London Calling: Un último rock&roll por Wilko Johnson

¡Qué vida más puñetera esta! Mientras la industria fagocita el último hype en vísperas de una nueva víctima, nuestros padres se mueren en el olvido, lanzados a la canasta de las antiguallas, allí donde sólo unos pocos se atreven a mirar por miedo a ser acusados de nostálgicos. Los tiempos están cambiando gritaba Dylan, y quien no quiera verlo, se hundirá como las piedras, arrastrado por la corriente del momento. Tan sólo la muerte, el dedo frío de la parca, conseguirá devolver a la superficie el brillo del pasado, debería haber concluido el de Duluth. Tan sólo el último resplandor nos recordará que un héroe ha muerto. Palmadita en la espalda y vaselina hasta que el próximo cadáver ocupe los titulares necrológicos. Qué vida más puñetera esta que uno tiene que criar malvas para ver cómo tus amigos lanzan loas y tus enemigos ondean la bandera blanca.

Visto así, uno casi siente envidia por un tipo como Wilko Johnson. El que fuera guitarrista de Dr. Feelgood anunció hace más de un año que padecía un cáncer terminal. Nada que hacer, los médicos le daban apenas seis meses de vida. El rockero, lejos de soltar la lágrima, refugiarse en la soledad, decidió contarlo, salir una última vez de gira para cantar una noche más aquello de “I made it thru another day and here we are back in the night”. Oportunidad única para ver en directo a uno de los últimos escuderos del rock&roll. Disfrutar de su guitarra espídica, su palmoteo incesante sobre las seis cuerdas, vida consagrada al noble arte del rhythm&blues. Mientras el cuerpo aguante y la sangre siga corriendo caliente por las venas. Poco importa que los directivos se afanen en llamar una y otra vez a las puertas del Hades (revivals, recopilatorios, iconos convertidos en hologramas que pasear como si se tratara de un circo ambulante). He aquí una oportunidad de ver en acción la energía del rock&roll. Sin naftalina. Puro sudor y músculo.

No hay que olvidar que Johnson forma parte de la clase más baja del rock&roll. Aquella que salió de los pubs ingleses, de los barrios en los que ir a la universidad era la excepción y las casas apenas arañaban el cielo. El rock convertido en única salida a una vida destinada a fracasar. La radio zumbando las 24 horas con los éxitos de Elvis Presley y Johnny & The Pirate Kids. Nada que ver con esos niños bien que convirtieron el pop en rompecabezas progresivo. Mientras las publicaciones sesudas anunciaban las virtudes de Pink Floyd y Yes, unos cuantos se refugiaban en los sótanos llenos de humo. La derrota parecía asegurada. El rock moría de empacho de sintetizadores. Ellos seguían cantando a Chuck Berry y Sonny Boy Williamson.

La suerte quiso que su urgencia sonora terminara calando entre el público. El revival mod los señalaba como el camino a seguir, ellos creían estar ante un nuevo renacimiento del R&B, a la estela de los Rolling Stones. En 1975 Dr. Feelgood llegaban al número 1 de las listas británicas con Stupidity, testimonio en forma de disco de un directo jubiloso. Demasiado tarde. Para cuando los londinenses saboreaban las mieles del éxito, otros recogían los frutos que ellos habían sembrado. La moda del imperdible y la cresta asaltaba las portadas y los informativos. Mucho más ácido en la formas, el punk prendía fuego mientras las viejas bandas de pub se hacían viejas. En un ambiente en el que la irreverencia juvenil parecía mandatoria, aquello no hizo más que acelerar la disolución del combo. Dos años después Johnson abandonaba a los Feelgood, cansado de un Lee Brillaeux impertinente, demasiado ocupado en cerrar bares y vaciar botellas. Comenzaba una carrera en solitario que, aunque con sus luces, siempre palideció a la sombra de su banda madre.

Johnson, sin embargo, mantuvo siempre la cabeza alta. Conviene recordar que él fue el único motor compositivo de una formación que nutría gran parte de su repertorio de clásicos ajenos. Muddy Waters, John Lee Hooker, Bo Diddley. La estilográfica del inglés mamaba directamente de los maestros Mississippi, aunque a veces se dejara embriagar por el espíritu de una buena pinta a orillas del Támesis. “Nuestro delta”, en palabras del propio Johnson. A él le dedicó All Through The City, convertida en himno de pub y madrugadas que se alargan hasta el amanecer. Going Back Home, de su segundo álbum, seguía la misma estela lúdica y festiva. También Back In The Night. Canciones que parecían anunciar una muerte prematura, un Johnson ahogado en los excesos de la noche antes de llegar a la treintena. Nada más lejos de la realidad.

Decíamos antes que, hace un año, los médicos apenas le daban seis meses de vida. Pues bien, a día de hoy, a punto de cumplir los 67, Wilko Johnson sigue en pie. Conservado en alcohol y nicotina. En plena forma, mientras los tics y los tacs biológicos anuncian su hora final. Disfrutando de un último trago antes de que el maldito cáncer dé su trágica estocada. Esas últimas gotas de sudor parecen haberse convertido en elixir vital para un músico al que ya no le queda nada que perder. Lección vital para aquellos que creen que ya no quedan héroes en esto del rock&roll. Último aliento que Johnson ha querido plasmar en un álbum junto a su amigo Roger Daltrey. Unidos por el amor al rhythm&blues de los sesenta, estos dos veteranos de la música repasan buena parte del libro de composiciones del ex-Feelgood (más una interpretación espectacular del Can You Please Crawl Out Your Window? de Dylan). Once cortes que no inventan nada, pero que saben a pura vida. Con el cantante de The Who demostrando que quien tuvo y retuvo. Y con un Wilko que, a la espera de un final anunciado, sonríe por última vez. Como el rock&roll, predijeron su muerte para la siguiente primavera, y aquí está vivito y coleando más de medio siglo después.