La intensidad clásica de Agnes Obel

Fecha: 21 de Septiembre de 2011

Lugar: Teatro Lara (Madrid)

Existe un viejo tópico sobre la música venida de los países nórdicos que subraya su carácter clásico y calmado. La última en sumarse a este club fue Olof Arnalds, islandesa que nos cautivó en 2010 con su segundo trabajo. Antes ya habían pasado por este trámite artistas como Laura Marling, Antony & The Johnsons e incluso, a su manera, Bjork. Ahora desde Dinamarca nos llega Agnes Obel, una de esas voces eternas y evocadoras que, acompañada por su piano, hizo las delicias de todos aquellos que se acercaron a verla al Teatro Lara de Madrid.

La cantante se presentaba en la capital con un único disco bajo el brazo, que hizo las veces de hilo conductor de su concierto. Sus canciones, tejidas con mimo, son la perfecta banda sonora para los momentos tranquilos y relajados del invierno. Precisamente Obel comenzaba su concierto con uno de esos pasajes instrumentales en los que la danesa nos trae a la memoria al Yann Tiersen más cinematográfico, ese que nos deslumbró hace unos años con sus valses y su sensibilidad al piano.

Perfectamente acompañada por sus dos fieles escuderas, al violonchelo y al arpa, la danesa fue desgranando uno a uno los temas de Philharmonics. Canciones como Riverside, Louretta o On Powdered Ground se sucedían en un perfecto guión, en el que sólo algunos fallos técnicos, que provocaron las primeras palabras de Agnes, rompieron lo previsto. Sustentado el show sobre ese viejo y, a veces olvidado, valor de la belleza, la cantante contuvo cualquier tipo de ornamento innecesario en busca del equilibrio, de la interpretación escrupulosa y sosegada de su corto aunque intenso repertorio.

El ambiente parecía pedirlo a gritos. Para quien no tengo el placer de conocerlo, el Teatro Lara es uno de esos antiguos y engalanados escenarios de la capital en los que poder disfrutar de la vertiente más clásica de la música. Una plaza recogida y solemne en la que Agnes Obel se mostró cómoda, confortable, a sabiendas de que nada podría romper ese ambiente silencioso en el que sus composiciones se mueven como pez en el agua.

Cuando el momento lo requería echaba mano de su piano para traernos de vuelta al maestro clásico Debussy, cuando no, dejaba el mando al arpa, recordándonos a la Bjork de Vespertine. Incluso se atrevió con una canción acompañada por la guitarra acústica (Just So) en la que rozaba el pop. Así hasta completar una hora de concierto redondo, pausado, que sólo se puede medir como a todas las cosas pequeñas, sin mucha intención de sentar cátedra.

Es posible que Agnes Obel nunca aparezca en la portada de una revista o que ni siquiera vuelva a recorrer Europa con sus canciones, quizás por ello tiene más mérito lo que hizo ayer la danesa. No sólo por llenar el patio de butacas del Teatro Lara, sino por conseguir que sigamos creyendo en esa belleza echa con las manos, en esa manera de hacer las cosas que sólo busca una sonrisa, un pequeño estremecimiento de aquel que se deja cautivar por la música. Sin importar de dónde venga.