Tiempo de hablar de Andrew Bird en el Circo Price

ANDREW BIRD

FECHA: 12 de junio

LUGAR: Circo Price, Madrid

Foto cedida por Heinekenpro.com, fotógrafo: CARLA MIR

Hay artistas y cantantes especiales. Se trata de personas que hablan y cantan, y aunque no entandamos lo que dicen sus canciones, muchas veces, son capaces de transmitir más que si las entendiéramos. Ejemplos de ello, desde el punto de vista del que escribe esta crónica, serían David Bowie, Damien Rice o M. Ward. Trasladando esto al espectro nacional, ya comprendiendo algo de lo que sus temas tratan de comunicar, me gustan artistas como Antonio Vega, Nacho Vegas o Aute, todos ellos de generaciones bien distintas genearaciones. Andrew Bird formaría parte de los habitantes de ese país. Con el recital que ofreció el pasado martes en el Circo Price, confirmó algo que ya sabía. Y se esclarecieron mis sospechas.

Recibía mi entrada en el recinto una oscuridad y alguna frase acertada: “ya está ahí el hombre orquesta”. Tras una introducción larga, solo frente al peligro, Bird se enfrentaba con éxito a un público exigente. Loops, repeticiones y grabaciones, y tras los aplausos la irrupción de los músicos en el escenario –guitarra, bajo, percusión-. Why es una buena pieza para empezar el puzzle, un aperiticvo que introducía un menú cuyo plato principal era Break it Yourself, lo último con lo que nos ha deleitado el norteamericano en este año.

La marcha de Nyatti hacía que nos meneáramos al ritmo dela música. Tristes son los temas que se bailan, emocionantes los que van creciendo y recuerdan que la rotundidad tiene más que ver con la intensidad que con el volumen.

Desperation Breeds… abría de nuevo la puerta de Break it yourself, disco que no sonó entero, pero que fue la columna vertebral del concierto. Bird musitaba, casi gemía… y su violín lloraba. Una de las más celebradas fue Measuring cups, un tema que crece hasta alcanzar límites insospechados. Los golpes con los que se abre gustaron mucho, algunos reconocían la canción o parecían hacerlo. Con estas canciones daba la impresión de que había quien, como yo, íbamos haciendo una banda sonora musicando la noche. Un muñeco velaba, en el centro del escenario, junto a los miembros de la banda, por la seguridad y el contento del público. Era un muñeco muy Tim Burton. Lazy projector va un poco en esa onda de “balada propia” del de Illinois. Con Danse Carribe pudimos disfrutar de la sensibilidad de la voz de Bird, deslizándose de un acorde dylaniano a otro más propio de Cohen, otra de las joyas de Break it yourself.

Armchairs es una de esas canciones lentas, susurradas y sugerentes. El concierto avanzaba y nosotros, con él, recorríamos su trayecto. Para seguir con el disco a presenta, la siguiente fue Eyeoneye, esa canción de comienzo velvetieano muy setentera. Más coros, ida y vuelta en el tiempo. Este disco es un lujo que Bird ha tardado en cocinar dos años, una espera que ha merecido la pena.

Bein’ Green puso el toque infantiloide y didáctico; la canción se encuentra en un disco en honor a los teleñecos en el que participan My morning jacket, OK Go o Weezer entre otros. Para mí Give It Away es la mejor canción del último disco del estadounidense. Con un toque muy David Byrne y muy Kevin Ayers, se presenta este tema del que si no disfrutas “eres una piedra”,

El repertorio ajeno lo puso una interpretación/adaptación más que correcta del So Much Wine, de The Handsome Family. Tras ella llegaba una orientalizante Effigy, del disco Noble Beast, que en realidad es como una canción pegada a otra, dos en uno, pasando de la China a lo celta.

La exploración del Break it yourself continuo con Near Death Experience, que seguida de Plasticities me hicieron recordar eso de que nada dura para siempre. Fatal Shore supuso la última canción del disco que se presentaba, con un toque muy Knocking´ on heavens door. Después Tables and Chairs supuso la primera despedida de Bird.

La noche fue rematada por otras dos versiones: la de Trials, Troubles, Tribulations, de E.C. Ball y una sublime If I Needed You, de Townes Van Zandt, más a lo Johnny Cash todavía que la original. El broche de oro, esa última puntilla, la que nos recuerda que todo vuelve a empezar -el eterno retorno, las novelas de los años sesenta situadas en París, lo que nos hacen los políticos y los banqueros etc- fue Fake Palindrome. Una descarga de minutos musicales que se deja escuchar y aplaudir. Y nos dejó con ganas de más.