Palabras del Mañana – Adele

Carta enviada por: Adele Laurie Blue Adkins.

Remite: 10 Downing St. London, UK.

Fecha: 2032

El peor error posible es no saber hacia dónde te diriges. Es entonces cuando se desvanece tu rumbo fijado y te pierdes sin remedio. En esos momentos suele suceder que alguien toma el timón de tu vida y te lleva a perseguir metas ajenas e innecesarias. De repente, te encuentras en un camino tenebroso y muy resbaladizo. Tu mundo se gira hacia una dirección sin retorno donde naufragan unas endebles ansias de triunfar que se preguntan qué hacen ahí.

En 2014 me sentía una princesa rescatada de un cuento de Dickens. Por fin, quedaban atrás penurias, insultos y desilusiones. A pesar de todo, seguía sin entender mi nuevo entorno ni las intangibles reglas sociales que lo regían. Tottenham quedaba tan lejos por aquel entonces…

Al fondo de mi recién estrenado vacío existencial se encontraba el padre de mi hijo, Roman, incapaz de evitar que se colasen en mi vida tipos interesados en vivir de mi próspero reflejo.

Algo no funcionaba en mi mente. El éxito no me deslumbraba lo suficiente como para ocultar mis penurias internas. Mi auto-conflicto me derrotaba una y otra vez. No hay peor juez que uno mismo. Únicamente mi hijo Angelo me sostenía en pie.

Me tomé un tiempo para despejar la mente en Bahamas. En el paraíso terrenal disfruté de un alocado ritmo de vida de excesos y deseos consumados. Unas pruebas médicas desvelaron a mi regreso un agudo agotamiento mental que desembocaba en desgana, apatía emocional y mal humor. Me recetaron anti-depresivos y me instalé unos meses en la galaxia Prozac. Después de ello no era la misma. Nada lo era.

Roman se había convertido en un extraño. Nuestras absurdas discusiones se alargaban durante horas, tras ellas, el sexo se convertía en algo sucio y salvaje. Me destruía. Se me daba bien hacerlo. En medio de aquel torbellino, me convocaron a una reunión urgente e irremediable. No quería salir de la cama pero debía cumplir el dichoso contrato con Columbia.

Varios tipos encorbatados y con cara de listo incompetente me mostraban gráficas con colorines y barras de porcentajes. Miden mi popularidad. Me costaba seguir el hilo en ese estado opiáceo en el que me encontraba gracias al Prozac y al sexo. Escucho que mi imagen se ha deteriorado debido a una prolongada infraexposición mediática o algo así.

Seguía sin comprender gran cosa. Se trataba de un complejo plan de marketing. El primer paso era comprar un espacio en la BBC para situarme en prime time. El programa se llamaba Cooking with Adele y estaba compuesto por varias entrevistas controvertidas al calor de los fogones. El objetivo primordial era promocionar productos y celebridades de manera subrepticia, entre ellos 23, mi nuevo disco. Roman abogaba por obedecer ciegamente y me embelesaba con sus palabras cargadas de promesas.

Estudié el estilo narrativo, el guión y el listado de invitados. En cada programa interpretaba un papel asignado. Uno de los publicistas remarcaba la necesidad de mostrar ira contra el sistema con el fin de captar simpatías de la clase media jodida por la crisis.

Dejé los antidepresivos y me centré en mi trabajo protegida por Roman. Todo se convirtió en una retahíla de encuentros con los principales empresarios y políticos del país. Los tenía a mis pies. Sentía como creaban un monstruo en mi interior. Todos querían quedar bien y atizar a la competencia. Mi agenda no cabía por mi puerta ni tampoco la de Roman, que ahora gestionaba mis proyectos.

La emisión del programa piloto con la presencia de David Cameron y Tony Blair batió registros históricos. El show desencadenó una discusión política sublime. Mi réplica a ambos hizo temblar el país. El afrodisíaco del poder sustituyó al Prozac y las dudas sobre mí misma se desvanecieron en ese preciso instante. Roman me animaba a no detenerme y me inoculaba el peligroso virus de la ambición.

The Guardian me bautizó como La bella voz del pueblo. Cada programa mi influencia se disparaba. Me visitaron durante años gente como Obama, Bruce Springsteen, Sarkozy, el Dalai Lama o Iggy Pop en silla de ruedas tras su accidente. Se creaban sin cesar momentos polémicos, emotivos y reivindicativos. Mis guionistas tenían la llave del sentimiento de la calle.

Entre medias me dio tiempo a endosar al público dos discos de Pop barato donde ofrecía lo peor de mi misma. Adele & Biscuits fue creado para Kraft Foods. De ahí la Chip Ahoy en la portada, diseñada por Roman. A pesar de su escasa coherencia artística alcanzó fácilmente el #1 en las listas británicas. Pepper Girl era parte de una estrategia publicitaria para elevar el nivel de ventas del asqueroso Dr Pepper en Inglaterra. Daba igual, cualquier cosa con mi sello trascendía a todos los niveles de la sociedad.

Era cuestión de tiempo que la realidad social y la codicia de mis apoderados provocasen que el asunto se nos fuese de las manos. Los torys llevaban unos años buscando un líder en medio de un periodo de bonanza laborista. Posaron sus ojos en mi. Hablaron con Roman para convencerlo de lo idóneo de mi integración en el partido. Los ejecutivos de Columbia no pusieron trabas. Los conservadores me conquistaron adulando a mi lengua viperina y mis modales victorianos. Me veían en Downing Street y yo quise creerles.

La vanidad es nuestro punto más vulnerable. Ellos lo sabían. Comencé mi vida política en una pequeña jurisdicción del sur de Londres. Nunca había oído el nombre del barrio ni conocía los problemas cotidianos de aquella pobre gente. Aún así, la prensa se encargaba de ensalzar mis iniciativas.

Los vecinos parecían más dispuestos a recitar mis letras que a exigir mejoras en su comunidad. De esta forma creció una falsa aura sobre mi capacidad. En apenas un par de años logré entrar en el Parlamento. Los tabloides no hablaban de otra cosa mientras el lenguaje callejero de mis guiones calaba hondo entre el público. La campaña conservadora recitaba una frase mía: Fuck you, Europe. La crisis económica europea era un caramelo para políticos sin escrúpulos.

La escisión británica de Europa trajo consigo una serie de polémicas medidas que ayudaron a templar los ánimos de los inversores tras nuestra victoria en las elecciones. No obstante, los problemas derivados del desempleo fomentaron un ambiente hostil con el gobierno.

En un momento tan inoportuno, la Sky News destapó un escándalo sexual del primer ministro con una preciosa cajera del ASDA de apenas 19 años. Los pechos de la criatura decoraron la página tres del Sun durante una semana. Se habían conocido en los camerinos de un mitin en el Millenium Bell. La esposa cornuda se fue con un amante turco a pasearse entre paparazzis por Santorini. La ejecución política se consumó tras airearse otro affaire del presidente. Su asesora de imagen reconocía que el sexo oral era una de sus funciones en Downing Street.

Un mes después, la Cámara de los Comunes me designaba como primera ministra ante el clamor popular. Entre bambalinas los poderosos responsables de mi ascenso aguardaban mi generoso tributo. Roman se encargó de que el estado les compensase su dedicación. Su primera medida fue suprimir ciertos derechos laborales para reactivar la maltrecha economía.

A pesar de la crítica situación, las ganancias en la City londinense se dispararon. En el otro lado de la moneda, la vida tenía menos valor que antes de mi llegada al poder. No me sentía orgullosa de mi labor pero me cegaban Roman y su sonrisa complaciente.

Una legislatura después, poco quedaba de la voz del pueblo. Por el camino había vendido mi alma a unos oligarcas déspotas que irremediablemente regirán nuestro futuro para siempre. Abandoné a Roman cuando fui realmente consciente de lo que habíamos hecho. Con la mente clara por primera vez en décadas decidí dimitir.

Escribo esta carta en mi última noche en Downing Street con muchas penas y disculpas que llorar. Las cicatrices en mi espíritu aún perdurarán por un tiempo aunque me anima saber que al fin seré la patrona de mi destino. Dejo atrás una vida equivocada que me ha brindado una lección muy jugosa: Si alguien dice conocer el camino hacia tus sueños probablemente busque un atajo para llegar antes que tú.

*El texto anterior se trata de un relato de ficción cuyo contenido no tiene por qué tener parecido alguno con la realidad… Simplemente, nos imaginamos un futuro inventado para artistas de actualidad, pero no pretendemos jugar a adivinos ni intentar adelantar lo que va a suceder en la vida del artista en cuestión. Sólo ficción, amigos… Próximamente, nuevas entregas de “Palabras del Mañana”