VIENTO SMITH – VIENTO SMITH

Viento Smith es el nombre del proyecto formado por los músicos Ricardo Lezón de McEnroe y David Cordero de Úrsula junto con Raúl Pérez de The Baltic Sea y Nacho García de Marina Gallardo. Una conjunción que ha dado lugar a uno de los discos más delicados de este año, titulado de la misma manera casi a modo de justificación, de objetivo, de proyecto en sí mismo.

Un álbum formado por seis temas, que realmente no necesita más para transmitir todo lo que pretende contarnos. Una pequeña descripción narrativa y poética de un final, un empaquetamiento de recuerdos, un desahogo. Una excusa para dar el carpetazo final y cerrar la puerta sin antes sacar todo aquello que había dentro, no sea que quede atrapado en un amargo olvido. Todo ello desde la perspectiva que proporciona la distancia y la memoria, casi onírica. Para ello, la estructura instrumental se pone plenamente a su servicio en forma de acompañamiento ambiental con ambición etérea.

Seis canciones que siguen un esquema muy similar, lo cual supone un riesgo, el de conferir cierta monotonía al conjunto. De todos modos, su brevedad y emotividad salvan el mobiliario y hacen que finalmente no sea así. Un esquema formado por un inicio suave, como la guitarra de Soplar la herida y El horizonte o acompañada a los teclados en En aquel tren, que va tomando intensidad hasta estallar de manera sutil en las guitarras y la batería de Donde los aviones, el piano de Soplar la herida o el bajo de Tú, Stendhal y yo.

Inicios suaves y desarrollos de desahogo que no hacen más que rubricar las secuencias que describen cada una de las canciones. Porque lo más importante en esta colección de temas es, sin lugar a dudas, la poesía de sus letras. Letras que adornan la dureza de aquello que explican, de ese fin que empieza en “aquella tarde de abril” en la que “llovía sin parar” que nos relata la inicial Donde los aviones, que estalla en un demoledor “Tan sólo con mirarnos todo comenzó a arder, como sólo arde el carbón, aunque no deje de llover, así arde un corazón cuando se empieza a romper”.

Un fin que se nutre de los mejores recuerdos para dar lugar a una de las canciones que mejor describen un momento íntimo, esa En aquel tren con la que se presentaron. Con toda la ternura y delicadeza del mundo, sincronizado a la perfección el relato con la música, ese agradable despertar relatado con frases tan bonitas como “Envuelto en tu aliento al respirar, quitarte el sudor, beberme la sal” resulta finalmente el tema fundamental del disco, el que lo justifica por completo. Una canción maravillosa, evocadora y adictiva, candidata a ser una de las canciones de este año.

Al aparecer en segundo lugar puede que deje en un segundo plano todo el resto. Cierto es que melódicamente las siguientes resultan un tanto monótonas y no tan inmediatas como las dos primeras. Pero, afortunadamente, no llegamos a perder el interés en seguir escuchando lo que nos quiere transmitir y consigue que nos calen frases como “A pesar de todo el daño prefiero hundirme brillante que simplemente flotar” de Soplar la herida o “Lágrimas que ahora son la última risa del amor” de Tú, Stendhal y yo, o que sintamos hasta el tuétano ese último viaje que “Avanza por la carretera en ruinas” que relata El horizonte.

Porque vale la pena esperar para desembocar en la final Sólo nos queda el viento, la canción más sencilla del disco. Un tema basado en la repetición de la lapidaria “Si persigues tanto al viento, el viento serás tú, cuando intenten alcanzarte, nadie podrá” casi a modo de moraleja, de tono íntimo y melodía desnuda, acompañada por esa instrumentación suave que empapa todo el álbum y que consigue darle un matiz diferente a cada repetición, a cada vez que se escribe la frase, como si lo fuera asimilando poco hasta que finalmente estallan los instrumentos, las manos se han soltado para siempre y las lágrimas finalmente aparecen.

En resumen, un álbum que nos hace viajar a lo largo de una simple historia acompañada de guitarras y baterías suaves pero desgarradoras, pianos a modo de lágrima y teclados que evocan recuerdo. Una instrumentación casi en llanto, tan delicada como las letras y puramente ambiental, con vocación de mecer y culminar las melodías sin romper el tono melancólico y íntimo que tiñe todo el disco.

Un disco para escuchar con los ojos cerrados y sin perder ni un solo detalle. Especialmente de sus letras, porque en alguna de ellas nos podemos haber visto reflejados en algún momento de nuestras vidas. Porque con ellas podemos desahogarnos a la vez que canta Ricardo con su particular e inconfundible voz y dicción, no reprimir las lágrimas que nos vengan, dejarnos llevar por su emotividad y hacernos propias nuestras frases favoritas. Porque aunque aquí se hayan resaltado algunas, posiblemente cada uno de nosotros tenga sus predilectas y no todos coincidamos. He aquí su grandeza y su alcance universal, su poder de conectar con cada uno de nosotros de manera distinta, de tocarnos diferentes fibras. Porque a veces sienta bien abrir por un momento el corazón y dejar que las emociones se recreen un rato y encuentren su cura entre suaves versos y melodías.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10

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