Band of Horses, la apuesta al caballo ganador

BAND OF HORSES

Knock Knock nos daba el aviso. El nuevo trabajo de estudio de Band Of Horses promete. Una brillante carta de presentación, con una más que procedente intensidad y garra, cargada de fuerza, de acordes marca de la casa que dejan siempre con ganas de más. Bridwell sabe cómo hacerlo. Con cada nuevo disco nos lo hace saber al resto de mortales. Tras Infinite Arms, disco de medios tiempos paisajísticos, regresan con Mirage Rock, que sin duda nos hará despertar del letargo en el que nos quedamos plácidamente hace dos años.

 

Todavía retumba en mi cabeza el eco de las primeras notas de The Funeral, aquella tarde en la que los descubrí. Durante esa actuación primigenia ante las cámaras de televisión el tiempo tuvo que detenerse, al menos unos segundos, ante la irrupción de la batería de Creighton Barrett. Y, probablemente, miles de corazones se encogieron, o incluso bombearon más de lo normal. En mayo de 2006, unos cuantos de Seattle estrenaban single, disco y actuación en el mítico show de Letterman, con Mat Brooke entre sus filas. Él y Ben Bridwell habían despertado a la bestia. Tras la disolución de su anterior banda, Carissa’s Wierd, crearon la suya propia, Band Of Horses. Nacía un grupo con identidad propia, para aquellos oídos finos acostumbrados al rock intenso y a la épica de calidad. Aunque editaron un EP anterior a su disco debut, pronto el sello Sub Pop se dio de bruces con ellos y les tendió la mano y extendió la alfombra roja. Phil Ek fue el encargado de producir Everything All The Time, trabajo para el que los elogios se quedan demasiado cortos.

 

The First Song, pista que abre el disco y que se llamó inicialmente The Snow Fall en el EP, resultaba ser una bocanada de aire fresco, como cuando abres la ventana de una habitación con el ambiente demasiado viciado. O como cuando emprendes un viaje y la carretera te regala los mejores paisajes, a sabiendas de que cada nueva visión será tan sobrecogedora como la anterior. Part One se convierte en la parada obligatoria para asimilar el camino, para dar gracias por seguir caminando, y para tomar fuerzas antes de la majestuosidad de The Great Salt Lake. Cualquier grupo que, inicialmente, me ofrezca semejante bofetada, tendrá derecho para navegar por mis arterias hasta que dejen de tener caudal”, me dije cuando pasaron esos casi 5 minutos y mis pies y mi conciencia volvieron a su sitio. Y Monsters, el preludio del fin, la que consiguió arrancar rabias y lágrimas, ganas de loop durante horas y de aplaudir hasta sangrar.

 

Un año más tarde, ya sin Mat Brooke, con su traslado a Carolina del Sur, en el siempre bendito otoño y cuando parecía realmente difícil superar su primer trabajo, se publica Cease To Begin. Is There A Ghost fue la primera canción que consiguió meter a la banda en listas estadounidenses y a sus incondicionales en el bolsillo, por si había quedado algún rezagado. El cambio de localización es visible y ligeramente evidente, y según declaraciones del grupo, es un disco más crudo e íntimo. La voz de Ben sigue tan sublime como siempre y las guitarras no pierden un ápice de intensidad. Sería como pasar de una estampa escarpada, rodeada de lagos y recovecos montañosos a dar con ese destino final, con un horizonte amplio de ocres y trigales, donde te espera el sosiego y la recompensa del largo viaje. Detlef Schrempf, No One’s Gonna Love You y Marry Song hacen balbucear un eterno “Sí, quiero”, con la piel de gallina y la voz tímida pero firme. Incluso me atrevería a decir que Window Blues es un cierre premonitorio, una pista a lo que vendría tras tres años de descanso. Un abrazo de escobillas, banjo y teclados suaves, que acarician tras la extenuación, y que devuelven con una sonrisa a una nueva pausa placentera.

 

Y creo que todo aquel que entendiera lo mismo, o llegase a alguna conclusión parecida, pudo entender íntegramente el tercer trabajo, Infinite Arms, ya dentro del sello Columbia Records. La crítica lo calificó como su trabajo más flojo, falto de personalidad. Casi tres años más tarde nos presentaron un álbum pausado, con Compliments como single. ¡Todavía recuerdo botar de la silla cuando la escuché por primera vez! Sonaba a genialidad, a madurez y a creer en lo que hacen. Y esa era la fórmula, habían dado con la clave para la solidez y la permanencia. Laredo, Factory y Dilly le siguieron como las escogidas. El aire sureño, tierra de Ben, que se respira en On My Way Back Home, Older o For Annabelle es difícilmente despreciable. Precisamente fue con esta última con la que abrieron aquella noche de martes, el 9 de febrero de 2011, en la Sala Apolo de Barcelona. “Nadie les hace sombra”, pensé al escucharles incluso cuando se olvidaron de la letra en una ocasión, en la que el público aprovechó para desgañitarse y aplaudirles, como si quisieran tirar la sala abajo. Genialidades de media tarde, íntimas y placenteras, como quitarse las botas llenas de barro al calor del hogar tras un día de trote y galope. Poco queda por decir que le haga justicia a Neighbor, la que bien podría considerarse guinda del delicioso pastel de arándanos, a la americana de la buena, el que se enfría en el quicio de la ventana del porche.

 

Una reverencia larga y merecida y una gratitud hasta quedarse afónico. Un nuevo clásico desde las primeras notas de guitarra que salieron de sus manos y de aquellas primeras letras desgarradoras, crudas y maravillosamente melancólicas. Este tropel de caballos consigue lo que pocos.

 

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  • zc

    Bravo