Neil Young & Crazy Horse – Psychedelic Pill

El nuevo disco de Neil Young y Crazy Horse comienza con una canción que deja el crónómetro en los 27 minutos y medio. Lo que en otros podría parecer una exageración, en Young se convierte en un ejercicio de estilo, en una reafirmación de ese espíritu salvaje y libre que no entiende de minutajes ni de prisas. Habría que echar la vista atrás unas cuantas décadas para encontrarnos con un músico de rock alargando hasta la extenuación sus melodías. Posiblemente hasta finales de los años sesenta cuando la eclosión psicodélica se encontraba en pleno apogeo. Por allí aparecían unos Grateful Dead exultantes, que tan pronto grababan píldoras de blues-rock para sus discos como se dejaban llevar por los efectos alucinógenos en sus interminables directos. También el propio Neil Young, que firmaba para su segundo LP un tema titulado Cowgirl In The Sand, cuya versión en directo podía llegar a superar la media hora de duración.

Sin embargo, lo del músico canadiense en Psychedelic Pill no es un simple regreso a sus orígenes. Principalmente porque, de haberlos, Young se ha dedicado a borrarlos con sus continuas idas y venidas. Músico inquieto, tozudo y, ante todo, trabajador, su capacidad para sorprender después de más de medio centenar de discos a sus espaldas resulta envidiable. Sobre todo para sus compañeros de generación, incapaces de seguir el ritmo a un sexuagenario como Young.

Mientras unos giran una y otra vez en una eterna repetición de sus grandes éxitos y otros recurren a jóvenes productores en busca de savia nueva, Neil se mantiene fresco e incisivo. Batallando con discos de puro ruido (Le Noise) o con dosis de acidez antibélica (Living With War). Sólo el reciente trabajo de Bob Dylan, Tempest, puede hacerle sombra en lo que a grandes dispendios se refiere ¿Estamos ante los dos grandes discos de este 2012? Por lo menos ante los dos que mejor envejeceran con los años. Como sus autores.

Aunque, claro, en el caso del canadiense la cosa tiene truco. Hacía una década que Young y sus compañeros de Crazy Horse no compartían estudio. Dieciséis años si hablamos de la formación al completo, incluyendo al guitarrista Frank “Poncho” Sampedro. En este tiempo Neil, además de seguir con su habitual ritmo de publicaciones, ha girado con Crosby, Stills & Nash y lo ha “intentado” con Buffalo Springfield, las dos bandas que ayudaron a definir su sonido en los sesenta y setenta. Una vuelta a sus años mozos que se completó hace unos meses con Americana, el primero de los discos que Young y Crazy Horse tenían previsto editar en este 2012.

En él el cuarteto recupera un puñado de canciones tradicionales que van desde el mil veces versionada This Land Is Your Land hasta el experimento iconoclasta sobre God Save The Queen. “Canciones tan poderosas como cuando fueron escritas”, según palabras del compositor, pero que han perdido parte de su sentido por el camino. Canciones, muchas asociadas a la infancia de una generación, que en las manos de Neil y compañía se convierten en un amasijo de electricidad y crudeza. Como si con ello Young quisiera expresar su cabreo con la situación actual.

El disco fue, no obstante, recibido de manera tibia por la crítica, que acusaba al canadiense de quedarse en un simple intento por llevar esas composiciones a su terreno, pero sin terminar de explotar todo el potencial que tenía entre manos. Como si se tratara, simplemente, de una buena manera de quitarse el óxido y comprobar si la química Neil-Crazy Horse permanecía intacta una década después. Ahora, con la llegada de Psychedelic Pill, habrá más de uno que piense que estas opiniones parecían justificadas. A toro pasado, claro. Como de costumbre Young convierte en papel mojado todo lo facturado anteriormente. Como si no quisiera saber nada de lo hecho hasta la fecha, cada nuevo disco es una nueva vuelta de tuerca en su cancionero, un intento por mantenerse en el alambre. Sin necesidad de caer en el postureo o en concesiones hacia sus críticos. Sólo atendiendo a lo que le pide el cuerpo.

Y el cuerpo le pide dejarse llevar, sumergirse entre acordes infinitos que laten llenos de vida y, por qué no decirlo, mala leche, esculpir notas con su guitarra como si se tratara de un aventurero que escala por primera vez el Everest. Claro que no es la primera vez que Young explora estas montañas, a pesar de que ese poso nostálgico que deja el disco se empeñe en devolvernos al compositor luchador y lleno de sueños de los sesenta. Es el caso de Twisted Road, en el que el de Toronto recuerda a Hank Williams, a Roy Orbison y la primera vez que escuchó Like A Rolling Stone; mientras canta a “esa vieja música que solía golpear su alma” y que de alguna manera sirve de inspiración para un Neil Young que, a pesar de los años, aún no ha perdido la memoria.

Tampoco su capacidad para fabricar pildorazos rock como Born In Ontario o Psychedelic Pill, esta última presente en dos ocasiones en el disco, aunque sin perder en ningun caso su caracter corrosivo y ácido. No obstante, son las grandes distancias las principales protagonistas de este disco, esos viajes cargados de lisergia y carretera en los que uno sabe cómo entra pero nunca cómo sale. Driftin’ Back, canción que abre el álbum, comienza con Young en tono instrospectivo para dejar paso a un torrente de electricidad inabarcable en el que Picasso, John Coltrane y Grateful Dead se sentirían como en casa. Todo para atraparnos en ese mantra hipnótico que impide que podamos apartar los oídos del reproductor. Algo similar a lo que ocurre en Ramada Inn, deudor del sonido de Zuma, o en For The Love Of Man, con Young en una onda soul a lo Roy Orbison.

El canadiense reserva su versión más oscura y cruda para el último de los tres vinilos que componen la edición. En She’s Always Dancing las guitarras adquieren un tono amenazador, a pesar de esos coros de herencia doo-wop, mientras que en Walk Like A Giant la música se convierte directamente en soflama. “We Were gonna save the world, We Were trying to make it better” canta Young en un corte que conecta directamente con canciones como Rockin’ In The Free World o discos como Ragged Glory o el reciente Americana. Como si el compositor quisiera demostrar que, bajo ese espíritu escapista y nostálgico que planea sobre buena parte de Psychedelic Pill, sigue quedando un músico comprometido con el presente. Neil Young cabalga de nuevo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 9/10