London Calling: El irónico final de la estación de Battersea

Los turistas se arremolinan al sur de Parliament Square. Al otro lado, mientras los coches giran rumbo a Victoria Station, un Nelson Mandela de bronce asiste atónito al desfile de cámaras de fotos y chubasqueros, olvidado, como el triste Churchill, que da la bienvenida a aquellos que bajan desde Trafalgar Square. Elevados apenas un par de metros por encima de la hierba, estas estatuas nada tiene que hacer contra el coloso que recorta el cielo a orillas del río. El icónico Big Ben se lleva todas las miradas y flashes, a pesar de que sus puertas se abren al público apenas unos pocos días al año. Poco importa. Cualquiera que visite la ciudad del Támesis termina dando vueltas como una peonza en el reducido espacio de Parliament Square, en busca de una postal que llevar a los envidiosos amigos de la otra orilla del canal.

Un par de millas río arriba, aunque con menos glamour y algunos años menos en sus cimientos, se alza la estación eléctrica de Battersea. Su apariencia herrumbrosa, unida al tono amarillento de sus chimeneas, poco tienen que hacer contra el perfecto equilibrio, casi extraterrestre, del Big Ben. Mucho menos contra el bullicio del puente de Westminster. Battersea, al oeste de la ciudad, aparece casi sin avisar cuando uno vadea el río por Vauxhall. Abandonado durante los últimos treinta años, aquel edificio de ladrillos sirve de recordatorio para los que, cada mañana, cruzan Londres desde los barrios humildes del sur hacia el caos de la gran ciudad. Puede que muchos de ellos, de padres obreros, hayan terminado encontrando uno de esos empleos de traje y corbata en la City; sin embargo, aquel edificio industrial, corroído por la incesante lluvia, feo y, a fin de cuentas, funcional, sigue ahí petrificado.

Aquella cápsula arquitectónica, amenazada ahora por planes urbanísticos que pretenden convertirla en edificio de oficinas y tiendas, sirvió durante años de símbolo de una ciudad industrial, moderna en sus intenciones, a ratos presa de las revistas de tendencias, pero de corazón obrero. Los Beatles la tomaron como escenario en la película Help!, Super Furry Animals le dedicaron su canción Battersea Odyssey. The Jam utilizaron el tejado de la estación como decorado para el vídeo de News Of The World, algo que Biffy Clyro repetiría tres décadas después en Many Of Horror. Muse, The Who y Morrisey incluyeron una foto suya en las ediciones de sus discos más exitosos (más tarde el propio Morrisey dedicaría el título de uno de sus discos en solitario a Vauxhall).

Sin embargo, si hubo una imagen que sirvió para introducir la silueta quebrada de Battersea en la cultura popular fue aquella portada de Pink Floyd para Animals. Corría el año 1976 y la banda londinense andaba preparando la continuación del exitoso Wish You Were Here. Convertidos en superestrellas de la industria del disco, el grupo había pasado, en apenas un par de años, de formación de culto para oídos abiertos a monstruos del rock. Mientras el cuarteto llenaba estadios, el punk estallaba en Inglaterra con aquella irreverente aparición de los Sex Pistols en una televisión local. El rumor llevaba recorriendo las callejuelas de Brixton unos cuantos meses. El desempleo apretaba, el frío también. Y los quinceañeros sin nada mejor que hacer que aporrear una guitarra y colgarse una chupa de cuero.

Frente a ellos, Pink Floyd representaban el lado posh, la juventud universitaria, los intelectuales, la música para los más listos (y pudientes) de la clase. Improvisaciones infinitas, pasajes abstractos, temáticas de nuevo rico. Y, sin embargo, de alguna manera los nuevos chicos en la calle del éxito se las arreglaron para conectar, por última vez, con la espíritu de la época. Aquel ladrillo ocre que presentaba Animals suministraba nostalgia, pero también una buena dosis de realidad. Frente a las fantasías de Dark Side Of The Moon y el nombrado Wish You Were Here, Animals recolocaba a la banda a ras de suelo. Nada más mundano y simple que una central eléctrica. Aunque de ella pareciera saltar un cerdo volador.

Sobre las nubes grises una pequeña mancha rosada apuntaba al título del álbum. Roger Waters, principal compositor de la música y las letras, se había inspirado en la orwelliana fábula Rebelión en la granja para pintar las tres secciones del álbum. Un alegato contra la sociedad de clases que deslizaba a Pink Floyd hacia su vertiente más política y social. El intento, no obstante, sirvió de poco. El grupo se embarcaría en una huida hacia delante, alienado en una gira de grandes estadios de final amargo. De aquella frustración surgiría la matriz de The Wall, última gran obra del cuarteto. Pero eso es otra historia.

Por lo pronto, aquella fotografía de la portada convertiría a la estación eléctrica de Battersea en icono de aquella ciudad ajada, que se resiste a cambiar. Sin nada que envidiar al glamuroso centro histórico, Battersea presume de vejez. Sin maquillaje ni planes de reforma. Al menos hasta ahora. Las últimas noticias anuncian el final de la estación tal como la conocimos durante casi un siglo. Ya se puede ver a los operarios reparando aquellas chimeneas de tono sepia. Después llegarán las tiendas y los bloques de pisos. Y, entonces, cuando Battersea no sea más que otro adoquín en una ciudad obsesionada con reinventarse con cada cambio de década, podremos decir que un pedazo del orgullo obrero de la capital se habrá esfumado. Malos tiempos para la nostalgia.