RYAN ADAMS – RYAN ADAMS

A Ryan Adams le hemos conocido angustiado (Love Is Hell) y con ganas de marcha (Rock n Roll), tocado por esa magia que sólo unos pocos poseen (Cold Roses) o perdiendo el norte (Orion). Sin embargo, hasta la fecha, esa personalidad incontinente, de talento volcánico, no nos había obsequiado con un momento de estabilidad y sosiego. Es lo que tiene andar siempre a expensas de las siempre escurridizas musas. La cosa cambió hace tres años con el sobrio Ashes & Fire, tratado de folk aseado en el que un Adams, hogareño, tranquilo, equilibrado, encontraba por fin la paz que llevaba casi una década buscando. El disco, de sonido redondo, sin apenas aristas, parecía anunciar una tregua duradera en la vida del antaño rebelde músico. Tanto que Adams, reticente a pisar un escenario desde la disolución de los Cardinals, incluso se atrevió a protagonizar una pequeña gira a solas con su guitarra.

A pesar de todo, Adams nunca fue un artista destinado a permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Los tres años transcurridos desde su última entrega discográfica pueden llevar a engaño. En su nuevo disco, de título homónimo, el de Carolina del Norte abandona el sonido de factura perfecta y melodía dulce de Ashes & Fire y afila su guitarra eléctrica. La tentación de volver a la fórmula del folk dulce estaba ahí, claro. De hecho, el propio autor asegura que tenía lista una colección situada en coordenadas similares a Ashes & Fire. Sin embargo, aconsejado por ese espíritu indomable a lo Neil Young, decidió aparcar aquella canciones, consciente de que el momento había pasado.

No esperen, pues, a un compositor pulido y brillante. Lo que en Ashes & Fire era familiaridad y cobijo contra la tormenta, en Ryan Adams se convierte en extrañeza, búsqueda de un lugar al que agarrarse. ‘I’ve got nothing left to say‘ asegura en la inicial Gimme Something Good. Apunto de alcanzar los cuarenta, el compositor parece haber llegado a la conclusión de que sus fronteras creativas están ya completamente perfiladas. Ya no se trata de descolocar a sus seguidores o de lidiar con unas discográficas incapaces de encauzar el talento irrefrenable de Adams. Más bien de seguir contando pequeñas historias que, si bien, nunca ensombrecerán el repertorio clásico del artista, servirán para seguir añadiendo piezas a un cancionero sin adversarios en lo que llevamos de siglo.

Sin ir más lejos, Adams editó hace unas semanas 1984, un EP de factura afilada en que el que da rienda suelta a su amor por las guitarras distorsionadas y las melodías pesadas. Puede que el disco, de apenas quince minutos de duración, no sea más que una anécdota en una discografía con referencias para enmarcar, sin embargo muestra a las claras la intención por parte de Adams de seguir manteniéndose en el alambre. 1984 suena juvenil, urgente, como si el norteamericano hubiera vuelto a sus quince.

Por contra, Ryan Adams muestra a un compositor lidiando con sus demonios interiores, angustiado por una enfermedad, la de Ménière, que le tuvo casi dos años apartado de la música y que sigue marcando su día a día. De ahí la sobriedad del discurso, ese rock sin brillo, herencia de Tom Petty y sus Heartbreakers (el propio Benmont Tench vuelve a poner su teclado en este disco), pero también del Springsteen de Tunnel Of Love o del pop de The Smiths. Basta leer en la carátula títulos como Trouble, Shadows o Am I Safe? para percatarse.

A pesar de todo, Adams se las arregla para volver a esculpir esos estribillos redondos, que demuestran que, aunque nunca fue muy amigo de los experimentos compositivos, sigue siendo el mejor cuando se trata de reflotar los estándares del folk-rock. My Wrecking Ball, con esa imagen tan springstiniana, podría haber salido de un descarte de Ashes & Fire. También Let Go, que cierra el disco con un Adams en paz, consciente de que sólo el tiempo cura las cicatrices. Más encendida suena Feels Like Fire, con el artista interpelando directamente al oyente, buscando una mano al otro lado del muro. El fuego, a raya durante buena parte del disco, termina por prender en I Just Might (cruda y envenenada) y Kim (de origen acústico aunque con vocación eléctrica), dos cortes arrastrados por esa guitarra triste y oxidada que impregna toda la colección.

No, no es este un disco para quedarse a vivir. Ni siquiera para acompañar un largo viaje. La felicidad, omnipresente en Ashes & Fire, no es más que un anhelo aquí. Una esperanza que se pierde entre acordes a medios gas y una voz que implora. Sin embargo, se agradece que Adams haya firmado una obra como esta. Sin el brillo de anteriores discos, pero con la honestidad suficiente como para seguir sumando atributos a su carta de presentación.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10