A descubrir absolutamente: Derribos Arias

DERRIBOS ARIAS

Si tuviéramos que definir a Derribos Arias en una sola palabra, ésta sería CAOS. De este caos a veces surgía algo interesante y otras aburríamos hasta a las ovejas”. De esta forma captura Alejo Alberdi (guitarra, caja de ritmos, sintetizador) la sustancia de Derribos Arias en las notas interiores de CD, la antología (casi) integral de la banda publicada por DRO en 1996. Y sigue un poco más adelante: “La mayor virtud que tuvo el grupo fue la de mezclar sin autocensuras ni prejuicios todo tipo de estilos aparentemente incompatibles: onda siniestra, bubblegum, psicodelia, pop, punk, rock alemán y disco. Derribos Arias era como una esponja que absorbía todo para luego regurgitarlo. De ahí la incapacidad de los críticos para etiquetar nuestro trabajo y de ahí también su desconcierto a la hora de valorarlo”.

Estos dos extractos contienen, realmente, todo lo que uno necesita saber sobre el proyecto de Alejo, Juan Verdera (bajo, sintetizador), Manuel Paul Moreno (batería) e Ignacio Poch Gasca (guitarra, voz). Sin embargo, a este grupo que se mantuvo activo entre 1981 y 1987, y cuya obra íntegra puede resumirse en el espacio de un único CD, hay que oírlo realmente para creérselo.

Derribos Arias nacieron en el corazón de la nueva ola madrileña, fueron posibles gracias a la ruptura de diques creativos sobrevenida con el posfranquismo y significaron, ante todo, la expresión de la alucinada personalidad de Poch: un donostiarra de veinticinco años y salud frágil, que afrontó la certeza de un destino trágico por la vía de la aberración, el humor disparatado y la incontinencia de ideas. Antes de echar a rodar a su excéntrica empresa de demolición, Poch llevaba un tiempo disparatando en la sombra, como actor secundario en importantes focos de lo que se daría en llamar la Movida. De los efímeros Ejecutivos Agresivos, donde se había integrado como teclista a finales de los setenta, iban a surgir Gabinete Caligari y Décima Víctima; además, contaba en su hoja de servicios con un fugaz paso por la primerísima alineación de Alaska y Pegamoides, y mantenía activada en su Donosti natal a La Banda Sin Futuro: el auténtico embrión de lo que, trasladado a Madrid, pronto se iba a refundar bajo el nombre de Derribos Arias.

En el libro antológico La Edad De Oro Del Pop Español (Luca Editorial, 1992), el fallecido Kike Túrmix recordaba este episodio vivido con Poch: “Cuando (Derribos Arias) todavía vivían en el norte, fuimos un día a Bilbao, y entramos a un burguer a comer. Poch echó mostaza y ketchup a la suya, la apretó y la hamburguesa salió disparada. La recogió de suelo, la volvió a llenar de mostaza y ketchup, la volvió a apretar y se volvió a caer al suelo, y la volvió a recoger. Yo le dije que cómo iba a comerse una hamburguesa que se ha caído dos veces al suelo, y me contestó que `las cosas hasta que se caen tres veces son comestibles´”. La anécdota apenas parece trascender el chascarrillo, pero en ella se destila muy bien la personalidad pochiana, cuidadosamente construida para causar estupor entre quienes le rodeaban. Se trata del mismo estupor que provocan sus grabaciones, como veremos, y que le llevó a convertirse en la voz más destacada de lo que Derribos Arias (junto con Glutamato Yeyé o Sindicato Malone) abanderaron bajo el nombre de las hornadas irritantes: una apología del humor cafre y pasado de rosca, frente al emergente pop baboso de Mamá o unos Secretos todavía en el disparadero.

La presencia de Derribos en la densa de red de radios, fanzines y salas de la nueva ola se hizo notable desde el minuto uno, sobre todo tras ganar el quinto certamen Villa Rock De Madrid en 1982 y plastificar, en tiempo récord, sus primeras tres canciones en el sello GASA. Ese EP es, visto desde la distancia, la grabación más equilibrada y con mejor acabado de la exigua discografía del grupo; una producción espesa y llena de detalles que encapsula, como ninguna otra, el sonido de una banda en su momento álgido de frescura. La onda siniestra se concreta en Vírgenes Sangrantes En El Matadero (“es un buen plan para el fin de semana / quiero asistir a un nuevo cursillo / de Nuevas Castidades por fin convocadas”), donde el juego entre batería, caja de ritmos, voces de ultratumba y un bajo burbujeante en la estela de Joy Division se sirve sobre un colchón de guitarra distorsionada. Dios Salve Al Lehendakari (“que no es un rastafari / es un txistulari”) emplea mimbres similares para dar forma a un divertidísimo artefacto post-punk. Y Branquias Bajo El Agua es lo más parecido a un hit que grabaron jamás, la canción con la que se les suele representar en esos recopilatorios baratos que tratan de describir una panorámica fiable de lo que fue el pop español en los años ochenta. En ella encontramos a un Poch pletórico, trastocando los códigos de la tan española canción del verano y convirtiendo un simple chapuzón en una experiencia marciana e insólita.

 

 

Este extravagante pasaporte condujo a la banda a su período más exitoso y estable, si es que la estabilidad figuró alguna vez en el programa vital o artístico de una partícula libre como Poch. Ese ciclo duró muy poco, apenas dos años. Durante él, el cuarteto pasó de ser el primer grupo nuevaolero de la periferia geográfica en conquistar el éxito en la capital, a desembarcar con idéntica notoriedad en las salas de toda España. Los conciertos podían ser precisos, contundentes, o caóticos y confusos, dependiendo del termómetro químico de su líder: afectado ya con la enfermedad de Huntington, degenerativa y finalmente mortal, Poch se había vuelto completamente imprevisible, acentuándose su proverbial necesidad de aberrar.

Al tiempo que eran difundidos con insistencia por Jesús Ordovás en su radiofónico Esto No Es Hawai, donde se habían convertido en una de las sensaciones de la audiencia, Derribos Arias continuaban prensando sus estrambóticas visiones en discos de corta duración. La siguiente muesca fue el single A Flúor / Tupés En Crecimiento, con una cara A en la que Poch retomaba sus chifladuras con un improbable himno siniestro dedicado a ¡la higiene bucodental!, y una cara B donde el rock’n’roll primitivo chocaba frontalmente con una pegajosa base electro-funk. Poco tiempo después, GASA aprovecharía la efervescencia creativa del conjunto relanzando dicho single en su versión redux, con A Flúor parcialmente reelaborada y el mutante ensamblaje de Quién Hay como corte complementario.

 

 

Tras un año de inspirados lanzamientos, el recién estrenado 1983 iba a suponer una etapa agridulce y definitiva (para bien y para mal) en el seno de Derribos Arias. Poch, con sus célebres robos de jamones, sus gafas remachadas con esparadrapo y sus sucesivas obsesiones con los jureles, los dinosaurios de plástico y las pinzas de la ropa, se había convertido en toda una sensación local:  una caja de delirios andante en las noches del Rock-Ola y La Vía Lactea. Pedro Almodóvar le había incluido en el reparto de su segunda película, Laberinto De Pasiones (1982), y se encontraba en la cumbre del pequeño culto profesado por los medios especializados y la audiencia más iniciada de la Nueva Ola. Tras la edición de un insólito single conceptual alrededor de la cultura alemana, que contenía la tronchante Aprenda Alemán En Siete Días y una versión oscura y pastosa del clásico Lili Marlene, en el que la banda suena casi como ¡el primer Nick Cave!, Derribos estaban ya preparados para dar un salto inevitable: el registro de su primer (y único) LP.

 

 

En La Guía, En El Listín (1983), como se tituló finalmente esa colección de diez canciones, no es exactamente la obra defectuosa que muchos han querido ver en ella. Esquinado y escurridizo, el conjunto ofrece un catálogo apelmazado, sin ganchos evidentes, con la banda remoloneando entre largas introducciones y desarrollos ensimismados. No es, sin embargo, un disco desprovisto de ideas. Muy al contrario, su claro problema (y principal virtud)  es su saturación de las mismas. En una reseña de la época, el crítico José Manuel Costa captaba a la perfección el mecanismo del álbum en una frase que lo dice todo sobre su contenido: “un disco en el que la perfección no es nada, y la imaginación casi todo”.

En ese sentido, En La Guía, En El Listín refleja a un Poch en estado puro: una batidora de rock mitad esquivo y mitad bailable. En algo más de media hora, el donostiarra destila humor ácido (Crematorio) y revela su capacidad para escribir heladoras canciones sobre relaciones personales (Íntima Decoración), versiona con energía y personalidad a Velvet Underground (Pobre Cowboy Bill) y se recrea en esqueletos de música disco (Lo Que Hay). Junto a él, Alejo, Paul y Juan, aún deslucidos por una producción mate que termina por hacer languidecer el resultado, demuestran hasta qué punto Derribos Arias eran un fértil laboratorio de hallazgos sonoros, a años luz de la mayoría de sus coetáneos.

Sea como fuere, la discreta recepción del álbum, unida a las habituales fricciones internas y al desgobierno vital de Poch, acabaría por resquebrajar la existencia de una banda ya de por si destinada a arder pronto, y que parecían haberse vaciado por completo en apenas dos años. Derribos se mantuvieron activos, con respiración asistida, hasta 1987, dando conciertos de forma eventual pero con un único testimonio discográfico en cuatro años: la bizarra inmersión discotequera titulada Disco Pocho, editada en versión single y maxi, junto con prescindibles remakes de Branquias Bajo El Agua y Lo Que Hay.

Cada vez más debilitado, Poch prefirió aberrar en solitario, llegando a lanzar unos pocos singles y dos álbumes tan divertidos y libérrimos como parcialmente fallidos, cruzados por ráfagas de auténtico genio, pero finalmente olvidados: Poch Se Ha Vuelto A Equivocar (1985) y Nuevos Sistemas Para Viajar (1988). A principios de los noventa, coincidiendo con su retiro final en Donosti (donde muere en 1998), llegaría el inevitable disco colectivo de homenaje. Poco después, la necesaria recapitulación en CD de Derribos Arias gracias a Alejo Alberdi. Por último, en 2002, la merecida reivindicación del sello Munster hacia En La Guía, En El Listín, con una nueva edición en vinilo y el añadido de dos temas adicionales.