Esben & The Witch – Wash the Sins not only the Face

De entre todo el maremágnum de géneros y subgéneros de la música popular, posiblemente el goth rock (perdonad el anglicismo gratuito, pero no sé qué tiene el término rock gótico que me causa tanta aversión) es uno de los que más se apoya en la imagen, en la pose y en definitiva en todo lo que rodea a la música en sí. En su día los páramos desolados, los tétricos cementerios, el negro riguroso y la sombra de ojos sirvieron para amalgamar en una corriente musical a bandas en principio tan dispares como Bauhaus, Echo and the Bunnymen o The Cure.

Es curioso que se volviera a repetir el hecho de valerse de temas ajenos al sonido para englobar a una serie de bandas aparecidas a principios de la década, cuyo cariz parecía rememorar, al menos ligeramente, a bandas de culto como las arriba mentadas. Gente como Zola Jesus, Austra o los británicos Esben and the Witch pretendían tomar el relvo, o eso parecía en un principio a nuestros queridos siniestros de mediados de los ochenta.

Tras un EP autoeditado en 2009, la banda de Brighton cuyo nombre coincide con el de un cuento de hadas danés de carácter Grimmesco, firmó por el sello Matador Records para un álbum de debut, Violet Cries, que los situó en la órbita del pop sugestivo y tenebroso con canciones seductoras y un sonido que por su impactante semejanza nos transportaba atrás en el tiempo, a la época del rimmel y los pelos cardados.

En este segundo largo, Esben and the Witch sigue el camino iniciado en 2011 con canciones que se adentran si quiera aún más en la oscuridad. Es aquí donde reside el mayor problema de un trabajo que, si bien destaca por un sonido impecable (al césar lo que es del césar, los tres integrantes del grupo son grandísimos instrumentistas y maestros en el arte de crear atmósferas), quizá resulte irritante por su insistente y reiterativa alusión a la melancolía y el desamparo.

La temática, declarada desde el primer momento, es repetida hasta la saciedad. Desde el título del álbum: Wash the Sins not only the Face hasta los últimos segundos de la última canción. Quizá sea la meticulosidad con la que se han centrado en hacernos ver lo que, por otra parte, resultaba obvio lo que les ha apartado de realizar cortes que realmente consigan enganchar.

Hay que tener en cuenta que cuando se aborda este género, muchas veces la intensidad va de la mano del histrionismo y parece que en esta ocasión los ingleses han decidido sacrificar esta opción para decantarse por la elegante introspección.

Quizá por ello, en canciones de inicio prometedor como Iceland Spar o Slow Wave se echa en falta un estribillo o algún elemento que cambie la dinámica en algún momento. Lo mismo sucede en Despair o Smashed to Pieces in the Still of the Night, temas que nos mantienen hasta el final esperando en vano algún ingrediente remarcable que las haga destacar por encima del resto.

En otras ocasiones, el abuso de lugares comunes en las letras (“la niebla me embriaga y me hundo” canta Rachel Davies en Shimmering) resulta hasta fastidioso, mientras que los lúgubres medios tiempos Yellow Wood o The Fall of Glorieta Mountain se hacen exasperantes.Una pena que una banda con unos mimbres tan buenos (repito, grandes músicos) haya encontrado en lo abusivamente lacrimógeno su lugar de recreo. ¡Que alguien les dé un Prozac, por favor!

 

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 5/10.