¿Qué fue de… Giorgio Moroder?

Cae el rocío sobre la maltratada vegetación muerta que rodea el lugar. La gente comienza el ritual. Llueven píldoras del amor y los bailes se prodigan sin descanso bajo sus efectos lisérgicos. El sacerdote invoca mediante sus dos platos al verdadero mesías de la música electrónica. Aquel que llegó para salvarnos del tedio. Aquel cuyo paso por este planeta en ruinas ha servido para inyectar elegancia kitsch a los temas de moda. El maestro que es capaz de vaciar cualquiera de tus fiestas privadas a modo de filtro del verdadero fiestero. Sólo los más radicales pueden adorar a Giorgio. En las ancestrales raves se rumorea que el momento del regreso del Enviado está cerca y que Él nos inundará de felicidad y sintetizadores creando una nueva era del Hombre. ¡Larga vida al Rey! Póstrense ante el único e inimitable Giorgio Moroder.

Para evitar suspicacias, Giorgio niega su origen divino. Oculta la procedencia de su planeta de origen haciéndonos creer que su advenimiento se produce en la pequeña aldea italiana de Ortisei, en la región de Trentino – Alto Adige un 26 de abril de 1940. La localidad apenas cuenta con medio centenar de habitantes. Probablemente, su cápsula de reconocimiento se estampó contra suelo transalpino y allí encontró refugio en el seno de una familia tradicional. Le acogen como uno más y le ofrecen una vida sosegada, a pesar de crecer en plena contienda mundial. La posguerra no es muy agradable pero le enseña que en este planeta las pequeñas cosas son las que importan. No obstante, más allá de la estratosfera escucha un zumbido constante. Los estudios raveros acerca del asunto creen que estas señales marcarán su determinación hacia la música como medio de comunicación interestelar. Sus tres hermanas terrestres tienen una fabulosa sensibilidad artística. Pintan y esculpen con gran habilidad. A Giovanni, nombre terrenal de Giorgio, le gusta la música y con 15 años le compran una guitarra. Sus dotes celestiales le llevan a obtener el permiso paterno para abandonar la escuela y centrarse de lleno en su carrera musical.

Estrena su vida de músico callejero tocando canciones poppies en cafeterías mientras reserva los arreglos de temas en los que intensifica sus bajos para grandes bailes de salón alpinos. Harto del bucolismo del campo italiano, se marcha a Berlín con la maleta vacía y la cabeza llena de ritmos imposibles. El contraste de la capital alemana donde la música y la tecnología rugen sin cesar le transforma notablemente. Estamos a mediados de los sesenta. Acepta un puesto de trabajo como ingeniero de sonido. Algo inaudito para una divinidad aunque le supondrá un acercamiento a los artilugios que le concederán un poder absoluto entre los hombres.

Los diligentes científicos de bata blanca y modales germanos contrastan con la actitud vitalista de aquel tipo chiflado con pelo rizado, imponentes gafas de sol y poblado mostacho. Moroder tiene una visión más consumista de la música electrónica y cree que puede llegar al gran público transformada en revolución musical. El concepto parece tenerlo claro y comienza a experimentar sin descanso en la búsqueda de un sonido peculiar y sofisticado acorde con los gustos imperantes.

“Me gusta experimentar, si existe una nueva máquina quiero conseguirla y observar qué es lo que puedo hacer con ella. Fijar niveles en un estudio es muy aburrido”. Su maestría extraña a sus cuadriculados compañeros y genera celos entre ellos. Lo que aquellos tipos no comprenden es que se encuentran ante un elegido por los dioses mientras que ellos son meros tecnócratas sin talento.

La burocracia hace mella en Giorgio, que ve la ciudad y su trabajo como “una prisión”. “En Berlín el muro significa que es difícil marcharse cuando uno quiere. Además, los ingenieros son tipos muy conservadores”. Es 1967. Se muda a Munich para estar más cerca de Ortisei. Produce algunos temas en los que se vislumbra su talento sobrenatural aunque no pasan de ser temas facilones que conectan bien con el público de manera superficial. Los germanos bautizarán a esta compilación celestial con el nombre de Schlager music. La voz de su música recae en un cantante pop francés de origen libanés, Ricky Shayne. La ecuación se salda con una buena cifra de ventas y muchos estrógenos liberados. Nuestro Giorgio es ambicioso, sabe que ese no es el camino y se exige más. Porque sabe que lo puede conseguir.

La calidad de sus arreglos y su visión periférica para la armonía le llevan a publicar ese mismo año un recopilatorio con el sello Repertoire. Schlager Moroder Vol. 1 tiene una buena acogida. Continúa experimentando con todas las máquinas que caen en sus portentosas manos para lograr transmitir su buena nueva. “En ese momento conozco a Eberhard Schoener, un compositor clásico que poseía un Moog. Él me enseñó a utilizarlo. Yo estaba absolutamente fascinado. Sonaba totalmente nuevo. Mi mayor necesidad vital es en ese momento es controlar y usar Moogs, sintetizadores y secuenciadores para utilizarlos en la producción de música comercial”.

Giorgio se adentra en los setenta consciente de las posibilidades creativas que le rodean. El primer disco puramente morodiano es Son of my Mother, de 1972. En él utiliza sintetizadores por primera vez. El resultado es primitivo pero intuye los must de su carrera posterior. La escena electrónica alemana despega al ritmo de los sintetizadores de Kraftwerk en Dusseldorf y Tangerine Dream en Berlín. Sus respectivos romanticismos robóticos y safaris interestelares producen una nueva sinfonía musical que engatusa a unos fieles ávidos de nuevas experiencias sonoras.

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En 1975, la escena alemana ya se encuentra predispuesta al arte morodiano. Giorgio lanza un sobrenatural y alienígena álbum de nombre Eizelganger, que pasa desapercibido a causa de su viaje por la experimentación más radical. Sin embargo, llama la atención de muchos expertos musicales debido a su peculiaridad. Giorgio cree encontrar el camino a seguir. Acierta de pleno gracias a su poderosa percepción extrasensorial. Su colaboración con Reinhald Mack prácticamente inaugura la era post-krautrock en Alemania. Más post que Giorgio no hay nadie.

Moroder tiene claro que “la forma infalible para conocer si algo funciona es echando un vistazo a las cifras de ventas. Cuando escuché a Kraftwerk o a Tangerine Dream pensé que ellos hacían un fantástico trabajo pero adolecían de una melodía potente. Tras Einzelganger quería hacer más cosas con sintetizadores y de algún modo hacerlo popular. Necesitaba algún elemento humano”.

Un año más tarde pone de manifiesto esa máxima. Adorna en exceso y transforma en un icono disco una versión de los Moody Blues que denomina Knights in White Satin. Los cantos celestiales de Giorgio claman éxito. Sigue necesitando ese elemento humano que tanto solicita.

Su padre celestial se apiada de él y le envía la solución al enigma. Para ello habrá que esperar aún. En Munich la vida es plácida. Giorgio se ha instalado en Musicland, su propio estudio de producción. Se encuentra situado en la parte trasera de un imponente complejo hotelero. A Giorgio acuden estrellas como T-Rex, Led Zeppelin, los Stones, Queen o Electric Light Orchestra, presas de sus inseguridades financieras. Las tasas y los impuestos británicos elevan los precios de la producción haciendo muy poco viable el trabajo de los músicos. No obstante, Giorgio ofrece calidad low-cost con sello de garantía.

Al fin llega el momento. Dos seres se cruzan en un plano espacial y dentro de un marco temporal. A ambos le cambia la vida. El Olimpo anuncia su presencia mediante ostentosas trompetas doradas y arpas de marfil. A veces, la vida se basa en encontrar ese momento. Moroder está predestinado a ello y no deja escapar la oportunidad. Una noche se encuentra a una corista americana que hace las delicias de los alemanes de bien que frecuentan los cabarets muniqueses. Ella es Donna Gaines. “Donna tenía una voz sexy y con alma y obviamente, era preciosa. Esa fusión de talento e imagen es totalmente necesaria. Nunca me hubiera planteado encontrarme a una cantante americana y negra en Múnich. Fui increíblemente afortunado. Ella hacía de la música algo caliente”.

Al fin encuentra la panacea que buscaba. La fuente del eterno hit en el que fundamentar su prototipo de música electrónica del que nacerán una década después el Techno, el House o el Dance. El componente humano que buscaba desde su llegada a nuestro planeta no es otro que el orgasmo femenino. ¡Oh, sí! Nada más poderoso que un jadeo sexual y cadencioso. Y más concretamente el de una diosa de ébano rebautizada como Donna Summer. Moroder entiende perfectamente ese poder y el público, tras escandalizarse con los contoneos sexuales de Donna encima del escenario, se marcha a casa pensando en el sonido estimulante y sofisticado del Hamelín intergaláctico. La plaga Moroder está servida y sus legiones se alzan tomando las calles y los locales de moda con música proveniente del espacio exterior.

En 1977, Giorgio y Donna lanzan el tema que marca el sonido Moroder y probablemente al Trance y al Techno más enjabonados. I Feel Love provoca en Estados Unidos un sentimiento contrapuesto. Por un lado, los integristas religiosos yankis se toman como una ofensa contemplar a una mujer negra corriéndose 22 veces en poco más de 6 minutos. La cifra pasa a la historia como un alegato caduco de una forma de ver la vida barrida por nuestro nuevo profeta. Por otro lado, el tema impacta entre el público de tal manera que transforma a Donna Summer en la estrella mundial del momento. Moroder lo consigue: refinamiento, sofisticación, ritmo y sexo. Paradojas de la vida de ensueño que todos queremos vivir hechas canción.

Love to Love You Baby había abonado el terreno meses antes del lanzamiento de I Feel Love. Su incitación sexual es alta aunque sin llegar al paroxismo de su sucesora. Los gemidos de Donna recrean el single original del tema, de 17 minutos y editado por el sello Casablanca Records, aunque sin la displicencia de I Feel Love.

Ese mismo año, Giorgio sigue interpretando el idioma de su planeta natal y adaptándolo a nuestros oídos bailones y terrícolas. Lanza From Here to Eternity, un groove elemental en su trayectoria dirigido más a profesionales de la música electrónica que al consumidor final. No obstante, tiene una excepcional acogida entre el público. Sus feligreses crecen de forma exponencial.

Alan Parker prepara en 1978 una película diferente. Una obra cumbre en la filmografía universal. Nadie sabe cómo ni de dónde le llegó la inspiración al realizador británico para idear una melodiosa banda sonora proveniente de las profundidades del universo. La banda sonora de El expreso de medianoche se convierte en el primer soundtrack electrónico de la historia del cine.

Un tal Hans Zimmer reconoce que “cuando vi la película me quedé completamente trastornado con su banda sonora mientras me preguntaba por qué no había hecho nada así antes”. La clave es sencilla. “Si introduces sonidos electrónicos en imágenes inquietantes consigues diez veces más tensión puesto que las máquinas controlan la intensidad de la tensión descolocando a la audiencia”. La banda sonora crea una película hipnótica y fascinante que se integra en el imaginario colectivo de una generación entera. El tema The Chase es entregado a Moroder por dos querubines celestiales que portan un nuevo arca de la alianza. En su interior se encuentra una mesa con ese tema pulido a la perfección.

Giorgio ve en The Chase la ejemplificación de ese estilo que tanto tiempo lleva buscando. Otros ven en ese single la oportunidad de organizar en torno a él grandes fiestas paganas únicamente óptimas para desequilibrados con clase. Los oídos actuales suelen huir despavoridos ante la escucha de The Chase. Aprovecha para sacrificar a los infieles que huyan y crea tu propia milicia Moroder con los que veas moverse espasmódicamente. No te arrepentirás. Precursora de todos los ochenta electrónicos, en ella fluye el espíritu universal del amor fraternal Techno.

La leyenda de Giorgio se acrecienta. Todos se postran ante el nuevo rey del amor discotequero de los últimos setenta. Junto a él aún se mantiene una Donna Summer en plena inmersión en la noche y en la fama. No asimila bien su éxito y se engancha a la coca y a los tranquilizantes. 1979 es un año rupturista. Giorgio produce Bad Girls instalado en plena cresta de la ola. El talento de ambos vuelve a deslumbrar en un lujoso LP que aborda y elogia al mundo de la prostitución.

Giorgio muta en Dionisos y los orgasmos comedidos de Donna forjan un álbum con dos singles como Bad Girls o Hot Stuff peleándose en el top 5 de las listas de singles por ser el #1. Ese éxito abrumador en Estados Unidos le hace depender menos de las bandas británicas. Decide vender Musicland por un buen pellizco y se traslada junto a su esposa y Donna a California. En Los Ángeles se encuentra su construida por él mismo escalera al cielo.

Entre cajas de mudanzas se despide de su periplo alemán con dos aportaciones más a la música europea. La banda sonora de Battlestar Galactica y sobre todo E=mc2. Un álbum que pasa a la historia por tratarse del primer LP enteramente digital de la historia.

En LA se compra una maravillosa mansión blanca e impoluta con mucha cristalera, una imponente piscina y unas vistas envidiables que bautiza como Ice Castle. Recién llegado ayuda a Sparks a llevar su Nº 1. In Heaven a un estadio superior. Que fuese infravalorado en su momento no quita que hoy recordemos la exquisita distinción compositiva de Sparks y la experimentación espacial de Moroder.

Las musas no siempre siguen los designios que deseamos y deciden volar libres en brazos de otros. Nuestro Giorgio se encuentra con un David Geffen ambicioso y mucho menos paternalista con sus artistas que en décadas anteriores. Es implacable en su idilio con el vil dinero. Tras seis discos de oro, otros tantos de platino y nueve números uno en la Biblia Billboard, Donna se va con Geffen y abandona Casablanca Records y a Giorgio por siempre. Su carrera nunca será igual.

El desdén no afecta al Elegido y prosigue su carrera. Call Me de Blondie es su siguiente trabajo. Un tema que encandila a la bella Debbie Harry que lo transforma en un must ochentero. Es 1980. La era Moroder acaba de comenzar. Se inserta definitivamente en Hollywood para crear el hilo musical de la década en el cine. Ese año crea las piezas que acompañarán a un film prometedor de nombre American Gigoló, encabezado por un pubescente Richard Gere. Al mismo tiempo, trata de sustituir en sus canciones la huella dejada por Donna. Cher es su elegida. Lo cual demuestra que los profetas también yerran. A pesar de todo, sale bastante airoso de tan demencial cruce mediante Bad Love, uno de los fetiches de la carrera de la polifacética artista. Tras despedirse de Donna con su dúo con Barbra Streisand llamado No More Tears, Bad Love utiliza el picante de Hot Stuff para generar un tema de electrónica con un precioso acabado. La inclusión del single en la película Foxes, con una joven Jodie Foster en estado de gracia, le sirve para cimentar aún más su reputación en el cine comercial. Las estrellas se posan ante él.

“La época dorada se siente eterna. Sé cómo hacer hits. A veces, uso ligeramente los sintetizadores como en Call Me, en otras ocasiones, son la clave de la canción. Sé como han de sonar los bajos o qué ritmos funcionan. Los tempos deben ajustarse a los 110-120 BPM. Es lo que sé que van a bailar en los clubes de NYC o donde fuese. No puedes estar seguro totalmente de qué canciones no pegarán pero yo tengo una fórmula mágica”.

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David Bowie se da el lujo de trabajar con un compatriota planetario suyo y entre ambos paren Cat People. Directo al paraíso y al #1. Giorgio Moroder transforma en sueños los delirios de los 80. El tema es la pieza principal de la banda sonora del film homónimo de 1982.

Produce y co-escribe junto a personalidades como Janet Jackson, Debbie Harry, Manchester, The three degrees, Nina Hagen, Madleen Kane o Freddie Mercury. Lleva una vida de excesos y curiosidades. Patenta un cognac. “Es bastante bueno”.  Crea un reloj de lujo tecnológicamente muy avanzado para su época utilizando los diseños que los sabios de su planeta utilizaban para medir el tiempo. Diseña un Lamborghini junto al diseñador de la marca italiana, Marcello Gandini. “Se iba a llamar Cizeta-Moroder pero Marcello finalmente fabricó el fabuloso Countach. El precio del Cizeta era de 600000$ aunque si algún empresario saudí lo quiere podemos hacerle una rebaja”.

En 1983, gana un Óscar por su What a Feeling para la banda sonora de la icónica Flashdance. La pieza la interpreta Irene Cara. Ese mismo año crea dos fabulosas bandas sonoras fruto de su incuestionable divinidad. Tony’s Theme es el tema principal de la inmortal Scarface con Tony Montana como trasfondo. Limahl es la pieza central del creativo soundtrack de La historia interminable. La productividad de Moroder es inabarcable. Su glam cibernético gobierna la década sin compasión. Es la tiranía del Mesías Moroder.

Reach Out es la canción oficial de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84. Un encargo del COI para Giorgio que les entrega un tema colmado por su solvencia habitual disfrazada de refinamiento electrónico. Ese mismo año se embarca en un proyecto de gran empaque intelectual. La remasterización y puesta al día de la maravillosa Metrópolis de Fritz Lang recae en el aspecto musical en personalidades como Freddie Mercury, Pat Benatar o Bonnie Tyler, entre otros. La calidad de nuestro Giorgio se hace notar y firma un trabajo redondo.

Sin salirnos de 1984, Él nos obsequia con otro incunable. Electric Dream es la canción principal de Electric Dream, un popular film que cuenta con la voz de Philip Oakley de los Human League poniendo el colofón vocal a las estridencias electrónicas de Moroder. La canción se convierte en una referencia en la década mientras Oakley añorará no contar en exclusiva con el talento del ser venido de las estrellas.

La cosecha cinematográfica prosigue con Fletch y, sobre todo, con uno de los temas más tarareados en las duchas de medio mundo. Blame Him to Axel F. nos transporta directamente desde nuestra infancia hacia esa California tan de la era Reagan reflejada desenfrenadamente en la saga Superdetective en Hollywood.

Llega 1986 y la consagración del mito. Segundo Óscar por la banda sonora de Top Gun, uno de los films generacionales de los ochenta. El grupo alemán Berlin se presta a ponerse en manos del maestro. El resultado marca la época con un superventas al que acusan de parecerse mucho al Moroder de los inicios. Take my Breath Away o como muchos borrachos sin sentido la llaman: la canción del dún dún. Los recordados dún dún de los sintetizadores de Giorgio se insertan en el lóbulo frontal de una generación que los utiliza en sus rituales de cortejo y apareamiento bajo la premisa de seducción. Esta rica fuente de etnografía sexual se pierde con la década.

Poco después pone música a un título fundamental para los amantes de la casquería. Yo, el halcón reporta a nuestra divinidad una prolongada amistad con el protagonista de la película, Sylvester Stallone. Comienza a invertir en restauración. Afición que comparte con su nuevo amigo Stallone, con el que comparte además procedencia. “Stallone me preguntó una vez si quería hacer una canción con Bob Dylan para Rambo III, similar a la que había hecho para Sly en 1987 de nombre Over the top. Para ello me presenté en la casa de Dylan en Malibú. Es un lugar maravilloso, recubierto de maderas nobles. Él me hablaba sobre lo erróneo del significado de esa película, con todos esos rusos y esa política. Aquellos encuentros fueron muy comunes. Es una época maravillosa”.

Su magia le abandona en ese instante. Un sacrílego vincula sentimentalmente a Moroder con Don Johnson. Algo así acaba con la carrera pública de cualquiera, incluso con la de los elegidos. Warner le cancela un cuantioso contrato por ese motivo. Por aquel entonces, Giorgio se empieza a ver relegado por una furibunda moda que arrasa con los cimientos de la música occidental. Ya nada será igual. Señor, perdónales. No saben lo que hacen. Se repetía nuestro hacedor musical. “El parón en la carrera lo achaco al Rap. Yo no tenía ni idea de todo aquello. Escuchaba algo nuevo, algo que nunca sería capaz de producir. No entiendo una palabra de lo que dicen. No soy un chico de la calle, ni siquiera un urbanita. No siento igual. No sé si estaba fuera de onda pero reconocía la emoción que transmitía esa música. Estaba contento con el cambio. Ya había hecho suficiente, de hecho, ya había hecho de todo. Estaba cansado de los estudios.” 

Compone el tema oficial de los Juegos Olímpicos de Seúl 88. La canción construye las raíces del famoso e infumable K-Pop de la actualidad con el repulsivo Psy al frente. La canción que inaugura este tenebroso movimiento es Hand in Hand de unos tal koreana. Giorgio sabe crear el bien pero no le hace ascos a sembrar la maldad más absoluta y coreana. Cierra la década con la canción del entrañable y aburrido Mundial de Italia’90.

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Abandonado por sus discípulos y acólitos, su nombre de oro desaparece lánguidamente. Asoma la cabeza con dos discos en los noventa que sirven para cerrar su ciclo hasta su regreso anunciado por los dioses. Se trata de Forever Dancing y de Moroder and Moroder Art Show, limitado este último a 100 copias. En noches de mucho calor hay quien implora al cielo esperando a que Moroder descienda de donde se encuentre y ponga orden en la electrónica de los noventa y de principios del nuevo milenio.

En 2000, lanza un remix de Marwais titulado Disco Science (Giorgio Moroder Blue Print Mix). En 2002 algún enemigo acérrimo le convence para llevar a cabo los remixes de Enrique Iglesias. Los mercaderes mancillan el reino de Moroder con una propuesta que es aceptada sin que sepamos por qué. Al año siguiente se desquita trabajando junto a su vieja amiga Debbie Harry en el tema de Blondie, Good Boys.

Hastiado de la ingratitud de la música, se centra en otros proyectos personales vinculados con otras especialidades artísticas. Crea arte con neón, dibuja y se centra en su familia. En los albores del siglo XXI una serie de autores le reivindica. Casualmente proceden del mundo del Hip Hop. Se trata de apóstatas arrepentidos que caen rendidos ante la evidencia. Outkast, Dj Shadow, Rick Ross, Lil Wayne, Kanye West e incluso Beyoncé se dejan seducir por el fulgor eterno del mito Moroder.

“Creo que toda la música Dance actual ha vuelto hacia él. Todo es European Disco en la radio”. Así describe la realidad Alessandro Moroder, su hijo en la tierra. Su padre reconoce: “Nunca he sido muy organizado. Nunca etiqueto nada de una manera clara. Existen grabaciones de Donna Summer que nadie sabe dónde están porque las dejé en algún lugar al que nunca volví.” 

A finales de la primera década del nuevo siglo, Giorgio diseña una pirámide para construirla en Dubai. Es quizás el único guiño hacia su divinidad que hace hasta el momento. Su construcción jamás se llevará a cabo debido a la incompetencia y la avaricia de los hombres. El diseño contempla una zona central vacía y unos laterales poblados con apartamentos. “¡Precioso! Estuve dos horas diseñando. Iba a ser de gran tamaño. Quería hacer eso en lugar de música. He malgastado mucho tiempo persiguiendo cosas estúpidas.”

En 2004 el Dance Music Hall of Fame de NYC le abre las puertas para conmemorar su dedicación y talento. Meses después, recibe de manos de Silvio Berlusconi el título de Commendatore, otorgado por el gobierno italiano. Una forma sacrílega de reconocerle su torrente de ambrosía acústica. A finales de la primera década del siglo las angustias económicas asoman por el hogar de los Moroder. Giorgio muta su piel de lentejuelas por un traje de huesos y piel. Decide vender su Ice Castle en Los Ángeles. El trauma se reduce en parte gracias al alquiler de un lujoso apartamento en la quinta planta de un bloque con hermosas vistas a Beverly Hills.

A esa misma dirección se muda Donna Summer en 2010, ya enferma de cáncer de garganta. Su reencuentro no puede ser más emotivo. Giorgio sigue adorando a la mujer que le abandonó, profesionalmente, por David Geffen casi tres décadas antes. “David le puso a hacer música que no era para ella. Un gran error. Afortunadamente para ella todo cambió cuando le colocaron a Quincy Jones en el 82.”

Giorgio está encantado con su nueva proximidad con Donna. “En los dos años que ella lleva viviendo aquí la he visto más que en veinte años. Es adorable tenerla cerca”. Moroder admite el escaso trato que mantuvo con su musa durante décadas. “Donna se convirtió en una persona muy religiosa. Me hizo grabar una canción Dance sobre Jesús y Dios. A ella no le gustaban los gays. Su actitud contra ellos en los ochenta fue muy belicosa y problemática aunque siempre negaba hacer postulados anti-gay”.

El salón del hogar alquilado por el gran Giorgio Moroder es una conclusión de su vida. Un hermoso retrato de Donna pintado por Moroder preside la estancia. Un piano blanco sirve de reposo a dos fotografías del hombre de la casa con Venus Williams y Raquel Welch mientras que una humilde vitrina de cristal descubre Óscars, Grammys y demás premios impíos de la industria musical. No tiene estéreo en casa porque no escucha música fuera del estudio. Las únicas melodías que asoman en su día a día son las que escucha en las radio-fórmulas que copan el reproductor de su coche.

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Su casa se completa con un estudio de grabación donde se entretiene Alessandro, su hijo de 23 años. Tras los monitores y las mesas de mezclas se intuye una fotografía de Donna Summer con los ojos retocados para que sean del azul del mar de Malibú. En esa estancia le llega la noticia de que las profecías sobre su persona son ciertas.

2013. Unos DJs robóticos franceses pretenden incluir un corte homenaje a su persona en el disco más comercial de su carrera. Lo cual supone un sinfín de CDs vendidos de antemano y el principio de la reconquista de su planeta de adopción. Random Access Memories y el single Giorgio by Moroder redescubren y difunden al creador de la música electrónica moderna entre el gran público. La oleada de adoración le vuelve a encumbrar a su trono divino.

Trabaja junto a los sobrevalorados Avicii y MNDR. Los gurús de tercera que dominan los platos a día de hoy se postran ante él. Giorgio, El Indulgente, les perdona haber profanado sus sensuales ritmos para transformarlos en chonismo sonoro. Todo el mundo le reivindica. Tiesto le saca de fiesta. Abre una cuenta en SoundCloud donde cuelga lo más granado de su extensa discografía, así como grabaciones de sus nuevas apariciones estelares en grandes eventos. La Red Bull Music Academy le ofrece debutar como Dj a los 73 años. El evento se produce en Brooklyn y una discoteca abarrotada repasa lo mejor de la música celestial del gran Moroder. Se rumorea que Madonna le ha seducido para producirle algún corte de su nuevo álbum. Se lanzan loas a su figura y bandas como Broonski Beat en los 80, Underworld en los 90, Madonna abriendo el Confessions Tour ’00 con un sample suyo y Kavinsky en la actualidad reconocen su influencia hegemónica en su música. El Dance de Moroder se convierte en el nuevo Pop mundial.

Pronto cambiará el ciclo y se cumplirá la profecía que se anunciaba en las raves al alba. Moroder volverá para cubrirnos de brillantina y estilizar el Dance o el Techno. Apresúrate a unirte a nuestra causa #giorgioisgod antes de que sea tarde y se convierta en el slogan de un anuncio de natillas o comiences a ver la foto de Giorgio por las tiendas de Malasaña o el Born. Un día sin darnos cuenta las camisetas se teñirán de hashtags horteras del tipo: #voteforgiorgio o quizás #morodersonlospadres. Ese día serás uno más de nuestra iglesia, pero habrás perdido la oportunidad de ser un profeta de la palabra de Moroder. No pierdas la fe. #giorgiosback