BON IVER – 22, A MILLION

Nuestra puntuación

8

9

Incluso antes de que Justin Vernon decidiese “terminar” con el proyecto de Bon Iver en 2012 ya sabíamos que él no era un cantante de folk al uso. Fue en Blood Bank, en los trabajos más experimentales con Volcano Choir y por último en el álbum homónimo, donde vimos las verdaderas pretensiones artísticas del músico, con una necesidad de trascendencia y de belleza muy por encima de las que te puedan aportar una guitarra y una simple voz (sin desprestigiar For Emma). Ahora con una depresión de por medio y de nuevo tras una temporada alejado de todo –al igual que en su debut- nos llega 22, A Million, el tercer y esperadísimo  álbum de Bon Iver, que funciona como terapia experimental y delicada a la ansiedad de Vernon.

El álbum abre con la primera canción impronunciable; 22 (OVER S∞∞N), que ya sorprende con el sampleo patcheado “it might be over soon” y daña la sensibilidad del oyente con el loop de un gemido de Vernon y el outro de cuerdas orquestales, que surge cuando todo parece “haber acabado”. Desde este corte inicial (y single desconcertante) ya se presentan bastantes de las novedades, sampleos de música añeja, el saxofón más presente que nunca, una utilización ínfima de bases rítmicas, ediciones hipermodernas en la voz… Al mismo tiempo que Justin Vernon se nos muestra cercano, sensitivo y tímido nos golpea con recursos de rabiosa actualidad, electrónicos y sintéticos que chocan con lo que parece querer expresarnos de forma implícita, casi como un secreto o una confesión. El misterio además se forja en las laberínticas e incomprensibles (aparentemente) letras, que parecen incitar a actos diabólicos, hablar de los Illuminati o del mismísimo dios en última instancia. Con ellas el oyente entra de forma más profunda y suave en el aire trascendental que envuelve este 22, A Million, que parece un largo recorrido por los pensamientos más sustanciales de Vernon.

Como una de las pocas con línea rítmica (bastante singular) tenemos la también inenarrable 10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄, un claro ejemplo de esta atmósfera casi robótica pero a la vez afligida que Bon Iver nos quieren hacer llegar. En el interludio –que al menos suponemos que será una referencia a su viaje a Grecia- podemos reescuchar algo muy similar a lo que ya nos presentase hace años con Lost In The Woods (gracias al vocoder de Francis & The Lights). Seguidamente lo que nos encontramos es un piano de una limpieza ya inesperada, y con el algún coro pacheado bajo la viva – y natural- voz de Vernon. El falsete guía 33 “GOD” hasta los parajes de un riff de guitarra, otro atributo totalmente inesperado a estas alturas de partido (aunque hubiera un banjo detrás). Pero todo esto sucede después de otro sample cargado de reverberación, que sigue ahondando en la imagen purgatoria que el álbum trata de reflejar hablando los días que Justin Vernon pasó aislado del resto del mundo.

Resulta casi divertido como canción tras canción, Bon Iver vuelven a jugársela al fan medio, metiendo de forma progresiva, inesperada o directa elementos vanguardistas que de algún modo “estropean” –lo que realmente hacen es alterar- la naturaleza de su música. Sin ir más lejos en el quinto corte; en el estribillo la voz de Vernon se amolda al sonido de un saxofón, mientras que en la siguiente estrofa comienza a digitalizarse y a subir de tono sin razón aparente. La canción a priori más provocativa (el número de la bestia y una cruz invertida) termina por ser la más sosegada y apacible. Es previsible que precisamente Vernon esté hablando de uno de los momentos más complicados en lo que le ha sucedido estos años, terminando con entereza y fuerza una época oscura y diabólica (¿?). “Im still standing here, still standing here”, “Iv’e laughed about it, Iv’e laughed about it”.

A partir de aquí parecemos caer en un cierre interminable (las canciones están unidas, la 7 con la 8 y la 9 con la 10).  En 21 M♢♢N WATER se forma un ambiente experimental y ensoñador que bien firmaría Jenny Hval, pero que se va oscureciendo entre el saxofón disonante y sonidos de a pie como cajas registradoras. Sin embargo este primer fundido alea perfectamente los últimos y tensos coletazos del tema con unos sedosos sintetizadores que introducen a un Justin Vernon más carnal y vasto que en lo que va de álbum (hablo de 8 (Circle)). A destacar que es la primera canción en la que el vocalista no se ve “poseído” por los elementos artificiales, guiando él mismo con delicadeza preciosos coros, saxofón, teclados, batería… Vamos como si fuera 2011.  ____45_____ abre con los dos grandes protagonistas de 22, A Million: Justin Vernon y el saxofón, prácticamente haciéndole los coros. Terminando con un estribillo casi gospel y el banjo, se dejan ya oír las primeras teclas del piano de 00000 Million, una balada ochentera tipo Beth Rest (qué bien cierra los álbumes este tío). El único edulcorante aquí es el sampleo… Casi como un recurso literario o un recordatorio de que lo retratado y vivido a través de este álbum acompañará a su escritor durante el resto de su actividad.

Por complaciente que suene decirlo, el mayor error de 22, A Million es su duración. Los apenas 32 minutos en los que Justin Vernon vuelve a exponerse rodeado  -esta vez- por estructuras adulteradas y artificiales son una nueva y extraordinaria marca en su discografía. Queda patente que el genio de este músico no está en absoluto atado al folk ni al country, sino que más bien le es intrínseco. Y veamos si no resulta ser el camino que muchos otros compañeros de oficio toman (aunque Sufjan Stevens ya lo hiciese en 2010 con The Age of Adz).

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