BONNIE PRINCE BILLY – WOLFROY GOES TO TOWN

Emprender el viaje interior no es nada fácil: es tentador quedarse apegado a una visión egocéntrica (resultado, por otra parte, de un trabajo de introspección erróneo), necesariamente complaciente (por muy torturado que uno quiera parecer) y cuyo resultado son obras solipsistas que generan desconcierto, cuando no rechazo, caso del reciente Biophilia. Pero no profundizar lo suficiente, bien por temor, bien por impericia, conduce a paisajes que no por atractivos (que acostumbran a serlo) son menos trillados, vacuos y ampulosos: hypes de usar y tirar, a pesar del revuelo mediático momentáneo, o epopeyas seudoépicas à la Muse. Ya no hablemos con los que se contentan con lo superficial, los que nadan en los extensos océanos del estereotipo y se refocilan en el enésimo canto al amor típico con letras tan elaboradas como: “You stole my star / La la la la la la la la la la la la la la la la” (anda, Martin, que te quedaste descansado, ¿eh?; Eno, ¿en qué jardín te has perdido para no meter en cintura a tus chicos?).

Will Oldham se ha caracterizado por llevar la sinceridad siempre un paso más allá; eso sí, a su bola, sin dejarse llevar por modas o manierismos. En ocasiones el sonido puede ser más accesible; en otras, como en el caso de Wolfroy Goes to Town, la primera escucha puede resultar ardua. No hay ningún hit inmediato. Quizá Quail and Dumplings, más cercana al blues-jazz, podría resultar un single resultón si se quisiese; el resto del disco transita por pasajes amplios, vastos y agrestes que se mueven entre el americana de raíces irlandesas, el folk más ortodoxo y el folk austero de cantautor.

Pero si se presta un poco de atención, el último (por el momento) trabajo de Bonnie “Prince” Billy subyuga. ¿Cómo lo consigue?

Quizá hablar de estrategia sea otorgarle una intención planificadora que no parece muy del estilo del de Kentucky; el disco destila la naturalidad de las primeras tomas: canciones estructuradas sobre una guitarra acústica sola, el sonido íntimo de un escenario pequeño, de vez en cuando un paso, un golpe en la madera, esas pequeñas imperfecciones que impregnan de calidez el repertorio; y la voz de Oldham, de un vigor, presencia y precisión tales que, aparentemente sin esfuerzo, crea simples y bellos arabescos en canciones prácticamente desnudas. Oldham, una guitarra, una banda fiel de pequeño formato y unas historias. No necesita nada más.

Si prestamos atención, nos daremos cuenta que lo más importante de Wolfroy Goes to Town se halla por omisión, lo que no se oye: la calma, los silencios entre estrofas que rememoran es silencio reverencial, cautivo del talento del artista: algo que los que tuvimos la fortuna de asistir a su reciente gira por nuestro país experimentamos en nuestras carnes. La recomendación es prácticamente inmediata: Tómese una noche tranquila, 50 minutos de dedicación exclusiva, quizá unos buenos auriculares para aislarse del exterior, si se quiere una cerveza o un bourbon, y en caso necesario, el libreto con las letras.

En este ejercicio de intimismo que es Wolfroy Goes to Town, la sinceridad no queda plasmada en catárticas escenas autobiográficas; y no tiene por qué. Para algo se crearon los personajes en la literatura, para centrar el foco en la historia y no distraer la atención en la impostura. En las diez canciones del disco encontraremos personajes marcados por la fatalidad, que en algún momento han cometido un error que ha dado al traste con la felicidad, si no es que la han conocido alguna vez; pero que cuentan su historia sin dramatismo, con una vaga esperanza o, cuanto menos, con esa resignación de quien desgrana sus vicisitudes ante un extraño, acodado tras una cerveza, y que al acabar seguirá con su vida, que no es tarea vana. Sirva como ejemplo Time to Be Clear, elegía a la persona amada que ha fallecido y que acaba con una estrofa que invita a seguir con la rutina: “Lover, oh lover, please buy me a beer and bring all your enemies here”. Ecos del naturalismo y del existencialismo resuenan en estas historias: huelen a Capote, quizá a Kerouac, a documental ficcionado. Grandes espacios, dramas cotidianos, personajes solitarios, malditos; pero también redimidos o en busca de esa redención que, quizá no los haga mejores, pero sí más humanos.

Otro tema que recorre el disco es la existencia de un dios indiferente, impertérrito ante las desgracias e incluso cruel (Faith is destroyed. Emptiness showing god’s cruelty deployed. “We Are Unhappy”), al que se le recrimina haber abandonado, cuando no castigado, a sus criaturas más queridas. Un lamento que acrecienta la sensación de soledad y de resignación. Pero no hay tan sólo recriminación, sino también la voluntad de seguir adelante (Quails and Dumplings) sin él, aunque el conflicto siempre quede latente.

Wolfrey Goes to Town se abre con No Match, una canción amarga, de sonido más cercano al country, con una letra que juega con la ambigüedad semántica de match y con la idea de ser un rival o de ser la persona adecuada. Un medio tiempo que invita al oyente a serenarse y a escuchar, pero también da las líneas maestras de lo que vendrá a continuación.

New Whaling ya se adentra en terrenos más intimistas, ahondando en una historia de pasión, poder y culpa (siendo este último otro de los ejes vertebradores del disco) y que no puedo dejar de relacionar con esa espiritualidad traicionada por la divinidad.

Pero no tan sólo dios es fuente de decepción. New Whaling, New Tibet y Black Captain tratan, cada una desde una óptica diferente, la traición inherente al ser humano.

Un paso más allá, Cows luce especialmente amarga. El rechazo al otro, al extraño, en una travesía. Una canción con ecos de folk irlandés que subraya el tono melancólico, el de la búsqueda de un lugar en el mundo y de las adversidades que uno enfrenta a lo largo de su vida.

There Will Be Spring, a pesar de su delicada estructura, es un canto a la esperanza tras la devastación, el amor hecho carne, o la carnalidad como contrapunto de una sensibilidad desolada.

El disco acaba casi en susurros, con la guitarra acústica como el único, apenas visible contrapunto a la voz grave de Bonnie “Prince” Billy tamizando la rabia de otro ser solitario, harto de la vida, que debe reunir coraje para verse en el espejo y seguir adelante.

A pesar, pues, de la temática oscura, es un disco hilvanado en último término por la esperanza. Elegías cantadas, casi recitadas, con la voz reconfortante de Will, que dota al texto de un leve tono optimista, en ocasiones luminoso. No ofrece respuestas; eso también sería arrogarse una tarea vana que no le corresponde a un artista, sino que señala, certero, sin tomar juicio ni partido esos recovecos oscuros del alma cuya negación acaba mandándanos por la senda del desajuste y la insatisfacción.

PUNTUACIÓN CRAZYMINDS: 8/10

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