London Calling: Nick Drake y los tesoros de familia

Leo en la prensa que salen a subasta seis grabaciones inéditas de Nick Drake. Indago más y me entero de que se trata de tomas vírgenes, con el músico cantando a pelo, a solas con el piano o la guitarra. Me pica la curiosidad por un rato. Pensándolo bien, el malogrado músico británico siempre se prestó a este clase de regateos y operaciones nostálgicas, a la especulación de una obra revalorizada tras su trágica muerte. Razones no faltan. A la brevedad de su producción (apenas tres discos y unas cuantas canciones extra completan toda su discografía) hay que unirle aquella historia convertida en mito. El músico lleno de talento incapaz de lidiar con el estrellato, el trovador cabizbajo escondido tras la mampara del estudio, el artista que se borra del mapa a las primeras de cambio dejando atrás una biografía llena de incógnitas y notas tristes. También un puñado de composiciones, claro, de esas que parecen suspendidas en el tiempo, ajenas al tic-tac de los manecillas del reloj. Sólo así se explica que su música haya llamado la atención de gente tan variopinta como The Cure, Radiohead o Paul Weller. También que, cuarenta años después de su muerte, el precio de aquellas seis grabaciones sacadas ahora a la luz ascienda a un total de 250,000 libras.

El montante, razonable o no, impacta en mi cabeza. Especialmente después de leer otra noticia con el siguiente titular: “Jeff Gold, coleccionista y fundador de Recordmecca, asegura haber encontrado 149 acetatos inéditos de Dylan en un trastero perdido de Nueva York”. Grabaciones que, según el propio descubridor, corresponden a la época en la que el Duluth se encontraba grabando discos sepultados por el tiempo. Nashville Skyline, Self portrait, New Morning. Obras que, años más tarde, recuperarían su esplendor entre los cazadores de tendencias gracias a reediciones como la que el propio Dylan facturó hace unos meses. Another selfportrait, colección de descartes lanzada en 2013, indaga en los archivos de ese Dylan taciturno, entregado a la tarea de alienar a sus seguidores con discos ramplones y sencillos, hechos con mimo pero con resultado poco lustroso. Un rescate tardío que ha servido para elevar el estatus de aquellos trabajos de finales de los sesenta y principios de los setenta siempre machados por la crítica. También para brindar una oportunidad de oro a un Jeff Gold que, ante la revalorizada figura de aquellas rodajas, puede asegurarse un buen pellizco a costa de unas grabaciones por las que, quizás, nadie hubiera dado un penique hace un lustro.

Nadie les culpa por ello, claro. Money talks, que diría aquel. Bien sea por vender aquellos viejos vinilos que uno guardaba en el sótano y sacarse un dinerito, bien por razones más poéticas; los leales siempre agradeceremos esta clase de noticias, ávidos como estamos de conocer hasta las canciones que nuestro artista favorito cantaba en la ducha cuando tenía quince años. El problema reside en el hecho de que, lejos de destapar una nueva Atlántida, estos rescates no hacen más que aumentar la desconfianza en una industria envenenada, incapaz de salir a flote, obligada a vender las joyas de la abuela como última medida desesperada para cumplir con los acreedores. Ahora, con las joyas tragando polvo en el almacén de la casa de empeños, toca sacudir una vez más la caja fuerte en busca de las últimas baratijas que vender a los más despistados.

No, esos 149 acetatos no pondrán patas arriba todo aquello que conocemos sobre Dylan. A lo más servirán para llenar unas pocas notas a pie de página sobre cómo grababa el norteamericano durante aquellos días. Tampoco las seis nuevas canciones de Drake elevarán su estatus de ángel caído. Por mucho que la dueña de las cintas asegure que allí encontramos a un Nick feliz, contento de grabar por primera vez algunas tomas de lo que más tarde conformaría su debut en el formato largo. Apenas unas cuantas migajas más para seguir el rastro de aquel nombre casi desconocido, unas cuantas pistas más para hacer más grande la bola de un músico que, por más que les pese a algunos, no necesita de creadores de mitos ni de vendedores de humo. Sus canciones se sostienen por sí solas, sin necesidad de que el listillo de turno tenga que traer a la memoria una y otra vez aquella historia de un Drake quitándose la vida aquella mañana de otoño.

Sin ir más lejos, un músico de biografía paralela y coordenadas musicales similares demostró hace un par de temporadas que no hace falta morir para brillar en el olimpo melódico. En 2012 el veterano Bill Fay editaba Life Is People, su tercer disco de estudio y el primero tras más de cuarenta años de silencio discográfico y olvido de la industria. Algo así como si Nick Drake hubiera destapado su escondite en las Bahamas junto a Elvis y Janis Joplin y hubiera decidido grabar un nuevo trabajo. El álbum, excelente, respetuoso con el pasado pero sin caer en la lágrima nostálgica, nos hizo recordar aquellos dos discos que Fay publicó a comienzos de los setenta. Colecciones sustentadas sobre el esqueleto del folk pero que, a diferencia del sonido limpio de Drake, se dejaban engatusar por la fuerza de unos buenos arreglos. Tampoco esto le sirvió a Fay para correr mejor suerte que su compatriota. Tras la edición del mayúsculo Time of the Last Persecution Decca rescindía su contrato con el artista, obligándole a bajarse del tren. No, no hubo lágrimas ni muertes trágicas. Sólo un artesano de la canción más que tuvo que esperar cuatro décadas para recibir su merecida ración de justicia. Sí, eso también llena titulares. Y sin necesidad de vender los tesoros de la familia.