ST. VINCENT – STRANGE MERCY

ST. VINCENT - STRANGE MERCYEl tercer disco que Annie Clark (ex de Polyphonic Spree) trae bajo el brazo parece haber convencido a una parte de la crítica que no acababa de rendirse a sus encantos. Aunque con matices. Cantautora pseudomainstream para algunos, artista experimental con hits potenciales para otros, St Vincent es difícil de colocar en cualquier moda o corriente actual. Entre dos aguas y sin posibilidad de etiquetar, su propuesta dista mucho de seguir un modelo por el cual discurren las canciones. En su forma de entender el pop (arty o post-pop) hay de todo lo necesario para atraer y repeler a partes iguales, con un sonido que posee un extraño encanto y en el que a ratos aparecen melodías a las que les cuesta entrar de primeras pero que con el tiempo llegan a hipnotizar.

 

Dicho esto, cuesta decidir si en este tercer disco la texana ha conseguido su propósito al cien por cien pues en la primera mitad se encuentra el grupo de las mejores canciones, bajando poco a poco el nivel general a partir de la mitad con temas menos logrados, siempre haciendo gala de una producción pretendidamente feísta que en ocasiones roza la saturación. Porque abrumadora es la instrumentación de Surgeon y de la inicial – y tremenda- Chloe in the afternoon, si bien la certera Cruel, punta de lanza (y single irrefutable) del álbum y canción más melódica del disco, le da el plus que necesita para que el oyente se aferre a él y siga con el repeat activado.

 

Como una Tori Amos pasada de vueltas o una Liz Fraser sin falsete, por citar referentes clásicos, hay veces que recuerda a Kate Bush (Northern Lights) por el barroquismo del sonido y esa tesitura de voz que despierta sensaciones encontradas. Entre el repelús y la atracción, la mayoría de los cortes de este disco nunca son lo que parecen cuando empiezan a sonar. Los arreglos que Annie Clark introduce con acierto en algunas canciones para dotarlas de empaque (Cheerleader triunfa en su saturación), en otras se las carga literalmente (Neutered Fruit empieza con una sonrisa y al minuto deseas que se acabe). Acierta en la atmosférica Champagne Year con ese inicio que fusila el principio de Take This Waltz de Leonard Cohen para convertirse en una plegaria en la que los elementos se van acumulando (ruiditos, ecos, sonidos lejanos) mientras Clark canta “este no es un plan perfecto pero es el único que tenemos”, como diciendo “esta es mi música, no es perfecta, pero es la que me sale”.

 

Cierra el disco la fantástica Year Of The Tiger, corte de lo más melódico en un disco rácano en píldoras digeribles, capaz de derretir la coraza con la que nos hemos protegido de sus experimentos anteriores, de piezas que completan un puzzle sonoro que, dadas unas cuantas vueltas, se disfruta como lo que es, un álbum en el que los arreglos ayudan a que estemos hablando de uno de los trabajos más originales en lo que va del año, inclasificable y capaz de dejar huella en el oyente. Merece la pena bucear por él y descubrir las caras de un disco que reparte guantazos y caricias con la misma intensidad.

 

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 7/10

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