TWO GALLANTS – THE BLOOM AND THE BLIGHT

Transcurría 2006, y un dúo de veinteañeros californianos de estampa hostil y gesto adusto, Adam Stephens y Tyson Vogel, se ubicaron en el mapa con un puñetazo en la mesa en toda regla llamado What The Toll Tells. Dos años antes se estrenaron con The Throes, estimable disco con alguna canción que ya olía a inmortalidad, como la sobrecogedora Crow Jane, pero en su segundo aldabonazo dieron un paso más y se convirtieron con todo merecimiento en uno de los grupos revelaciones de la época. Su combinación de folk y punk, el tono sangrante de sus composiciones, el talante tan maravillosamente intenso de sus interpretaciones y el profundo calado emocional de su propuesta vinieron muy bien a una escena que, salvo honrosas excepciones, ofrecía síntomas de reiteración y decadencia, de inquietante pulcritud, de flácido piloto automático. Un año después, en 2007, lejos de estancarse, Two Gallants siguieron a lo suyo, subiendo peldaños y rompiéndose el alma con su música, y de grata sorpresa se convirtieron, directamente, en una de las mejores bandas del mundo. Sus incascendentes conciertos en España, su elegantísimo EP (The Scenery Of Farewell) y, por encima de todo, esa incontestable obra maestra de la década pasada que atiende al nombre de Two Gallants confirmaban el absoluto estado de gracia de los de San Francisco. Tras unos años de cierta dispersión, marcados por los proyectos paralelos, en 2011 volvieron a los escenarios españoles. Su puesta en escena seguía siendo férrea y contundente, pero tal vez algo suavizada, con menos violencia y pasión. Surgieron dudas, nada preocupantes, pero sí razonables. Cabían dos explicaciones, una más indulgente que lo achacara al periodo de inactividad, otra más suspicaz a una inquietante distensión en la pareja que podría afectar negativamente a sus siguientes maniobras. Pero la siguiente maniobra no ha tardado en llegar, sólo un año después, se llama The Bloom And The Blight, y no sólo nos devuelve a Vogel y Stephens inalterables, con su identidad intacta y reconocible, sino que se trata de la obra más desgarrada y colérica de su discografía. Esto es, no es un disco que tape bocas, sino que las rompe en mil pedazos.

Halcyon Days, canción que abre el disco, ya se basta y se sobra para mostrar los derroteros a seguir, disipar sospechas y recuperar el cuchillo. Las melodías angustiadas que distinguen al grupo están ahí, el aire folk y el nervio punk continúan cortejándose y compartiendo cama y trincheras, pero a todo ello hay que sumar ahora una avalancha de distorsión y de desbocada electricidad prácticamente insólitas hasta la fecha. Two Gallants abiertos en canal, pisando el acelerador hasta reventarlo, anunciando el fin del mundo. Pocas veces han sonado tan al límite, con tanta desesperación. Song Of Songs, algo menos impactante, continúa la recrudecida tónica. Es entonces cuando el disco se consagra como uno de los álbumes del año con una canción de altos vuelos, de las que marcan diferencias, de las que se te cosen al corazón: My Love Won’t Wait, salvaje, hipnótica. Broken Eyes, una sosegada letanía, abre un pequeño remanso de paz y, pese a que es más que correcta, anticipa uno de los escasos puntos flacos del disco, que no es otro que Two Gallants no están tan inspirados como en su anterior obra apelando a la intimidad y las sutilezas. Otra cosa es la invocación de tempestades, como la de Ride Away, una canción que no hubiera desentonado en proezas del grunge más visceral como Versus (Pearl Jam) o In Utero (Nirvana). La segunda cara es algo menos explosiva, ligeramente más atemperada, y es ahí donde se ven ciertas costuras al disco, y donde pese a lo admirable de la actitud y de las agallas en estos tiempos tan desnatados e higiénicos, The Bloom And The Blight no logra igualar la excelencia de su álbum homónimo. Pese a todo, es cerca de la recta final donde Tyson y Vogel deslizan otra de las piezas cumbre del álbum, Winter’s Youth, una exquisitez que equilibra ambas facetas, la más iracunda y la más reposada y sugerente. Una canción muy emocionante, muy sentida, donde Stephens parece encontrarse a punto de romper a llorar. Como debería estarlo cualquier seguidor de la música más punzante y cargada de entrañas que continúe ignorando a este necesario y admirable grupo.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7,5/10

  • La crónica me parece bastante acertada, tampoco puedo ser yo muy imparcial ya qué soy fan (le hubiera puesto un diez al disco, este se ha convertido en mi preferido junto a “What The Toll Tells”), pero, de todos modos, quería hacer una mención a la que para mí es una de las mejores pistas del disco, al principio me pasó desapercibida, pero luego se me quedó grabada a fuego, se trata de “Cradle Pyre”, no sé que tiene, pero realmente me hipnotiza, la escucho la escucho y me parece que es uno de esos temas en los que este grupo se saca el sentimiento de las entrañas y te lo sirve de forma cruda, desnuda, realmente me produce escalofríos.