David Bowie, el artista sin miedo

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En 1972 ya le cantaba sin miedo a la muerte. Lo hacía a pecho descubierto, versionando el clásico de Jacques Brel La Mort. “Mi muerte espera como un mendigo ciego” entonaba a solas con su guitarra, sin quitarse el maquillaje. Imposible no recordar el vídeo editado hace unos días en el que Bowie aparece cual Lázaro con los ojos vendados. Imposible no leer entre líneas cuando canta aquello de “mira aquí arriba, estoy en el cielo”. De entre todas las maneras que podría haber escogido para dejarnos, Bowie decidió hacerlo con el riesgo por delante. Conocido el desenlace, Blackstar suena a requiem, a enésima resurrección y muerte de un personaje que, ahora sí, ha escrito su último episodio.

David Bowie murió el pasado lunes víctima del cáncer, tres días después de cumplir 69 años y publicar su último trabajo discográfico. Un disco gestado con la enfermedad, que a pesar de todo evita caer en el derrotismo. Ese misma que parecía haber asomado en The Next Day, el disco de 2013 que devolvió al inglés a los titulares tras una década de silencio. No, Bowie no podía irse con un trabajo que se preguntaba en una de sus canciones “¿dónde estamos ahora?”. De algún modo Bowie siempre se las arregló para estar fuera de su tiempo. Cuando se empapó del ambiente berlinés a finales de los setenta apuntó lo que sería la enésima revolución del pop rebozada en sintetizadores. Cuando el rock se convertía en músculo y virtuosismo, él adoptaba su disfraz más andrógino sobre el escenario. Hasta aquella aventura frustrada en el seno de Tin Machine podría haber servido como preludio de la explosión grunge de comienzo de los noventa.

Al final cada uno guardamos nuestro pedazo de Bowie, una parte de ese rompecabezas camaleónico que tanto ponía de vuelta y media a los defensores de lo auténtico. “David Bowie es un genio o un simple imitador” rezaba uno de los luminosos incluídos en la exposición que le dedicó en 2014 el londinense Victoria & Albert Museum. Recordándonos que su arte siempre fue voluble, atento a las última tendencias, aunque nunca cayendo en la simple copia. Desde que apareciera como David Jones en el Swinging London de mediados de los setenta hasta su ascenso a estrella pop, primero como explorador espacial con Space Oddity, conectado con el folk costumbrista de las islas o la estética mod, el artista británico rebuscó en los cajones del crisol músical que le ofrecía la capital inglesa.

Lo terminaría encontrado en la moda glam y en aquel personaje, convertido hoy en mito, llamado Ziggy Stardust. De allí surgiría una amistad con gente como Lou Reed (al que produciría su alabado Transformer) o Iggy Pop y una adicción que engrandecía su leyenda de pertenecer a otro mundo. Por suerte, Bowie, lejos de aprovechar la ola, decidió mantener su rumbo errante. Discos soul, absorciones a base de sintetizadores y hasta un triunfo en el terreno de la música disco en los años ochenta le servirían para ganarse su fama de artista ecléctico. Obras alabadas hoy pero que, en su momento, parecían destinadas a firmar el suicidio artístico del compositor. De alguna manera el británico se las arregló para salir indemne, ayudado por un olfato que le permitía rastrear las últimas tendencias, adelantarse a modas que más tarde colonizaban el pop mainstream.

¿Su truco? Jugar siempre con varias barajas. Mezclar la rudeza de los ritmos sintetizados y la dulzura del soul, mostrar la baza de la ambigüedad sexual y salpicarlo de riffs gruesos, convertirse en icono visual, bailar y exhibir su perfil más misterioso, ocultar sus costuras y practicar el sano ejercicio de la ironía. Su producción, llena de aristas, tiene forma de casa de espejos. Su legado se refleja en todos los rincones del universo pop. The Cure, The Smiths, Madonna, Arcade Fire, LCD Soundsystem le deben todo. De ahí que, a su muerte, el grito haya sido unánime. Y ello a pesar haber abandonado desde 2004 la escena pública. Ya ven, en los tiempos de la fama efímera y los artistas incapaces de superar su debut, Bowie se las había ingeniado para permanecer en la memoría de la mayoría. Agazapado, esperando a firmar su última jugada. Lo logró. Murió, sin miedo, cantando “no tengo nada más que perder”.