DUTCH UNCLES – OUT OF TOUCH IN THE WILD

Parece ser que a este 2013 que aún se está limpiando las legañas ya le ha salido un hype. Un nuevo epicentro de la modernor, un movimiento que poco ha tardado en emerger y que posiblemente para el momento en que acabe de escribir estas líneas ya habrá desaparecido.

Sea como fuere, lo cierto es que en estos momentos los Geiger Müller del molamiento chasquean frenéticamente al acercarse a la ciudad de Manchester. La gris e industrial urbe obrera, Madchester, cuna de mitos como Joy Division, The Smiths, Happy Mondays… Sí, sí, esta historia ya la sabemos todos. Y si no, no voy a ser yo el que os la cuente.

El norte inglés vuelve a estar de moda, algo que, con permiso de Oasis, no pasaba desde los 80. Gran parte de la culpa la tienen los premeditadamente tempraneros álbumes de Everything Everything y este Out of Touch In the
Wild de Dutch Unclesanunciados a bombo y platillo por una escena ávida de la ultimísima tendencia para este año que apenas ha comenzado. A fin de cuentas, el que pega primero pega dos veces… y, continuando con la temática pugilística, sí, los Gallagher siguen a la gresca, pero eso dejó de ser noticia hace mucho,
mucho tiempo.

Con su tercer disco, Dutch Uncles parecen decididos a darle un mordisco definitivamente al pastel después de su debut homónimo editado para el modesto sello alemán Tapete Records en 2009 y Cadenzade 2011. Dos álbumes interesantes pero de más bien escasa repercusión, por lo que no es de extrañar que a día de hoy sigan siendo ignotos en nuestro país con lo que este álbum y su ligeramente superior alcance, sabe a puesta de largo.Out of Touch in The Wild es un álbum de producción impecable que toma de aquí y allá para componer un collage preciosista, que consigue encajar con ingenio una infinidad de elementos.

De este modo, Pondage, el tema que abre el disco, se plantea como una pequeña introducción de lo que vamos a encontrar a lo largo de todo el disco: metalófonos, marimbas, cuartetos de cuerdas, guitarras funk y un largo etcétera. Todas estas piezas se combinan sin estridencias como si de un engranaje se tratase para servir de base a la voz de Duncan Wallis, cuya pulcritud (y llamativa similitud a la de Alexis Taylor, cantante de Hot Chip) no
desentona con el esmero puesto en el pulido y el cuidado del sonido.

Quizá éste sea el mayor problema de éste álbum. Todo es demasiado limpio, casi aséptico. A pesar de su clara inclinación a la pista de baile, la pequeña suite compuesta por los tres temas siguientes, Bellio, FesterGodboy, no consigue enganchar. El oyente pasa de un tema a otro sin inmutarse, dada la falta de intensidad que apenas permite diferenciar una canción de otra.

Todo resulta excesivamente plano. La meticulosidad con la que se ha velado por que todos los componentes aparezcan en el momento oportuno ante el temor de posibles disonancias hace que temas como Threads o Flexxin suenen casi coreografiados, faltos de emoción. Otra de las señas de identidad que caracterizan a Dutch Uncles es el
empleo de compases y progresiones melódicas poco usuales, lo cual contribuye a que su sonido carezca de visceralidad, necesaria en cualquier álbum con vocación pop.

De nuevo, si no se consigue conectar con el público, esto se traduce en un ejercicio innecesario de virtuosismo, un lucimiento en vano que no lleva a ninguna parte salvo al tedio. En los tiempos en los que el mundo de la música popular lo pueblan un sinnúmero de canciones y grupos distintos, en que la música ha pasado de ser un arte a un producto de consumo masivo, es un concierto, un estribillo pegadizo y un tarareo fácil lo que te va a salvar del olvido.
Algo en lo que, al parecer, Dutch Uncles siguen sin estar interesados.


PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 5/10