RECUERDOS DE UN CALLEJÓN SIN SALIDA (2011) de Banana Yoshimoto

Editorial: Tusquets, 2011.

Traducción: Gabriel Álvarez Martínez.

Banana Yoshimoto nos enfunda en una tristeza lírica, un otoño prosaico, un amor arbolado que muere en un banco roto. Su tristeza no es como las demás, es suya y, aunque trata de venderla en el epílogo, sigue siendo solamente suya. A pesar de que la podamos entender, que lo hacemos, al leer Recuerdos de un callejón sin salida, nunca dejamos de ser fisgones en un dolor ajeno, en una calle sombría de otro barrio distinto al nuestro, húmeda, fría y muerta como las que hay en todas las ciudades, pero su tristeza sigue sin ser la nuestra.

Los cinco relatos que componen ésta, definida por su autora como su mejor obra, se me antojan los dedos de una mano. Una mano sencilla pero elegante, una escritura con clase, una caligrafía perfecta, un dibujo a lápiz de unos recuerdos prestados que trazan una autobiografía de sensaciones y no de hechos, como fotografías de estados de ánimo. Instantáneas que casi podemos saborear; la autora da tal importancia a los platos que alimentan a sus personajes que nos hace dudar de si otro motivo se esconde en tanto comer, en tanto detalle.
Y en esta mano de relatos, La casa de los fantasmas podría ser el dedo pulgar, alejado del resto, independiente, solitario pero que contribuye al conjunto. ¡Mamáaa! se balancea entre el miedo y el amor, pongamos que es el dedo índice, el que busca culpables, el que tanto tiempo nos hace perder en la vida. El dedo corazón lo reservo para el relato que da nombre a la obra completa, Recuerdos de un callejón sin salida. Éste es el epicentro de todo, los recuerdos, lo único que tenemos. El presente es una gota de lluvia que sólo vemos cuando ha dejado de serlo. La felicidad de Tomo-chan podría ser el dedo anular, el que lleva la alianza. Sus páginas deshojan la margarita del matrimonio, lo reducen a una relación entre animales, nunca fuimos otra cosa, por si alguien lo dudaba. Y La luz que hay dentro de las personas, por barata y nimia semejanza, me parece bautizarlo como el dedo meñique. Los niños aman en otro lenguaje, uno más puro, menos elaborado, menos frágil.

Leer por el placer de leer. Ése debe ser el objetivo de quien se acerque al mundo de Yoshimoto. Sus historias son un auténtico ejercicio de funambulismo. Contadas por otro, prestadas a otra voz, no serían más que una pausa en algún trayecto de tren, un llenar renglones en la cola de la panadería, pero es su pluma lo que convierte hechos tan cotidianos como vulgares en algo digno de perder una tarde.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7/10

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