London Calling: Record Store Day, reliquias y villanos

Paul Weller- crazyminds.es

Se fue una nueva edición del Record Store Day, evento catapultado a nivel mundial como ese día en el que los melómanos salimos de nuestros sótanos y proclamamos nuestro amor por ese invento, ahora pasado de moda, llamado disco. Lo cierto es que, quitando los clásicos aguafiestas, la buena prensa del RSD parece ir viento en popa. Las tiendas, felices de ser el centro de atención por una vez al año. Los artistas, encantados ante la oportunidad de sacar lustre a sus viejas valijas de canciones y lavar la imagen de álbumes, ninguneados en su momento, recuperados ahora por arte de magia como obras maestras. Los compradores, por su parte, extasiados ante un día en el que todo parece ser posible, desde la reedición del disco perdido en el tiempo de Neil Young (finalmente los seguidores del canadiense tendrán que esperar hasta otoño para hacerse con Time Fade Away. Cosas del viejo cascarrabias) hasta la puesta en escena de un género como el EP, hasta hace poco dado por muerto y que parece llenar de nuevo las estanterías de las tiendas.

A pesar de todo, hace unos días las alarmas se activaron para sorpresa de muchos. Paul Weller, peso fuerte en la escena británica, se bajaba del tren, cansado de convertirse en reliquia de subastas y mercaderes. Su último single, Brand New Toy, lanzado en edición limitada en el día de marras, campaba a sus anchas por las páginas de compra-venta a precio de caviar iraní. Las apenas 500 copias servían de excusa para regatear con una canción que, aunque anuncia un álbum notable en la carrera del ex-líder de The Jam, nunca tendrá el valor de lo clásico. La pataleta del londinense, sin embargo, fue seguida por la prensa como una nota a pie de página. Perfecta para el chascarrillo en las redes sociales y el fogueo del becario de turno. Olvidada al tercer día como si nada hubiera ocurrido.

Lo curioso es que, a pesar de las apariencias, no ha sida la única voz discordante que ha surgido en los últimos días contra el Record Store Day. He aquí una película en la que no parece haber villanos ni tipos malos. Una fiesta de la que todos parecen mostrar la mejor de sus sonrisas. Empezando por las propias tiendas de discos, protagonistas del evento, pasando por las compañías de discos o los compradores de rodajas. Todos se las prometían muy felices cuando, hace ahora siete años, a alguien se le ocurrió el genial invento. Eran tiempos difíciles para la industria del disco (siguen siéndolo, la duda ofende). De la noche a la mañana, alguien se saca de la chistera el conejo ganador, el golpe maestro, la solución a todos nuestros problemas. ¿Por qué no dedicamos un día al año a las tiendas de discos? La idea, de apariencia lustrosa, sin embargo, ha terminado por eclipsar al resto de la temporada de lanzamientos. Asumidlo chicos: si no editáis un disco en el Record Store Day, no sois nadie.

Normal que hace unos días The Quietus se preguntara sin paños caliente ni rodeos: “¿Está el Record Store Day en crisis?. Jarro de agua fría. El problema, como bien apunta la web británica, es que, lo que surgió como un intento de las tiendas independientes por mantenerse a flote frente a la tempestad, ha terminado convirtiéndose en la gallina de los huevos de oro para las grandes compañías. Año tras año, las mayors han ido aumentando su cupo de novedades, vendiendo las joyas de la abuela que nadie quiso en su momento y, de paso, colapsando las fábricas en las que se producen los discos y vinilos. Resultado: semanas antes del día en cuestión, resulta imposible hacerse un hueco en unas rotativas a máximo rendimiento para satisfacer los pedidos de las ediciones especiales. Si no hay unos cuantos ceros en tu cuenta de beneficios, imposible publicar nada. La historia de siempre. Lo que empezó como un evento menor, surgido de los negocios modestos y las bandas de pequeño calado, ha terminado volviéndose en su contra. ¡Escuchen una canción inédita de Dylan! ¡Háganse con el último EP de Springsteen! Pero no intenten comprar el último disco de una banda local, está fuera de stock.

La fiebre, como era de esperar, ha terminado afectando también a artistas particularmente alérgicos a esta clase de argucias comerciales. El veterano artista canadiense Neil Young editó hace unos días A Letter Home, su enésimo trabajo discográfico, para regocijo de seguidores y fans. Un disco con miga en la producción (el artista lo ha grabado en una cabina restaurada de los años 40. Ríete tú de los nostálgicos), pero también en el modo en el que ha sido lanzado. Anticipado semanas antes por el propio Young, el artista permanecía con los labios sellados al ser preguntado por la fecha de publicación. Ni una palabra. Cosas del siempre huidizo canadiense. Conociéndole, algunos ya esperábamos que A Letter Home se convirtiera en la enésima rareza inédita en la discografía del músico. Hasta que (¡Sorpresa!) el día antes del Record Store Day aparece un mensaje en la web de Third Man Records. Habemus album, señores. Al módico precio de 20 dólares, uno puede hacerse con la rodaja con portada sepia producida por el mismísimo Jack White. Lo que no nos dijeron es que la edición sólo se podría adquirir desde la propia tienda del ex-White Stripes (lo que se traduce en otros 24 dólares de gastos de envío para el público europeo). Tampoco que, días después, la fruta prohibida terminaría exprimida al máximo en una edición que alcanzaría (cojan aire) los 100 dólares de vellón. Apunten la paradoja: una grabación hecha sin apenas medios, facturada en una vieja cabina con la participación del propio Neil, su guitarra, su armónica y White al otro lado del cristal, vendida ahora a precio de pata negra. La sublimación de lo retro. La nostalgia convertida en fetiche de nuevo rico. Ya no vale sólo con recordar a nuestros antepasados. Ahora toca repetir sus hazañas. Y venderlas a precio del siglo XXI, claro.

Desconocemos hasta la fecha qué piensa el propio Young de todo el asunto. Aunque, conociéndole, seguro que ya anda a otra cosa, maquinando su siguiente travesura. Mientras, su compañero de aventuras, Jack ‘editemos un disco dentro de un globo de helio’ White, sigue ocupándose del negocio. Convirtiendo la música en pieza de museo, artefacto de coleccionista, reliquia para ver y no tocar. Imaginen, por un momento, que la mil veces anunciada muerte de la industria del disco ocurriera de hecho con White de maestro de ceremonias. Un gran finale en el que no faltarían cajas mastodónticas con docenas de vinilos, ediciones talladas en diamante y singles con carátulas de terciopelo. Imaginen, de paso, a la pareja de turno visitando la última tienda de discos en pie. Cariño, ¿compramos un vinilo? Sí, pero, ¿cuál? Da lo mismo, cualquiera que quede bonito en la pared del salón.