DANNY BROWN – ATROCITY EXHIBITION

atrocityexhibition

Nuestra puntuación

9

Si tuviese la buena costumbre de votar, Kanye West lo habría hecho por Trump, y si amas a Kanye más que Kanye ama a Kanye, saberlo te hubiese provocado una mezcla de pereza y remordimiento. “¿Por qué sigo comprándole discos a este calvo psicópata?”, te preguntarías, y con razón, sobre todo cuando puedes bajártelos gratis vía The Pirate Bay. Suerte que ese tipo de dilemas éticos forman ya parte del pasado desde que escuchaste el Atrocity Exhibition de Danny Brown. ¿A quién le importa lo que diga Kanye cuando tienes un nuevo referente estético al que mitificar irracionalmente? Se acabó pasarte la noche de viernes defendiendo a Yeezy de tus “amigos” fans de Bon Iver (¿por qué sigues saliendo con esa panda de desabridos?). ¿A santo de qué has de gastar tú saliva exponiendo argumentos en contra de un leñador que va de tímido alternativo pero luego bien que se le caen las bragas por colaborar con el propio Kanye? ¿Qué se puede esperar de personas con tal gusto musical? Habría que construir un muro entre ellas y tus patatas bravas en las tertulias de bar.

Como dijo él mismo el otro día en un concierto en Sacramento donde tocó 3 temas y se piró, dejemos a Kanye ser Kanye, y que se caiga él solito con su credibilidad de ese escenario flotante suyo tan moderno. Concentrémonos en Danny Brown, nuestro nuevo Jesús negro con pelo de lana y postiza dentadura (sí, Danny se arregló su emblemática mella, probablemente la única cosa reprobable que ha hecho el rapero desde que trapicheara con droga a sus veinte y pico). Su más reciente Atrocity Exhibiton es de esos álbumes que no son para todo el mundo pero que deberían ser materia obligada de selectividad si dejaran la LOMCE quietecita o la cambiaran ya de una puñetera vez. Nada en este trabajo titulado en honor a una canción del mismo nombre de Joy Division está diseñado para gustar, más bien lo contrario; es violento en todos los sentidos, es barroco hasta la saciedad y es histriónico vocal y rítmicamente; es disonante, siniestro y obsceno, y también crudo, autocomplaciente y salvaje. Si alguien volviera del infierno para contarlo, así describiría los minutos previos a sufrir una sobredosis de heroína. Es tan desagradable y la voz de Brown a ratos tan insufrible que podría fácilmente ser el mejor disco de rap del 2016.

Le ha costado 70.000 dólares aclarar asuntos de samples entre las 15 pistas que conforman ésta exhibición de atrocidades, la primera de un grupo de Krautrock llamado Guru Guru, para que se noten las dotes de rastreador genérico del de Detroit nada más empezar. Downward Spiral hace referencia explícita también al tema de abertura de su segundo trabajo discográfico, XXX, en el que vuelve a confesarse con el mismo tipo de imaginería que hubiera usado un Ian Curtis con el que recurrentemente se viene identificando. Insomnio, depresión y entumecimiento emocional mediante sustancias ilegales, todo ello hecho público en forma de rimas. Cuando Brown, en su griterío de gato atropellado, habla de no recordar todo aquello por lo que debería sentirse orgulloso, el seguidor que adoptó su trauma personal como fetiche se replantea la situación; ¿hay en realidad un ser humano sufriente tras el artista excéntrico? Al compás de una guitarra psicodélica, imitando la sinuosidad del humo de los canutos que se fuma hasta llorar sangre, confiesa sentir que cuando está solo, parece que su existencia no le importa a nadie.

Pero la dignidad de este Atrocity Exhibition reside precisamente en la mesura con la que Brown escoge regodearse en la miseria propia; únicamente la justa y necesaria. Porque en Rolling Stone vuelve a jugar a ser el clásico rapero ilustrado perdonavidas, y toma su paranoia como una bandera de poder al recitar que alguna gente le dice que piensa demasiado mientras él cree que son ellos los que no piensan suficiente. Ayudado por el cohete belga-sudafricano a punto de despegar Petite Noir, una de las pocas y selectas colaboraciones del largo, el maestro de ceremonias pretende dejar claro que el protagonista en este circo no es otro que Danny Brown. Bueno, eso hasta que Kendrick Lamar baja a la pista, claro: se rumorea que Really Doe, los 5 minutos de asesinatos verbales que juntaron por fin a King Kunta y Earl Sweatshirt en una misma canción para el desesperado deleite planetario (sin olvidar al otro Black Hippy, Ab Soul), son casi todos obra de Kendrick, quien tomó una pieza a medio fabricar de Danny y la convirtió en la aleación poética del año. Producida por Black Milk, viejo conocido del underground detroitino y heredero de la leyenda de la ciudad del motor J Dilla, es puro ejercicio de bragadaggio y patriotismo localista.

Tras el último estribillo tarareado por Lamar, le toca rematar la faena a su paisano californiano Earl, quien lo entierra todo a la pronuncia de un epitafio que reza “I’m at your house like, “Why you got your couch on my Chucks?”. Escuchar algo así saliendo de los morros morcilleros de un chaval de 22 añitos obliga a pensar “bueno, pues aquí debe de acabar el álbum porque ya después de semejante humillación, imagino que es mejor no arriesgar”. Pero no. Y lo que sigue es, si no a nivel lírico, incluso mejor por lo que a transiciones ambientales se refiere; sales de un universo anfetamínico y te metes en el espeso éter de Lost, tu peor pesadilla y un sueño normal para Brown, como afirmó en la iniciática Downward Spiral. Tal viaje opiáceo, influido por el sample de la estrella del mandapop singapurense Lena Lim con el que Brown nos vuelve a impresionar, acelera el descenso por esta espiral de erotismo y decrepitud que es Atrocity Exhibition.

Casi todo lo producido por el británico Paul White destaca por su capacidad de repeler y atraer simultáneamente; toma esas trompetas post-punk de Ain’t It Funny y sabrás lo que es hacer del retintín un sonido. Los coros que remiten a un orgullo africanista en Dance in the Water enorgullecerían a sus ídolos y ahora mentores A Tribe Called Quest, y tanto B-Real (Cypress Hill) en un medianamente celestial Get Hi como Kelela en From the Ground aligeran el recargamiento total del álbum. Pero exudar libertad descarada no es tanto atrevimiento del artista como del londinense sello que lo acoge por primera vez; bajo el Fool’s Gold Records de Brooklyn, que publicó su anterior Old en 2013, la presunta presión contractual por sonar lo más EDM que un loco como Danny se pueda permitir era patente, mientras que bajo las experimentales alas de Warp (Aphex Twin, Brian Eno, Flying Lotus, ¿hace falta explicar más?) el onanismo artístico no tiene límites definidos.

Y es que Atrocity Exhibition, si fuera un libro, no se terminaría nunca. La narratividad sin pausas para la publicidad de Danny Brown ahoga, y es esa su mayor magia y su única condena, para quien la quiera considerar como tal. Contra más ganas entran de hablar y hablar sobre él entre tapas y cañas, menos se sabe qué decir. La inmensidad de lo que se ha logrado entre estos 3 cuartos de hora de disco puede ser tan prodigiosa para unos pocos como reprochable para una mayoría a la que, definitivamente, Brown nunca le ha interesado apelar.