Black Lips – Satan’s Graffiti or God’s Art

Nuestra puntuación

7

Parece increíble que una banda haya renunciado al gran Mark Ronson o al veterano Patrick Carney para continuar su carrera. No fue una decisión fácil pero tras el “éxito” de sus dos largos anteriores los norteamericanos Black Lips no tuvieron más remedio que aplicar la tijera entre sus filas. Aun confiando en el sello Vice Records, cuya relación se extiende hasta 2007, la banda decidió prescindir de su veterano batería Joe Bradley y sustituirlo por Oakley Munson. Además, incorporaron a nada más y nada menos que Sean Lennon (hijo del Beatle y Yoko Ono) como productor que le otorga un carácter añejo y oscuro al álbum poco común hoy en día.

Este álbum suena a viejo, a años ’70, a grano y a distorsión, pero también a novedad, a combinar lo clásico con las cajas de rimo modernas, a darle importancia a una voz entre radiofónica y robótica. Satan’s Graffiti or God’s Art puede describirse de muchas maneras, pero la mejor entre las posibles es que es una obra en sí misma y como tal, cuenta con su estructura correspondiente. Comienza con una obertura, tiene dos interludios y una conclusión al final. Otra posibilidad es tratarlo de ambicioso pues probablemente sea de lo más experimental y personal que ha producido la banda en la última década, pero también hace notar al público que el grupo ha vuelto a su zona de confort (llegando a incluir al saxofonista Zumi Rosow a su plantilla).

Todo esto hace que, aunque les pese, un buen proyecto de la mano de este quinteto no es más que un puñado de demos si no pasa por las manos de una familia como los Lennon. Desde su estudio de Nueva York, Sean ha conseguido dar a la banda el sonido que reclamaban: desde su Overture: Sunday Mourning hasta Finale: Sunday Mourning pasando por el galopante Occidental Front, The Last Cul de Sac (que recuerda al rock-hippie de época) o al western-punk de Lucid Nightmare. Aun así, este compendio de dieciocho pistas presentados el 5 de mayo peca por su deseo de reafirmar la banda quedándose en un proyecto bastante conexo, pero, al fin y al cabo, un proyecto. Es reseñable todo el conjunto de gritos, alaridos y locura que contiende, pero es una pena que la que fuera mujer de John Lennon no tenga más protagonismo que el de un par de aullidos espontáneos a lo largo del LP. Esto hace que, aunque presuman de colaboración, el producto real lo relegue a poco más que una anécdota. Además, el intento de hacer de él un conjunto de actos ha resultado ser un puñado de inconexos temas, que en muchas ocasiones encajan (aunque todos ellos tienen la experimentación como patrón).

Es por ello que la puntuación escogida se encuentra entre el aprobado y el sobresaliente. Su intento de innovar y crear le aportan un carácter diferenciador de los demás de su discografía. Pero siendo ya el octavo álbum de la banda, la exigencia requerida era ligeramente superior y es por ello que aun sintiéndose las intenciones, el pobre resultado en comparación lo deja en un trabajo de notable.