pista alguna. La sátira política, la dictadura de los mercados y hasta el conflicto palestino se dan cita en versos tomados de la poesía de la conciencia. Una temática combativa que, aun sin ser ajena al flamenco, nunca había aparecido de manera tan descarnada como en los cantes del Niño de Elche.

La osadía no es nueva, a pesar de todo. Los casos de cantaores peleados con la ortodoxia flamenca son múltiples, aunque ninguno alcanzó mayor trascendencia que el protagonizado por el maestro Enrique Morente. Fallecido hace ahora dos años, la obra del granaíno siempre cabalgó entre el deseo de romper con lo establecido y el amor por esa tradición cuya fuente nunca parecía agotarse. Su Omega, grabado junto a Lagartija Nick, quedará para los amenes como piedra roseta del matrominio entre flamenco y rock independiente. A él debe que se le conociera más allá del circuito del cante o que terminara acaparando portadas en las revistas de tendencias junto a los neoyorquinos Sonic Youth. Sin él tampoco se entendería el penúltimo salto de Los Planetas, empeñados en mostrar el potencial psicodélico de los palos flamencos. Tampoco el reciente debut de su hija Soleá, que recibía hace un par de años su bautismo artístico precisamente con un homenaje a su padre acompañada de varios miembros de la banda andaluza.

El efecto más inmediato del estreno en solitario de la más joven de los Morente ha sido la vuelta a los titulares el espíritu transgresor de su padre. Una evocación generosa, aunque quizás un tanto exagerada si hablamos de la pequeña del clan. Nada comparable con la juerga flamenca del Niño de Elche. Su modus operandi se resiste a encajar en molde alguno. Empezando por el dejado por el propio Enrique. Cierto es que ambos comparten una educación basada en la tradición del cante, sin embargo, la huida hacia el rock del granadino tuvo casi siempre algo de bohemio, de búsqueda de lo extranjero, Cohen y Nueva York, el ruido y la ciudad. El de Elche, por contra, pone el foco en la poética de lo menor, el sufrimiento y lo olvidado, Costa Rica y Palestina. Una costumbre que le separa también del capricho flamenco de Los Planetas, cuyo recurso a la tradición sólo funcionó en su momento como revulsivo frente a la pereza creativa. Se agradece el gesto, el intento por acercar el folklore a la masa indie. Pero, por desgracia, la aventura quedó sólo en eso: en un simple gesto.

Eran otros tiempos, replicará alguno. A comienzos de los dosmil lo independiente cotizaba al alza y no había quien le tosiera a Jota y los suyos. Ahora, en cambio, el recurso al folklore patrio ha dejado de ser un simple antojo para estendidos y estrellas en busca de inspiración. Los ejemplos son todavía escasos, aunque significativos. Los Hermanos Cubero y su mezcla de jota aragonesa y espíritu polvoriento bluegrass. Lorena Álvarez y su reivindicación del coro como instrumento de reivindicación social. Algo en lo que también insiste el gijonés Nacho Vegas. Hombre fatal del indie patrio, su reconversión en cantante protesta ha levantando más de una ampolla entre la crítica gafapasta. En su reciente epé –Canciones populistas– recupera la tradición astur y dedica canciones a la PAH y al espíritu de Phil Ochs, convirtiendo el folk en palanca social y la situación política en oportunidad para mirar al pasado.

Una pulsión que parece también atravesar al Niño de Elche. Su obra no se entiende sin el 15-M, los movimientos sociales actuales, la cultura de lo común y la colaboración artística como forma de posicionarse ante el arte. El catálogo de conexiones destapa una red efervescente. Iniciativas como Flo 6×8 que convierten el flamenco en arma de reivindicación política llevándolo al parlamento andaluz y al interior de las oficinas bancarias. Festivales como el extinto Zemos98 que dieron cabida a los primeros experimentos del cantaor sevillano. Telarañas como Bulos&Tanguerias en los que el flamenco se mezcla con lo visual y lo poético. Ediciones como Flamenco y República. Cantes de la memoria en las que se recuperan piezas olvidadas por la historia oficial del género. Acciones, mapas, espacios de difusión que poco a poco han ido calando en la voz de Niño de Elche.

En todos ellos, subyace la idea de un flamenco desacralizado, festivo aunque solemne en su mirada social. La intención es desmontar los códigos establecidos por la tradición, mostrar las tripas de un género congelado por los que insisten en convertirlo en pieza de museo. Como el propio artista reconocía hace unos meses en una entrevista “no se trata del campo clásico, ya no es la Bienal de Flamenco de Sevilla la que sanciona, ni esta o aquella programación de Sala o Tablao, ni este crítico ni el entendido aquel”. Ya no importa tampoco lo que diga la Rockdelux ni la Mondosonoro. La intención es pasárselo bien y contar algo que importe, dejar de mirarse al ombligo y mofarse de los que consideran el flamenco una especie de misa castiza. Si uno se acerca a cualquiera de los conciertos del Niño de Elche verá risas y cuerpos horondos, danzas del vientre y versos extraídos de la teoría queer. Es la escenificación de lo absurdo, un teatrillo de títeres con voz. El cantaor canta, claro, pero como aseguraba uno de los periodistas que se había acercado aquella noche “las presentaciones de Niño de Elche con su disco Voces del extremo resultan desde el flamenco un fiasco rotundo”. Una completa farsa, vaya.

Conviene poner sobre aviso a los que se adentren en su obra. Con las canciones del Niño de Elche corremos el peligro de quedarnos con el envoltorio, con esa versión bufa del género calé. Les ocurrió durante un tiempo algo similar a los andaluces Pony Bravo, cuyo líder ejerce como director de orquesta en Voces del extremo. Su visión descacharrante del folklore andaluz se muestra en canciones como La rave de Dios o Turista ven a Sevilla. También en los carteles que preparan para sus presentaciones en los que no es raro ver la caricatura del político de turno o la Giralda de Sevilla saliendo disparada cual cohete espacial. Frente a la realidad gris y estandarizada de los medios, Daniel Alonso y compañía hackean el imaginario tradicional. De manera tan genial que, en ocasiones, su pantallazo satírico parece más real que la instantánea vomitada una y otra vez por el televisor.

Niño de Elche toma nota y, entre rapeos y declamaciones, dibuja un perfil ácido del sectarismo político (El comunista) y denuncia la dictadura globalizada (Mercados). Menciona a la Pantoja y al ex-consejero catalán Felip Puig y utiliza poemas sadomaso como lienzos sonoros. Calza vestimentas de antidisturbios y se deja retratar en una librería. Las crónicas del último Sónar hablan del sevillano y su banda mezclando verdiales -el palo más festivo del flamenco- con el potencial liberador de la electrónica rave. La pirueta la completaban imágenes de cargas policiales y eslóganes sacados de un anuncio de caja de ahorros. Un batiburrillo que, lejos de servir como estrategia de distracción, pone el foco sobre los conflictos de nuestro presente más inmediato. En el caso de Niño de Elche, esa actualidad pasa por un nuevo proyecto junto a la banda madrileña de post-rock Toundra. El affaire dará sus primeros pasos el próximo 11 de marzo en un concierto de consecuencias imprevisibles. Ya lo dice el propio cantaor: “Nadie me conoce, ni mi psiquiatra, ni la alcachofa de la ducha. Nadie me ha descubierto todavía”.