SUFJAN STEVENS – THE AGE OF ADZ

SUFJAN STEVENS - THE AGE OF ADZCalificar el ego inquieto de Sufjan Stevens como parte del llamado indie-folk parece haberse quedado obsoleto a estas alturas de la historia. Lo cierto es que no es algo que nos pille de sorpresa. El de Detroit ya nos había enseñado su capacidad para crear obras conceptuales y sinfónicas cuando decidió acometer su ambicioso proyecto de crear un disco por cada uno de los estados de la geografía norteamericana. Sin embargo, una vez pasado el estupor por tal titánica tarea, el resultado se quedó en dos entregas -más un bis- y la declaración del propio Stevens, entre la ironía y la incredulidad, de haber alimentado uno de esos mitos de la música de los últimos años.

Aparcado el proyecto, al menos de momento, el músico parece seguir apostando por el sinfonismo en sus composiciones. Al menos esa es la primera impresión que nos deja este The Age of Adz. Sin embargo, apenas pasados los dos minutos iniciales, Sufjan comienza con las hostilidades contra el espectador en forma de bombardeo electrónico. Y digo espectador, porque lo que nos presenta en esta ocasión el de Detroit es una música teatral, una imaginaria banda sonora de una ópera apocalíptica salpicada de beats electrónicos, coros, fanfarrias y hasta de una orquesta al completo.

Repito. Quien quiera recuperar el Sufjan Stevens más folk, ese que se conformaba con acompañar su voz con un banjo o una guitarra acústica, que recupere discos como Seven Swans o Greetings from Michigan -ambos editados en el año 2004-. En este The Age of Adz la voz de Sufjan queda literalmente aplastada por una producción fastuosa, rítmica, operística hasta el extremo. Apenas quedan momentos de tranquilidad para el oyente, exceptuando temas como Now That I’m Older o Vesuvius. Junto a estos, composiciones como I Want to be Well o Impossible Soul -que cierra el disco con sus inabarcables 25 minutos- se encuentran entre lo más destacado del disco, aunque adentrarse a subrayar algo de entre los setenta y cinco minutos de excesos musicales resulte una tarea casi de encaje.

Finalizada la escucha nos queda la sensación de que quizás el exceso de envoltorio termine por distraer al oyente, incapaz de hacerse cargo del disco, de hincarle el diente, de cogerle el gusto. Resulta fascinante ver como Stevens decide asomarse al abismo de su propia música, a un lugar de no retorno que algunos calificarán como un suicidio artístico y otros como la obra maestra de un loco. Un servidor no se encuentra ni a un lado ni al otro. Consciente de la nueva tarea titánica ante la que nos sitúa el músico de Detroit, sigue dándole vueltas y vueltas al disco, como intentando buscarle un sentido, algo a lo que aferrarse. Y sin embargo, parece que es el propio músico el que quiere que no tengamos ningún lugar al que agarrarnos, el que no tiene miedo a arriesgarse en su huida del territorio folk. Cada vez se hace más difícil seguir la pista de tipos como Sufjan Stevens.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7.5/10