CRYSTAL CASTLES – III

Si bien pueda agradarte más o menos la controvertida banda de Toronto, nadie puede negarle a Crystal Castles el apelativo de idiosincrásicos. Su sonido y puesta en escena, algo así como un cruce entre lo punk y lo ravero con una buena dosis de mamarrachismo pseudo-gótico, siempre se han correspondido a la perfección con su trayectoria hasta la fecha. Sí, por una parte ha habido disputas sobre el copyright con la mismísima Madonna, shows cancelados y unas cuantas apariciones verdaderamente esperpénticas (véase Sónar 2009), pero también nos han brindado algunas de las piezas mas originales y actuaciones mas excitantes que se recuerdan en la música electrónica de los últimos años.

Éste era posiblemente el mayor peligro al que se enfrentaban los canadienses a la hora de grabar su tercer disco (III), el efecto sorpresa tiene una duración limitada. Si después de la conmoción inicial lo que en principio era epatante resulta ser sólo la fachada de algo hueco y sin personalidad, lo que antes nos escandalizaba termina por ser algo realmente patético. Que se lo digan a Johnny Rotten en la Isla de los Famosos.

Conscientes de lo que se cernía sobre sus cabezas y huyendo de la auto-caricaturización (y de la ahora legión de imitadores de medio pelo que han aparecido como esporas desde el salto a la fama del dúo), Ethan Kath y Alice Glass vendieron su equipo reemplazándolo por material vintage (y evitando al máximo el uso del ordenador) y se mudaron a la fría Varsovia para engendrar este tercer largo, un III mucho menos abrasivo que los anteriores, pero igualmente
áspero y siniestro.

El gran logro de Crystal Castles con este álbum ha sido el saber reducir los decibelios y suavizar las estridencias sin perder su esencia o desnaturalizarse. Es más, dado que el objetivo en III no es, a diferencia de ocasiones anteriores (Doe Deer, Baptism), noquear nuestros tímpanos en el primer asalto, permiten al oído escudriñar las texturas que existen mas allá. Temas como Pale Flesh o Affection consiguen desde la suavidad de los teclados y los susurros de Alice, dibujar paisajes gélidos y baldíos similares a los que desarrolla su compatriota Grimes en su último álbum.

Aún así, y pese a los escasos cuarenta minutos de duración del disco, sigue habiendo tiempo para la devastación y su particular versión del fin del mundo Wrath of God y Pale Eyes son verdaderos cataclismos sonoros con los que regodearse durante el inminente advenimiento del apocalipsis Maya o, si este no se da, en alguna oscura pista de baile.

La inmediatez y urgencia de sus anteriores trabajos hicieron que el dúo se granjeara el calificativo de bipolar, siendo fácil hasta la fecha clasificar sus composiciones en dos tipos: las bonitas (Empathy o la famosísima Not In Love) y las cabreadas (Fainting Spells). Lo que consiguen aquí los de Toronto es la fusión homogénea de estos dos particulares subestilos propios: la aflicción infinita de Violent Youth la hace perfectamente escuchable en el salón de casa a pesar de ser una pista evidentemente pensada para el club, mientras que por otra parte Transgender consigue trasmitir una inmensa fuerza sin recurrir a la distorsión extrema. Este III de Crystal Castles es la madurez de un grupo bien entendida, la que huye de la pereza del encasillamiento y la que, con suerte, hara que se hable de ellos única y exclusivamente por hacer muy buena música.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8,5 / 10