Todo está perdonado (2011), de Rafael Reig

TODO ESTÁ PRDONADO

Editorial Tusquets

Madrid está inundada. Las grandes avenidas ahora son profundos canales atravesados por cargueros. En los puertos urbanos fondean misteriosos pecios por cuya cubierta frecuentemente –y si acompaña la suerte literaria- pueden verse a humanos arrastrándose como cucarachas, dedicados a las más diversas actividades sórdidas. Desde los puentes la melancolía de los habitantes se arroja sobre unas aguas que, no está muy claro, pero no se antojan tan amables como las del Manzanares; la sagrada comunión se dispensa en máquinas expendedoras, las victorias futbolísticas se celebran en gabarra, y eso es todo

Por lo demás, en ese Madrid “tan diferente” se siguen desayunando churros en cafeterías con camareros inmigrantes al tiempo que se les da los buenos días con donaire castizo a los vecinos más insulsos y a los parroquianos más patibularios. Y no es que se diga expresamente, pero uno se imagina a los guiris chutados de adrenalina fronteriza pugnando por dejar la firma de su meada en los monumentos, antes de confundirse sin el menor esfuerzo de forma entre los sombreados paseantes domingueros que recorren las alamedas con postín de consumidor habitual de museos.

Madrid está inundada, sí, y en ella zumban al mismo son detectives de los de casta trágica con extasiadas hordas de punkarras de nuevo concilio; pero lo demás, casi todo lo demás, sigue siendo lo mismo.

Todo está perdonado: ese es el libro. Su autor: Rafael Reig.

La novela es robusta y quizás sea por eso por lo que me llama más la atención su doble cara. Por lo real de su crónica, por lo enciclopédico de la Historia a la que acude -que resulta ser de la que usa letra mayúscula- la distancia que se abre con esa fisonomía post-arcaica de los canales, las neo-tribus, y el resto de elementos de las clásicas ambientaciones futuristas a veces se me antoja insalvable y, en contadas ocasiones, perdóneme el autor, injustificada. Porque no se lleve el lector de aquellas primeras líneas a engaño, en Todo está perdonado ante lo que estamos es ante una España tan cercana, tan poco desviada de lo ocurrido realmente, que lo que en ella veremos desfilar es un extenso catálogo de nombres bien conocidos por todos: desde Francisco Franco hasta Rodríguez Zapatero, y desde Cánovas del Castillo al papa Juan Pablo II pasando por Iniesta, Camacho, o hasta el mismísimo Sanchez Dragó, que como era de esperar de estas no se pierde ni una.

Con este aroma inconfundible a “Informe semanal”, la novela de Rafael Reig –el autor, ¿lo he dicho ya?- se nos presenta además –y el además esta vez sí importa- ligada a la investigación de un asesinato. Una investigación, añadiré, básicamente endogámica, porque en ella víctimas, verdugos, detectives y allegados, forman todos parte, por consanguinidad o por filiación diversa, a una misma familia: los Gamazo-Montovio, a presencia de cuya doble nominación ya se nos presenta ella solita legendaria . Y es que es a ellos a los que seguimos durante las más de trescientas cincuenta páginas que componen la edición que nos presenta Tusquets, garante de su calidad en nombre de la sexta convocatoria del premio que patrocina. Es más. Aparte del tono ensayístico que por momentos adquiere el análisis de la contextualización histórica que acompaña a los protagonistas, si algo es este libro yo diría que es dinástico, nueva categorización que me saco de la manga para definir aquellas narraciones a las que la obligada exposición de los antecedentes familiares habituales se les queda corta. Y así está clara la cosa, y con los datos aportados ya se puede deducir que el escritor se sirve de la introspección en la saga generacional para aportarnos su sentir sobre los tiempos en que aquellos intervinieron. Quien quiera confundir su falta de conocimientos con el placer artístico, disfrutará con ella. Aunque en cualquier caso no faltan ocasiones para apreciar la comprensión que al lector se le ofrece sobre algunos pasajes de nuestro pasado reciente, y en especial la novela tiene la virtud de presentar una visión de nuestra historia que no le priva mezquindades a sus protagonistas, vengan del lado que vengan, con lo que de alguna manera esas dos orillas que antes de empezar parecían tan distantes, al acabar nos parecen igual de lejanas, sí, pero no por los motivos que presumíamos de antemano. Culpa de ello lo tiene en parte la humanidad que transmiten los personajes que componen esa extraña dinastía, la que va más allá de la sangre.

Esta novela es ecuánime.

La forma de desarrollarse, luego, es curiosa. Entre capítulo y capítulo se brinca de la trama dinástica a la histórica, con lo que por desgracia la parte que pierde peso es la de la novela negra. El detective, la víctima, los malos, todos ellos están tan bien creados según el modelo clásico. Los diálogos chispean y son agudos, y por supuesto están cargados de ese cinismo que no surte el mismo efecto si no es acompañado de algún alcohol de turbia factura.

Pero si se espera el típico intrincamiento de motivos y descubrimientos, pistas falsas y giros inesperados, el lector puede irse desencantando. En Todo está perdonado la acción no va para adelante, sino para atrás, y el fin perseguido no es descubrir al culpable, sino a la víctima. La potencia última que atesora en definitiva no es sino la que le proporciona la matriz creadora de influencias que asisten a los caminos de redención que en ella se reflejan. Un todo pasa, visto desde el lado de la convicción, que no deja de apreciarse viciado por la conveniencia. El tiempo ataviado con su toga de insobornable juez; la resignación en su calidad de cálida sepultura.

El perdón, digamos. “In titulis verum”.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 6/10