Horizontes nórdicos en el cubo de Rubik

RUBIK

Con la solemnidad de un trombón de varas, instrumento presente durante toda la actuación, salieron a escena los seis miembros de Rubik. Todos con camisa y muchos de ellos luciendo pantalones pitillo. Ahora ya no es cuestión de estética, sino de calidad musical: demostraron en la Moby Dick de Madrid que la formación finlandesa (no confundir con el grupo mexicano del mismo nombre, ni con los valencianos Rubick) brilla mucho más allá del clasicismo pop y acaba sentenciando con los ritmos más vanguardistas.

Hace cosa de un año, una pequeña y céntrica discoteca acogía el primer concierto de Rubik al que asistió el que escribe. A pesar del minúsculo escenario de la sala Nasti, el humo de los cigarros (en aquellos tiempos aún se podía fumar en los locales) y el agobio del calor que desprendían, iluminaron la noche. Un día después, también dentro de los conciertos del Primavera Club, llenaron la sala Galileo con un directo de silencios inexistentes.

Esta vez el aforo estaba entre medio y lleno en la Moby Dick, aunque ya había llegado la mayor parte de la gente para ver a Maud the Moth, que abrieron boca y dejaron buen sabor con un pequeño concierto. “En teoría os han tenido que dar un flyer a la entrada, somos Maud the Moth”, decía Amaya, la vocalista del grupo. Tras su directo, una breve pausa, un paseo de los componentes de Rubik por el escenario y enseguida los teníamos sobre las tablas. Con luces que fueron pasando del rojo al azul, el verde o el amarillo, y siempre en consonancia con las melodías de los finlandeses, sonaron casi todas las canciones de su último álbum: Solar. Ritmos frenéticos en temas intensos y lapidarios. Poco a poco hicieron aparición también las canciones de discos de estudio como el sublime Dada Bandits y temas, para algunos ya clásicos como Karhu Junassa o el pegadizo Richard Branson’s Crash Landing.

También hubo tiempo para que disfrutáramos de composiciones con sintetizadores y sección de vientos, una unión a la que Rubik parecen ser adictos. World around you, que abre Solar tras una pequeña intro, quiso consagrarse como himno: hubo coros de fondo por parte de los seis miembros e incluso palmas, otro ingrediente de los básicos en los directos de los finlandeses. Seis componentes que, por cierto, destacaron por la variedad de instrumentos que utilizan. A saber: batería y percusión, dos teclados, bajo, guitarra, panderetas y garra, mucha garra. Todos ellos tocados con una minuciosidad precisa por músicos como Samuli Pöyhönen, Sampsa Väätäinen, Jussi Hietala o Tuomas Eriksson. Los vientos que usan van desde la sofisticación del trombón o el saxo a la simplicidad de una flauta dulce en algunas de las canciones.

Y la voz, parte esencial de una banda multitudinaria en la que su cabeza más visible es Artturi Taira: rubio, como el resto de componentes de la formación, pero con un look que recuerda al de Axl Rose de Gun’s and Roses. Con el pelo entre ceja y ceja, el cantante se movía al compás de canciones que revelan la riqueza vocal de una banda trepidante que no duda en pasar del frenesí a los ritmos suaves en menos de diez segundos. Un grupo que combina la rotundidad de instrumentos distorsionados con composiciones cercanas al lo-fi o, ¿por qué no?, bailables (escuchen Wasteland).

Sonaron sentenciosos, nada amargos y no se permitieron descanso ni pausas entre tema y tema. Agradecidos, salieron para ofrecer un bis en el que percusión y batería pasaron a un primer plano. 75 minutos de efímera satisfacción y media sonrisa con canciones, en su mayor parte de trasfondo alegre, que acabaron tal y como vinieron, de una manera sutil, insinuada y sugerida, pero siempre con una frialdad calculadora.