MISHIMA – L’ÀNSIA QUE CURA

La trayectoria musical de Mishima estos últimos años parece imparable. Superándose a ellos mismos en cada disco, David Carabén y los suyos han conseguido definir una personalidad propia cosechando cada vez un éxito mayor que no les ha hecho perder el norte ni perder su esencia. Algo difícil de conseguir pero que siempre nos hace cuestionarnos si serán capaces de mantener el nivel. La publicación de un nuevo trabajo, tras el exitoso y aclamado L’amor feliç de hace dos años, suponía casi una prueba de fuego y un reto cada vez más difícil.

Llegó el disco el pasado marzo y la buena noticia que nos dieron con él es que no han defraudado. Aunque a primera escucha puede que nos deje un tanto indiferentes, medio confusos y con una cierta sensación de que ya lo hemos escuchado todo antes, merece una segunda y una tercera oportunidad porque cuando menos nos lo esperemos estaremos deseando volver a escucharlo. Porque han conseguido volver a hacer lo mismo que llevan haciendo desde siempre. Utilizar otra vez sus mejores elementos musicales, no hacer nada demasiado diferente, rozar el dejà vu pero finalmente sortearlo con una frescura reconciliadora.

Elementos como el ritmo juguetón y casi equino que nutre los tres primeros temas, La brisa, Mai més i El corredor. Los dos primeros, de un positivismo motivador e irresistible gracias a sus letras, sus alegres punteos de guitarra y sus coros, poperos “pa-pás” en la primera o épicos “uh-uhs” en forma de estribillo en la segunda que logran un mismo efecto revitalizador. “La brisa que t’encisa i eleva fins perdre el contacte amb tu mateix” (“La brisa que te hechiza y eleva hasta perder el contacto contigo mismo”) de la letra de la primera como reflejo de lo que se desprende tanto de esos temas como de la mayoría de sus acompañantes.

Todo ello desembocando en una El corredor que resultará especial para todos los que les han ido siguiendo estos años, por esa bonita manera de describir sus sensaciones en gira y las menciones a algunas de las canciones que se han escuchado en directo. Un tema en cuyo estribillo por fin aparecen uno de los secundarios imprescindibles que componen este disco: los arreglos instrumentales de cuerda o viento.

El ritmo reposa ligeramente en una El paradís en la que los vientos aportan un plus de luminosidad a un estribillo casi íntimo. Un precioso descanso para encarar uno de los singles de adelanto, Mentre floreixen les flors, una canción cien por cien Mishima, luminosa y ciertamente adictiva, que deja su lugar a uno de los mejores temas del disco, La teva buidor. Con frases como “La teva buidor mutant mostrant-me infinites versions del no res” (“Tu vacío mutante mostrándome infinitas versiones de la nada”) o “Mira el no res com gira, mira el no res com vola” (“Mira la nada como gira, mira la nada como vuela”) que esconden una cierta amargura y finalmente descansan en un estribillo instrumental acompañado de trompetas intenso, obstinado y liberador.

Es a partir de aquí cuando, por un momento, el disco toma un cariz más tranquilo, casi a modo de interludio. El ritmo para y se sosiega apareciendo los Mishima más íntimos, que aunque no son los más efectivos y parecen empezar a hacer flojear el álbum, consiguen salvar una canción como Ja no tanca els ulls con bonitos arreglos de cuerda y, sobretodo, acelerando la instrumentación de cara al final.

Vale la pena continuar escuchándolo sólo por encontrarse con las tres canciones finales. Els vells hippies, otra de las más brillantes, con un inspiradísimo y efectivo contraste entre la dulzura de una melodía casi inocente, la sencillez y el intimismo del piano y los violines que la acompañan con la acidez y la sátira de su letra, animándose el conjunto de cara al final dándole un bonito toque desenfadado. Sin olvidar dejar pasar Llepar-te para escuchar cómo decir “te quiero” y celebrar un enamoramiento de manera tan bonita sin derramar el azucarero, diciendo algo como “No hi ha res millor que tocar-te i que siguis meva per una estona” (“No hay nada mejor que tocarte y que seas mía por un momento”) bien alto, que quede claro. Y si además ello viene de la mano de un piano y una trompeta juguetones y divertidos la sensación de plenitud y alegría es máxima. Casi una canción anti-depresiva.

Es entonces el momento de acabar el disco con un final de altura, rítmico pero tranquilo, con L’element del paisatge. Una preciosa manera de recapitular, rubricada por otra variación de los violines y pianos que han ido apareciendo a lo largo del disco a modo de emotiva despedida.

En un contexto en el que la popularidad entra directamente en conflicto con una correcta evolución y calidad musical, Mishima consiguen el enorme logro de ir en contra de esa tendencia sumando otro notable disco a su colección. Quizás no el mejor, pero sí a la altura de las expectativas. Un álbum con gran riqueza instrumental y rítmica, con sabor primaveral y el mismo alcance emocional de siempre. De una banda que sigue demostrándonos disco a disco que son una de las más interesantes del panorama musical, muy a pesar de los peligros que su ubicuidad pueda suponer.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8,5/10

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