Grizzly Bear – Painted Ruins

Nuestra puntuación

8

9

La banda neoyorkina Grizzly Bear llevaba hibernando varios años y desde que sacaron su penúltimo álbum hasta la fecha; Shields en 2012, poco más se ha sabido de ellos en lo que a nuevas composiciones se refiere hasta este momento.

Lo que comenzó con varios teasers algo desconcertantes ha acabado resultando en una tracklist de 11 temas producidos por Chris Tylor, bajista y corista del grupo, bajo el título Painted Ruins. Tras ese avance, la apuesta por lo que estaba por venir fue rápida y directa, cuatro sencillos lanzados en menos de tres meses concretamente, entre el 4 de mayo de este año y el 21 de julio. Poco menos de un mes después, este nuevo LP ha visto la luz y demuestra, de primeras, que sigue siendo un proyecto común y compartido entre todos los miembros de la banda pues lo que comenzó siendo un propósito del vocalista Ed Droste por mostrar su calidad artística ya hace más de una década que dejo de serlo convirtiéndose en un resultado más democrático en el que todos los componentes son dignos de reseña.

En este disco bajo y batería cobran una gran presencia pues el primero destaca por sus líneas rítmicas e incluso melódicas y se apoya en los ritmos, en muchos casos constantes, del segundo. Esto da al trabajo una capa inferior que, acompañada por reverberaciones, armonías y ritmos medio-lentos, hacen del mismo un álbum con doble lectura, con múltiple escucha.

Temas como Mourning Song o Four Cypresses en su inicio mantienen ritmos cíclicos, habrá quien le parezca monótono, pero no hay que olvidar el toque pop dado por los sintetizadores en muchos de los casos. Seguramente sea el LP en el que Grizzly Bear han querido dar más importancia a éstos pues, obviando los remixes de Horn of Plenty, no han lanzado disco tan cargado de sintetizadores nunca antes.

Este largo contiene a su vez múltiples estilos bajo una música de cámara con toques pop y folk. Hay quien diría que Cut-out, por ejemplo, es más indie-rock y en los cinco minutos de Losing All Sense el ritmo aumenta considerablemente. Hay quién opinará sin embargo que en Aquarian hay toques funk incluso, pero eso es más libre de interpretación. Lo que si está claro es que, en este nuevo álbum, Grizzly Bear no ha intentado experimentar de un modo extravagante incluyendo múltiples pedales de distorsión como otros del género. Se han centrado en crear un nuevo trabajo a capas. En palabras de su vocalista Ed Droste: “nuestros álbumes no son necesariamente como aquellos que escuchas una vez y ya te gustan, siempre me gusta dar a un álbum al menos cinco escuchas”.

Una ambientación en la instrumentación apoyada por la reverberación que lo hacen denso y cercano, como si estuvieran en una habitación un poco grande pero el oyente les pudiera escuchar de cerca hace que el disco llene, sobre todo si se escucha con cascos. Hay estructuras variables y no se centran en coros que rellenen la mezcla, sino que buscan timbres que armonicen y acompañen la voz entre sonidos de guitarra y los ya citados sintetizadores que llegan a convertirse hasta en un cello en Four Cypresses.

Con un toque impresionista tal como ellos saben, sus letras perfilan temas políticos centrándose en una ruina pasada y un intento de reorganizarse. Es por ello, que Droste lleva razón en la necesidad de tumbarse en la cama, auriculares puestos, y relajarse intentado percibir todo lo que se esconde entre los múltiples paños de este telar plagado de capas y ambientaciones.