Mapa Sonoro es necesario

MAPA SONORO

La Bien Querida, The New Raemon, Sr. Chinarro, Toteking, Patti Smith, The Wave Pictures, Enrique Morente, Javiera Mena, Micah P. Hinson, Lou Barlow, Triángulo de Amor Bizarro, Teenage Fanclub, Delorean, Astrud, Los Punsetes, The Pastels, Nueva Vulcano, Tachenko… todos ellos tienen dos cosas en común, la música y su paso por Mapa Sonoro.

Hace dos temporadas, La 2 de TVE, en apuesta siempre por valores distintos a los habituales del resto de las cadenas, abría nueva parrilla con un programa de lo más apetecible. Una propuesta musical independiente que se emitía los lunes a partir de las 00:00, en colaboración con GorokaTv. Lo cierto es que la propuesta, esperemos que siga siendo (cuidado con el pasado), pende de un hilo.

Como anunciaba esta semana, vía Twitter, Roberto Herreros (guionista y director de contenidos del programa, además de ex-Garzón/Grande-Marlaska y actual precursor del proyecto Robo), la cadena de televisión que, debido al recorte de presupuesto/cambio de gobierno, está haciendo efectivos algunos cambios, pretende sacar adelante el programa. Claro que, con el respaldo de algún sponsor. Las complicaciones son más que obvias. Así bien, el fenómeno hashtag ha llegado a Mapa Sonoro. Esta semana, haciéndose eco de la noticia, y a modo de manifestación, los telespectadores, seguidores, fanáticos y adeptos a los contenidos musicales del programa expresaban su inquietud convirtiendo #mapasonoroesnecesario en TT.

Esto, por defecto (o afecto), nos lleva a preguntarnos directamente qué pasa. ¿Qué pasa con la programación que merece la pena? ¿Con los contenidos frescos, con las ideas nuevas, las iniciativas que nos hacen disfrutar y aprender, descubrir una parte distinta de nuestra cultura y las relacionadas? ¿Qué pasa ahora con todos esos oídos ávidos de novedades, de viajes, de ese abismo lleno de maravillas externo al mainstream? ¿Qué pasa con todos esos grupos minoritarios, que han encontrado en Mapa Sonoro un espacio?

Resulta sorprendente que, justamente en el momento de replantear la industria fonográfica, se prescinda de un producto íntimamente ligado con el centro de toda actividad musical en los tiempos que corren: el directo.

El soporte físico ha muerto, por tanto, lo único que no puede desaparecer es ese momento de ver a un tipo que te encanta en vivo. O al grupo de turno en revisión sobre las tablas. Ahí, en la misma sala donde tú estás. La emoción, la conexión con él, con ellos, con tus acompañantes, con todos los desconocidos que aforan del local. Entonces alguien se pregunta, ¿por qué no televisar todo eso? ¿Cómo dejar escapar la oportunidad de prodigar aquello en lo que creemos? Es casi de obligado cumplimiento dar a conocer el placer que puede proporcionar un buen álbum o todavía mejor, un buen álbum en directo.

La televisión pública debe abrir hueco para esto, porque no es una opción, es un reclamo. Fuera de esas cifras y sus argumentos cuantitativos. A veces, señores de la televisión pública, debemos medir el producto en calidad, en interés, aunque los números no resulten como nos gustaría. Porque invertir en futuros, a corto plazo, puede resultar deficitario. Pero la inversión mayor es formar una audiencia con criterio real. Poner en su lugar (porque lo merece) a una escena independiente, que está funcionando, a pesar de la gran crisis del sector musical, esa que tantas menciones merece.

Y ahí es donde entra Mapa Sonoro. Érase una vez un espacio en el que todo bípedo dispuesto  y algunos (más) animales con aptitudes acústicas innatas, disponían de un concreto. Algo inaudito, insólito, in…menso. Un programa de TV, mitad el camino (como el nuevo disco de The Black Keys que tanto nos gusta), mitad acústico. Un narrador en off relatando todo lo que los discos no cuentan. Pequeñas historias con pretexto, texto y protesto. Claro que protesto, señoría. Y alzo la mano y frunzo el ceño si cabe, señoría. No hay lugar. Está bien. Me calmo. Inspiro. Expiro. Expiro. Hubo una vez, señoría, no hace mucho tiempo un programa, un programa de televisión, que escribió coordenadas dentro de un mapa, un mapa sonoro, una radiografía de los espacios musicales más efervescentes y creativos del país. Un programa emitido durante la madrugada, con una audiencia discreta pero fiel, un programa de música de verdad, de diversidad, de ciudades, con visitas, con entrevistas, humor. Dígame señoría si no resulta apetecible lo que le estoy contando. A lo mejor, a lo mejor es un exceso. Un exceso de “un país quimérico y en consecuencia, incontrolable”, de improvisación, la política de la teta y la pandereta. ¿Qué ha sido de aquella Bola de Cristal? Ese programa que crece entre generaciones. ¿Qué ha sido de ese público inquieto, con picardía pero ingenuo, que se dejaba llevar por esos fragmentos de magia que todos esperamos de vez en cuando, más cuando tiene que ver con música? ¿Qué ha sido de las reformas en pro de la cultura soberbia y de las cosas bien hechas? ¿Qué ha sido del amor al arte, del amor a las personas que hacen las cosas por los motivos correctos? ¿Qué ha pasado?

Tal vez no hoy, ni mañana, ni la semana que viene, pero dentro de un tiempo, quizá unos meses, un año o dos no habrá nada ni nadie que defienda la música en la televisión. La música en el sentido estricto de la palabra. Cuidado, no todos pueden presumir de abanderados de un proyecto honesto y genuino. Será entonces, cuando después de beber una cerveza bien fría, en el austral invierno, mientras nuestros nietos corretean por un barrio postnuclear, alcemos nuestro vaso y gritemos: “Yo he visto Mapa Sonoro y maldigo a aquel que no hizo nada por salvarlo”.

“El arte pertenece al pueblo”, y el hecho de que tú y yo queramos más emisiones de Mapa Sonoro tiene que ver con que ellos, nos escuchen, les escuchen y actúen en consecuencia.

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