Azkena Rock Festival (I): ¡Abran paso a la juventud!

STATUS QUO

Que corren tiempos difíciles para los festivales (y para tantas otras cosas) parece una obviedad. También para el Azkena que, después de once años en Vitoria, sigue remando contra viento y marea para demostrar que todavía hay un público dispuesto a disfrutar con la vieja liturgia del rock. Y digo “vieja” porque, si por algo se caracteriza la cita vitoriana, es por saber recuperar con gusto rock’n’roll, country, folk y, en definitiva, todos aquellos ritmos que llegaron después de Elvis.

También el heavy-metal, al que este año los organizadores han querido tratar con especial mimo con la incursión de bandas como Black Sabbath, Black Label Society o Pentagram. Por desgracia, la cancelación de los primeros ha dejado un poco cojo un cartel que, por lo demás, sigue demostrando tener suficientemente recorrido como para seguir deparándonos alguna que otra sorpresa. Sobre todo en esos artistas de segunda fila que, costumbre en los festivales, siempre terminan provocándonos más alegrías que los artistas de renombre.

Ocurrió en la jornada de ayer en la que, mientras Status Quo llenaban el escenario principal con su medio siglo de rock, unos cientos de personas disfrutaban con la primera sorpresa del día: Graveyard. Los suecos de nombre de ultratumba han debido de aprender en los mejores bares el valor de un riff. Sobre todo de un buen riff de blues. Su música hiriente, rocosa, es puro hard-rock, sin embargo, parece que en algún momento de sus cortas vidas los cuatro miembros de esta formación decidieron recuperar el viejo espíritu de la Jimy Hendrix Experience y pasarlo por la trituradora del rock acelerado. Un cóctel perfectamente resumido en canciones como Uncomfortubly Numb, uno de los momentos más brillantes de un concierto que finalizó con el convencimiento de que allí había algo bueno. Muy bueno.

Un sentimiento similar al que dejó Israel Nash Gripka, otro de los “jovencitos” de la primera jornada, que tuvo que luchar contra unos Twisted Sister que a la misma hora protagonizaban el primer concierto multitudinario en el escenario principal. Gripka destila en sus dos discos un country-rock que le ha valido el calificativo de “nuevo Ryan Adams”. Sin embargo, en sus cincuenta minutos sobre las tablas pareció abdicar de su versión más cándida y folk y, guitarra eléctrica en mano, dio una buena lección de rock sin adjetivos. Quizás por ello su repertorio en el Azkena sonó algo romo y desdibujado. Ni rastro del espíritu campestre y montañero en canciones como Four Winds o Lousiana. Una renuncia que se ve premiada por su lado más crudo y efectivo, dejando que canciones como Goodbye Ghost o Fool’s Gold suenen a gloria. Israel Nash Gripka es un tipo con alma, sin duda.

Los que no necesitaron convencer al público fueron Status Quo, uno de los momentos señalados del jueves. Hay que reconocer que, a pesar de las canas y los achaques de la edad, el cuarteto ha sabido mantenerse intacto después de cincuenta años de carretera. Su fórmula, repetida durante decenas de discos, cuenta ya con un puñado de himnos que, quien más quien menos, ha coreado en alguna verbena de pueblo o discoteca venida a menos. In The Army, Whatever you want, Rockin’ All Over The World… Todos ellos cayeron en un repertorio más pensado en seguir demostrando que tienen cuerda para rato que en sumar público. Ni falta que les hace. Como tampoco les hacía falta ese despliegue de solos de batería y guitarra tan pasados de moda a estas alturas.

Una lucha similar mantuvieron Pentagram a última hora de la noche. Su concierto, centrado en sus dos primeras referencias, gustó a los amantes del heavy-rock más añejo. Y sirvió para demostrar que su lider, Bobby Liebling sigue estando como una regadera a pesar de aparentar haber superado la edad de jubilación hace tiempo. Fue él el que dio el toque freak en un concierto que empezó dubitativo y terminó con nota gracias a un guitarrista capaz de tapar los errores de un batería soso y poco ágil.

Por suerte Dropkick Murphys eran los siguientes en la lista. Fueron ellos los encargados de cerrar la jornada, una verdadero tanto a favor de la organización. Como acertado fue el día en el que esta formación decidió que quería convertirse en una banda de punk-rock que parece abrir cada noche su propio pub irlandés. Con ellos todos los días parecen San Patricio y eso que no son irlandeses. Cierto es que la banda, de nueve miembros, aprovecha que cuenta con elementos como una gaita o un banjo para mostrar un lado folk que se disipa al instante. Lo suyo es puro rock jubiloso, con entrega y con la suficiente dosis de festividad como para arrancar los últimos bailes a un público que, a esas alturas, parecía desfallecer. O al menos lo parecía porque, en cuanto finalizó el concierto y comenzaron a sonar las primeras notas de Lucille de Little Richard por los altavoces, la fiesta volvió a recobrar el pulso. Y el baile, que duró hasta el amanecer. O al menos eso cuentan los que aguantaron.