FOXYGEN – HANG

FOXYGEN - HANG

Nuestra puntuación

8

7

Tres años parecen una eternidad para el ritmo de lanzamientos que Jonathan Rado y Sam France nos ofrecían allá por 2013 y 2014. Cuando estuvieron un año componiendo fue para entregarnos un álbum de 24 canciones y exagerada duración, tan descompensado e incoherente como divertido y elocuente. Y es que estos dos simples compañeros (que se llevan como el perro y el gato, que no hay quien entienda como siguen juntos) tienen una capacidad creativa con respecto a la música psicodélica y barroca de los setenta que da gusto corroborar a cada nueva oportunidad. Más todavía cuando uno se pone a mapear sus directos, con un France desbocado e histérico que parece cerca de un ataque epiléptico o una crisis nerviosa en todo momento. Foxygen tienen una incalculable cantidad de armas para triunfar, y prácticamente el mismo número para estrellarse en la mediocridad de la escena alternativa, que entre la masa de lanzamientos no permite subirse a muchas bandas a su chepa.

Cuando el dúo californiano lanzó We Are The 21st… Parecía abocado al éxito, era su segundo álbum en tres meses y ambos (especialmente este) eran de notable. Además, los chicos eran unos críos, sólo tenían proyección ascendente por delante. Fue a partir de aquí que comenzaron los rumores de separación, las estrambóticas escenas de France, y este gusto más bien contemporáneo por lo absurdista que les llevó a perder credibilidad ante ciertos colectivos. Y lo cierto es que el panorama no parece haber cambiado mucho: en Hang, Rado y France se presentan como una parodia de si mismos, encerrados en un sonido teatral, de pop barroco bowieano y por momentos ridículo que no tiene otro objetivo que mostrar al oyente lo esperpéntico, desenfrenado y falso que tiene el mundo del espectáculo. Curados de espanto de cualquier pretensión trascendental, juveniles de conciencia, pero clásicos en la composición, Foxygen se alejan del pop psicodélico y presentan un lavado de cara sonoro. Aun así, es demasiado patente el sarcasmo que rodea a este álbum.

Sam France, en una interpretación fabulosa de algún personaje de comedia de Broadway se pasea sobre una orquesta (si, de 20 músicos de cámara) desenfadado y desinhibido. Las composiciones de Hang son rocambolescas, suenan muy conocidas, y tremendamente accesibles, tal vez por una infrautilización del resto de músicos. Foxygen simplemente te hacen saber que hay mucha gente ahí, detrás de la farsa que es su cuarto álbum de estudio, el primero de este género en el que no tienen nada que decirte que merezca la pena ser contado. Bienvenido a California, una ciudad erigida como un decorado magnífico, con una imagen impecable, pero absolutamente vacía. Ni siquiera hay un amor excesivo por la técnica más pura, por la forma; es todo apariencia, de algo funcional, de algo atractivo y “cool”. Lo extraordinario es la fidelidad con la que el dúo logra no salirse de su papel, una actuación merecedora de cualquier trofeo, por muy forzado que sea a veces France, ya sabemos que le viene de serie.

Los jocosos arreglos que en un primer contacto chocan con el universo Foxygen terminan por convertirse en el gran atractivo del disco, junto con los indomables registros de France. Disco repleto de paisajes navideños y afables, pero que de vez en cuando nos acerca también a la frescura y el desparpajo de una tarde primaveral, o de una noche sugerente de jazz. Foxygen logran transmitir a la perfección la duda ambivalente: ¿Cuánto trabajo hay detrás de esta broma de exquisito gusto? ¿Cómo narices una banda tan fragmentada encuentra espacios tan hilarantes y alocados en los que jugar tan cómodamente? Dudas a parte nos queda el cierre sensacional y sensacionalista, Rise Up, “cree en ti mismo” y esas disparatadas subidas de la orquesta, con las que uno no sabe si emocionarse o soltar una carcajada amarga.

En mi opinión la respuesta es clara: a diferencia de en las casposas historias de flamingos, juguetes rotos y puestas de sol que nos cuenta Hang, detrás de Foxygen hay un talento y una composición incalculables. Los californianos siguen siendo capaces de entregarnos algo delicioso a nivel musical dando una imagen de desinterés absoluto. Y bueno como en el cine; parece que hacer un álbum que no da una imagen seria o sobria es algo deleznable. Pero lo cierto es que el cuarto largo de Jonathan Rado y Sam France es un producto realmente bien hecho a todos los niveles, que conoce sus limitaciones y sobre todo las de quienes les rodean, que son los mismos a los que parodia ácidamente sin ningún reparo.