London Calling: ¿Dónde están las canciones, Bono?

Hubo un tiempo en el que U2 fueron el grupo más envidiado del rock mundial. Los años ochenta se acercaban a su fin y Bono, con su fachada de mesías, y compañía se las arreglaron para hilar un discurso de vocación universal sin olvidar sus raíces. Los artistas de la patria chica, de aquella nación ensombrecida por el gran Reino Unido, conquistando el globo. Eran tiempos en el que el discurso anti-globalización y la defensa de los países en los márgenes del mapa comenzaban a calar en la opinión pública. Convertidos en embajadores de Irlanda, U2 enlazaron una serie de discos memorables, que empleaban los trucos de estadio de los ochenta pero conectando con cada uno de los que acudían en masa a sus conciertos. Algo así como aquello que había conseguido (y sigue consiguiendo a día de hoy) Bruce Springsteen unos años antes.

El idilio, digno de ser estudiado, se mantuvo mientras las canciones acompañaron. Sin duda con el cambio de siglo algo de esa magia se perdió. Se agradece que en sus últimas entregas la banda haya roto algunos corsés, adentrándose en ciertos lugares inexplorados. Nada de esto ha evitado que los irlandeses hayan terminado cayendo en la irrelevancia. No se trata sólo de la, justificada o no, tirria que muchos profesan a su líder. Tampoco que aquellas giras mastodónticas tan sólo sirvan para rellenar perfiles de Facebook. El problema es que U2 ha perdido la conexión con las nuevas generaciones. Sus últimos álbumes, aunque con cierta solidez, apenas han provocado algunos aplausos y sus conciertos se han convertido en celebraciones de la tribu. Excusas para recordar viejas batallitas, pero fugaces en la memoria.

Quizás por ello Songs of Innocence, el nuevo trabajo de la banda, hurga en el pasado de la banda, en el legado de los Ramones y The Clash, en esa infancia musical tras el fondo de un Dublín en perpetuo estado de alerta terrorista. Puede sonar a recurso nostálgico, sin embargo, hay que reconocer que Bono ha hecho los deberes. También The Edge, que algunas partes de Songs Of Innocence recupera el pulso de aquella guitarra vibrante. El resultado, a pesar de todo, suena romo. En ese intento por sonar modernos sin perder su identidad, U2 naufragan, facturan canciones sosas, que apenas pellizcan al oyente. La intención era buena, no tanto el resultado.

A pesar de todo, Songs Of Innocence terminará acaparando algunos titulares en la prensa. No tanto por la calidad del producto, mediocre, demasiado cocinado para sorprender; sino por la última apuesta comercial del cuarteto. Probablemente ya se hayan enterado del asunto: la banda puso el álbum a disposición de todos los usuarios de iTunes sin que estos tuvieran que desembolsar un mísero euro. La jugada sorprendería poco a estas alturas (conocidas son las amistades de Bono en las altas esferas) si no fuera porque evidencia una realidad: por sí solos U2 apenas serían capaces colocar una cantidad de discos acorde a su tamaño en la industria. Lo cual, a la larga, termina mandando un mensaje global: si una banda del calibre de U2 tira la toalla, renunciado a cobrar por su obras, ¿cómo puede pretender un grupo local vender su disco por 10 libras?

Que conste que esto último no son palabras mías, sino de Paul Quirck, directivo de la mayor asociación de vendedores de productos de entretenimiento en el Reino Unido. Como de costumbre, las buenas intenciones de Bono y compañía han terminado volviéndose en su contra. Tanto que Apple ha tenido que crear una aplicación para todos aquellos usuarios de que quieran eliminar el disco de U2 de su biblioteca de iTunes. Ni regalado, vaya. Alguna tecla equivocada han debido tocar los irlandeses para ganarse tantos detractores, pues no es la primera vez que un grupo decide regalar su último lanzamiento. En 2007 Prince ofreció su álbum con la compra del diario Daily Mail, tan sólo unos meses después de que Radiohead triunfaran con su campaña de venta de In Rainbows, por el que el consumidor podía pagar el precio que él estimara. Más recientemente, David Bowie empleó la misma plataforma que U2 (Apple) para lanzar por sorpresa el primer single de The Next Day.

Sin embargo, el caso del cuarteto irlandés parece único. Puede que sea la ególatra personalidad de su líder (esta semana el cantante se ha atrevido ha asegurar que el nuevo formato musical que pretende presentar el año que viene junto a Apple revolucionará la música para siempre) o su resignación a convertirse en una banda de estadio, más disfrutables por el show que por el repertorio en sí. Mi conjetura, sin embargo, es más sencilla. Sin paños calientes: ninguna de las melodías que U2 ha editado en las últimas dos décadas merecen más de tres escuchas. Algún momento brillante, quizás algún que otro destello, pero poco más se puede esperar de discos como Songs Of Innocence. Puede resultar extraño en estos tiempos en los que el marketing, la imagen y un sinfín de cosas más han terminado envolviendo el fenómeno musical; pero, al final, hasta las músicos con más ceros en sus cuentas bancarias viven de algo tan simple como las canciones. Por suerte.