TWEEDY – SUKIERAE

Cuando uno goza de un status incontestable en el mundo del rock –¿hay alguien por ahí con los galones que atesora Jeff Tweedy?- puede romper moldes (Yankee Hotel Foxtrot); meterse en camisas de once varas (la serie Mermaid Avenue junto a Billy Bragg); puede mezclar churras con merinas (resucitar la carrera de la artista gospel Mavis Staples); puede liarla parda (A ghost is Born); puede confundir con éxito gimnasia y magnesia (los dos discos firmados como Loose Fur junto a Jim O’Rourke y Glenn Kotche); y hasta montar un dúo con su hijo postadolescente (este Sukierae que nos ocupa lo firma junto a su hijo mayor Spencer, un buen batería con apenas 18 años). Y, lo mejor del caso, es que, pirueta tras pirueta, Tweedy acostumbra a salir (casi) siempre airoso.

El seguidor fiel –pocos neófitos del universo Tweedy serán capaces de hincarle el diente- puede tomarse este ¿experimento? como un aperitivo entre álbumes de Wilco, la nave nodriza que ha diseminado en 20 años de trayectoria un nuevo concepto del rock desde la tradición folk americana con parada en las estaciones ‘alt-country’ e ‘indie’ para cambiar de vías y cuajar en el ‘mainstream’. Pero es mucho más. Los que rastreen a fondo recibirán como premio gordo volver a saborear el ‘peligro’ de un autor ya maduro y –sí- algo domesticado por su propia patente musical y el previsible amaneramiento constatable en su repertorio del último lustro. Sin el corsé de los finos estilistas que tiene alistados para su megabanda, nos reencontramos con el Tweedy más desconcertante: capaz de lograr baladas de mecedora y lumbre, chispazos glam a golpe de riff, arrimarse a John Lennon (una vez más), reeditar aquellas hazañas mayores conseguidas junto a Jim O’Rourke en la bisagra del final de siglo pasado o conseguir una cocción perfecta de ese pseudo krautrock sui generis marca de la casa y que ha devenido el repertorio favorito de sus fans, las mejores perlas de sus últimos álbumes.

Hay cierto desaliño en el conjunto porque es un álbum con veinte canciones –dos discos, de hecho- que dispara a todo lo que se mueve y que atrapa tras sucesivas escuchas –algo que ya no estamos muy dispuestos a hacer los melómanos del presente, ahogados en los procelosos mares digitales de las novedades constantes-. El segundo disco parece aclarar más los conceptos y se suceden las canciones inconfundibles del artista de Illinois como la terna formada por las bellísimas Desert Bell, Summer Noon y Honey Combed. Las guitarras también crepitan sin necesidad de paroxismos ni aceleraciones en piezas magistrales como New Moon – Pink Floyd flirteando con el country-, High as Hello – Loose Fur revisitados- o aparece un Tweedy casi espectral –seguramente lo más novedoso del disco- en Where my Love o Hazel. Y, cómo no, tenemos al Tweedy del Wilco más –ejem- canónico (Low Key o I’ll Sing It).

Sin caer en precipitaciones, se puede juzgar que el poso que deja Sukierae es mucho más fértil y duradero que los últimos discos de Wilco. Seguramente porque padre e hijo practican un cierto striptease emocional al centrar el álbum en la esposa y madre de ambos, Sue Miller, la que cariñosamente denominan Sukierae y que ha pasado el trance de esa enfermedad maldita y cabrona llamada cáncer. Tras el diamante publicado hace unos meses por los canadienses Timber Timbre llamado Hot Dreams, este disco de Tweedy es de lo mejorcito que está dejando el año 14.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8,5/10

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