Howlin Rain apasiona y desconcierta en Madrid

HOWLIN RAIN

Velada de contrastes y sentimientos encontrados la vivida anoche en Madrid. Más concretamente en uno de los recintos musicales más entrañables y con más solera de la capital como es la sala El Sol. Para empezar, los madrileños Sparkle Gross, una banda muy recomendable para cualquier fan de los Black Crowes, brindaron una actuación llena de nervio y oficio, con un rock atemporal ejecutado de una forma muy solvente, mientras dibujaban un triste canto del cisne. Fue su penúltima actuación antes de disolverse. Si la vida ya de por sí es injusta, ser fan del rock más minoritario y genuino hurga en la herida con estos pequeños dramas.

Por suerte, la amargura de esta despedida no tardó en desvanecerse bajo la tormenta de decibelios y pasión que Howlin Rain desató a renglón seguido. La audiencia, que anduvo cerca de abarrotar el recinto, entró en inmediata comunión con Ethan Miller nada más sonar los acordes de la insólita Phantom Valley, que abrió el show. El desbocado cantante, un perfecto cruce entre Rick Rubin y el Profesor Bacterio, no sólo se limitó a confirmar su cruzada contra los peines y las maquinillas de afeitar de este mundo, sino que también decidió adueñarse de todos los focos y miradas. Y vaya si lo consiguió. Así, mientras se desgañitaba en la primera mitad de la canción y se dejaba llevar al final, al compás de los ritmos latinos que la culminan, dejó bien claro que no tenía mucha intención de atornillarse al pie del micro, sino demostrar que lo suyo es convertir el escenario en un ring y salir a matar, que su estirpe es la de los frontmans viscerales y adrenalínicos, los que roban planos, conciertos y corazones.

Isaiah Mitchell, virtuoso guitarrista de los psicodélicos Earthless, y que además se ha puesto a las órdenes de nuestro barbudo en Howlin Rain, no pudo hacerle sombra en cuestiones de frenesí escénico, pero su talento descerrajando riffs y solos es incontestable, y alternó momentos de gran rigor, acomodándose milimétricamente al repertorio de la banda, con lances más salvajes y delirantes, especialmente cuando acometía temas más primerizos del grupo. Pero fue su flamante The Russian Wilds, su obra más accesible y elogiada hasta la fecha, el que gozó de mayor protagonismo durante el show. De hecho, la traca inicial llevó su firma, con Self Made Man, Dark Side y Can’t Satisfy Me Now, además de la citada, y fue suficiente para desplegar el exuberante abanico de matices y registros que caracteriza a esta banda, que en cualquier momento elegido al azar de la actuación podía estar sonando como Allman Brothers o Led Zepppelin para cinco segundos después materializarse en cualquier icono soul de la Motown, o tal vez en un grupo psicodélico de los 60’s especialmente desmadrado y narcótico.

Lord Have Mercy, del también admirado Magnificent Fiend, su anterior LP, fue otro de los momentos más climáticos del concierto y que mayor sensación de complicidad provocó entre los fans. Se palpaba la excitación, el entusiasmo, alguno seguro que pensó que se encontraba ante el concierto del año. Entonces, cuando se llevaba poco más de una hora, cuando la gente estaba más enfebrecida, cuando aún quedaban muchas canciones en el tintero, cuando más engrasada parecía la maquinaria, y en una decisión que pareció disgutar a bastantes, y con razón, Miller y compañía se retiraron, las luces se encendieron y el huracán terminó. A veces es absurdo valorar la duración de determinados conciertos, y es preferible una inyección corta, precisa e intensa que un largo y discontinuo desvarío, pero sorprende que un grupo de las características de Howlin Rain, tan propensos a los desarrollos instrumentales, tan de distancias largas, ofrezcan metrajes tan escasos, más propios de cualquier grupo pop-punk intrascendente que de unos Allman Brothers o un Neil Young. Así, y pese a tratarse de un concierto muy estimable, la noche terminó como empezó: con la miel y la sal mezclándose en el paladar.

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