WEYES BLOOD – FRONT ROW SEAT TO EARTH

WEYES BLOOD - FRONT ROW SEAT TO EARTH

Nuestra puntuación

8

Aunque lleva trabajando casi diez años bajo distintos pseudónimos (Weyes Blood, Weyes Bluhd), Natalie Mering no apareció en el radar de la prensa hasta su trabajo de 2014, The Innocents. Suponemos que esta detección repentina tuvo que ver con la colaboración que realizó con Ariel Pink en su Mature Themes, pero la chica ya venía avisando desde sus inicios. Originaria de California y de padres músicos, Mering nos trae en Front Row Seat To Earth una colección de baladas de lo más hermosas y clásicas, pero enrarecidas por un halo de escepticismo y letras tristes.

En su nuevo largo, la cantante norteamericana lleva al extremo de la credibilidad el revival y lo vintage, acercándose a los discos de Fleetwood Mac o cantantes clásicos del viejo continente. Su concepto es claro, crear canciones folk/pop emotivas y lentas pero para las nuevas generaciones. Mering escribe al fin de los tiempos, escribe a la juventud perdida en la era digital, y a la absoluta indiferencia que esta tiene ante las evidentes señales que nos lanza el planeta. A caballo entre la canción protesta y Lana del Rey, los cortes de Front Row Seat To Earth se suceden entre la decadencia, la sensibilidad y la exquisitez (la producción es excelsa). En el disco hay además espacio constante para el sarcasmo, el humor y la jocosidad. Ya que Natalie sabe (y quiere) que su música es intrascendente, se toma tan a broma lo que cuenta y a sus oyentes como ellos puedan tomársela a ella; si no vean la portada.

La pieza central, céntrica y omnipresente (se le queda a uno grabada durante toda la escucha) es Generation Why. Este corte, que debería ser el nuevo himno y estandarte de todos los millenials –de verdad, es redondo- es tan tierno, bello e inteligente que contagia a uno de su sentido trascendental y le hace querer cantar por vez primera las siglas Y-O-L-O (con cierta ironía, eso sí). Esta canción es también en la que más evidentes se hacen los coros electrizados, que se levantan como una capa sintetizada tras la voz de Mering. Además su outro en forma de crescendo le cava a uno en lo más hondo, dejando una sensación entre la paz de la aceptación del destino y la inquietud de lo inescrutable. Sobre esta piedra angular se apoyan otros pocos cortes, que a pesar de no alcanzar su conmovedor nivel, logran convertirse en indispensables durante el álbum. Diary, la obertura, es una de ellas, junto con el tercer corte; Be Free y su letra, que sobre una guitarra country pone también en duda algunos condicionamientos sociales con respecto a los sentimientos. A ellas se une la melodramática Seven Words, que fue también single y que se ayuda de un gran gancho con una melodía de sintetizadores limpios y bajo… Recordando fuertemente a la psicodelia más melosa y pausada de principios de los setenta.

En estas ocho canciones (el cierre es instrumental), Weyes Blood plantea un nuevo tipo de balada, una que no orienta su nostalgia hacia un amor, sino hacia el mundo que dejará de ser. Con una sencillez pasmosa en unas letras directas, mondas y lirondas, la cantante nos narra con su sensacional voz el fin del mundo y lo impasible de unos habitantes que prefieren compartir un vídeo de cómo se descongela el ártico, antes que dejar de usar su coche y de derrochar recursos. Dejando así de retratada la sociedad, sobre unos cimientos de algo hecho mil y una veces Natalie Mering lanza uno de los discos más interesantes de lo que va de 2016 a nivel lírico. Al igual que otros como el de ANOHNI (aunque con la fórmula de la producción invertida), obtenemos otro gran álbum de denuncia social, que sin embargo, en este caso ya se sabe derrotado antes de empezar siquiera a sonar.