Caperucita roja (Charles Perrault, Hermanos Grimm y Ludwig Tieck)

Editorial: Nórdica, 2011

Los cuentos de hadas son más que ciertos —
no porque nos digan que los dragones existen,
sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.

G. K. Chesterton

Érase una vez un cuento de hadas. En él había una niña y como en todo cuento de hadas que se precie, nuestra pequeña no tiene un nombre como tú o como yo. Se llamará Blancanieves, Cenicienta, Bella Durmiente o Rosaflor. Nunca María, Esther o Lucía. Quizás, como Caperucita Roja, ni siquiera tenga nombre. Una pieza de su vestuario define a la niña que Charles Perrault recuperó de la tradición oral en 1697.

La pequeña no tiene madre. O quizás la tenga pero muera al comienzo de la historia, porque las madres, que siempre son dulces y cariñosas con sus hijitas, deben fallecer para que ellas tomen el relevo. En este caso, la buena señora lanza la niña al mundo exterior y desaparece de la historia. Las madres de los cuentos son “demasiados buenas”, por eso tienden a la sobreprotección. Y bajo las faldas de mamá nuestra pequeña protagonista no podría lanzarse al camino que tiene marcado: el bosque lleno de peligros.

Por el camino, nuestra heroína soportará grandes injusticias y superará alguna prueba. Pero, por supuesto, la historia tendrá un final feliz. O no. El final de Caperucita Roja cambia según quien narra la historia. Al ser el cuento de hadas de transmisión oral que mejor ha sobrevivido al paso del tiempo, a lo largo de los siglos se han realizado múltiples versiones del mismo. La edición de Nórdica reúne las tres principales: Charles Perrault fue el primero en incluir en un volumen de cuentos la historia de Caperucita. Escribió una fábula moralizante con la intención de advertir a las señoritas de la corte sobre los peligros de ciertos hombres, disfrazados de lobos. En su versión, Caperucita es devorada sin que nadie la salve. En 1812 Jacob y Wilhelm Grimm retomaron el cuento y su versión, en la que hacen aparecer en el último momento a un heroico leñador que salva a la niña de las fauces de la bestia, es la más conocida hoy en día. Por último, el libro incluye la versión dramática y en verso que el escritor alemán Ludwig Tieck escribió en 1800.

Además, coincidiendo con el quinto aniversario del nacimiento de Nórdica, buena parte de los ilustradores que han colaborado con la editorial durante ese tiempo han recreado diferentes partes del cuento.

Pero se echan en falta una buena introducción en la edición de Nórdica. Un análisis de los símbolos ocultos tras una historia en apariencia tan sencilla. ¿Quién puede creer que el rojo de la capa sea inocente? Caperucita Roja tiene muchas lecturas, pero ante todo es un cuento que, de alguna manera, simboliza el paso de la niñez a la adolescencia. Ayuda a los niños a manejar impulsos, terrores y fantasías, además es fuente y reforzamiento de valores.

Caperucita tiene algo de nínfula, algo sutilmente atractivo que hizo que Charles Dickens, ya adulto, confesara que había sido su primer amor. Haga lo que haga esta pequeña lolita acabará en la cama del lobo, así que tiene dos posibilidades: resignarse a su condición de víctima (tema que Sade desarrolló en Justine o los infortunios de la virtud) o convertirse en dueña de su propio destino (en Julieta o la prosperidad del vicio).

Ambas versiones tienen su progenitura. Hijas de la primera son La Dama de las Camelias, de Dumas; la Marianela, de Galdós y La Pequeña Dorrit, de Dickens; de la segunda, la Nora, de La casa de las muñecas de Ibsen; la Lolita, de Nabokov y la niña de Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa. Caperucita es ambas cosas. Seductora seducida continúa recorriendo los bosques en los que lobos ingenuos creen todavía en la tan inocencia de las niñas.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS:  6/10