Mujeres en la música: Juliana Hatfield

El final de los años 80 y los primeros 90 fueron uno de los periodos más fecundos de la música. Y, además, uno de los momento de mayor reivindicación por parte de la mujer de ocupar su espacio en la música más allá de ser guapa, bailar bien, o hacer videoclips provocativos. El indie y el grunge, herederos del college rock, estaban en su apogeo con su reivindicación de la normalidad, el DIY y la vuelta a un espíritu punk. Fue en ese momento en el que descubrí a Juliana Hatfield, justo en un periodo en el que un adolescente se descubre a sí mismo.

Yo desconocía que a esa mujer de voz dulce, aniñada y melancólica que sobrevolaba las infecciosas guitarra de Only Everything, su segundo disco en solitario, que me prestó el hermano de mi mejor amigo, ya la había escuchado antes. Sí, era la que tocaba el bajo y hacía los coros en It’s a Shame About Ray, el disco que lanzó a la fama a The Lemonheads. Pero yo tenía ese disco grabado en una TDK de 60 y sólo conocía el nombre del líder, Evan Dando que ya había colaborado con ella anteriormente, y al que la prensa comparaba con Kurt Cobain y lo vendía como el terror de las nenas. Tampoco conocía quién era esa tal Hatfield, sólo sé que me había impresionado el primer disco de Veruca Salt y buscaba algo parecido. Así que el hermano de mi amigo, al que llamaremos Isra, me dijo: “¡Hostia, pues esta chica tiene un rollo muy parecido! Grábatelo y me dices que te parece” (Sí hubo un tiempo en que nos grabábamos los CDs en cintas TDK) Y joder si me moló.

Honestidad Brutal

Juliana Hatfield nunca fue una mujer de grandes discos, ni de música que llegara a las masas. No era su intención. Tampoco quiso abanderar ningún movimiento ni pasar a ser parte de las Riot Grrrls, o ser una musa indie. Juliana, nacida en Boston en 1967, quería hacer música honesta, real y que llegara a sus oyentes. Y eso es mucho. En unos tiempos, esos finales de los 80 y primeros 90, en los que la transición del rock y el pop de masas a un mainstream donde el indie y el grunge eran la nueva moda musical acabaron convirtiendo en ídolos a gente que jamás se lo planteó, Hatfield fue honesta, luchadora y sobre todo, coherente. Desde sus inicios en Blake Babies, una banda de jangle rock con ramalazos punk y toques folk, deudores de los primeros REM y que marcó el estilo posterior de casi toda su música (Hatfield siempre ha nadado en esas tres corrientes estilísticas), hasta el retorno de su Juliana Hatfield Three, hace unos añitos o con Pussycat, su último trabajo el año pasado.

Y eso es lo que un adolescente de la España de 1995 como era yo, necesitaba en ese momento. Una artista que fuera como yo, aunque fuera una mujer de Boston. Porque cantaba sobre las mismas cosas que me pasaban a mí y, con mi macarrónico inglés, me sentía identificado. Es curioso como una canción como My Sister, que habla de la novia de su hermano mayor, me marcara tanto en un etapa en la que yo ejercía esa figura, sobre un preadolescente que reclamaba continuamente mi atención. O como un tema como Bottles and Flowers servía para darme cuenta de las que chicas sentían de una manera que yo aún desconocía. Esa honestidad, esa manera de desnudar sus sentimientos, sirvió para que mi verano de 1995 me colgara de ella en un amor platónico que me llega hasta hoy.

Así, sin quererlo ni pretenderlo, una frágil mujer de aspecto débil y de voz trémula pero tremendamente dulce, se convirtió en uno de los modelos femeninos para un joven que se movía entre las melenas y el pasotismo del grunge, y en una de las mujeres que más ha hecho por enseñar al mundo del indie que el postureo es totalmente prescindible si no se es honesto y que, el poder no es cuestión de sexo sino de coherencia y honestidad. Gracias Juliana.

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