LOU REED – NEW YORK

¿Lou Reed? Uf, qué pereza. Ya no corren buenos tiempos para los iconos del rock ‘de toda la vida’ salvo algunas patentes que se mantienen como banderines de enganche para generaciones ya mayorcitas que no han desconectado totalmente de la música moderna (Springsteen, Dylan, Stones, Cohen y poca cosa más). Tampoco ayuda mucho el personaje, que lleva casi toda la vida metido en una nebulosa artísticamente huraña y que se permite hasta el lujo de actuar en chándal –al menos así lo hizo la última vez que le vi en Barcelona-.

 

Pero ahí está su New York de 1989, una obra cimentada en rock and roll que muchos han visto como un portazo en las narices al sonido reinante en los años ochenta -a estas alturas el adjetivo ochentero debería figurar en el diccionario de la RAE-; un cabo lanzado al mundo del mainstream, que enseguida supo ver un filón en bandas de melenudos que volvían a empuñar guitarras como si nunca hubieran existido los sintetizadores, ni las producciones infladas de nada. Seguro que de aquel año 89 todo el mundo recuerda Doolittle de The Pixies, o el debut de Stone Roses y quizás no tanto aquel Pump up de Jam de Technotronic, que era lo que realmente se escuchaba por aquellas fechas en todas partes. Pero también New York, un Lou Reed que de nuevo se encaramaba en las listas de éxitos gracias a un puñado de canciones fabulosas que se ganaron la vitola de clásicos instantáneos: Romeo and Juliette, Dirty Blvd., Sick of You, There is no time…

 

Concebido como un disco conceptual que debía escucharse de principio a fin como si de un relato se tratase, New York contenía todos los conocimientos y el buen hacer de Lou Reed desde sus años con The Velvet Underground y, sin duda, es lo más ‘velvetiano’ que ha hecho desde que dejó tirado al grupo allá por 1970 en plena gira. Las guitarras suenan poderosas, crudas, inflamadas, orgullosas y chulescas como la propia presencia repetida de Reed en la portada embutido en cuero negro. La voz  del tipo más famoso de Long Island recuperaba su capacidad para sorprender con spoken wordLast Great American Whale– o dejarse arrullar por coros gospel en la irrepetible Dirty Blvd. Y, claro está, los textos nos mostraban un escritor de canciones immenso, un devoto médium que nos conecta espiritualmente con esa ciudad de Nueva York que muchos tenemos en la cabeza y el corazón pese a no haberla pisado jamás: el mundo del crimen, pero también la política y la religión desfilan canción a canción componiendo un retrato airado de unos tiempos donde la droga y el SIDA eran portada de la prensa mundial con la Gran Manzana muchas veces de decorado. En definitiva, se trata de un traje a medida del Nueva York de los ochenta, repleto de recuerdos, historias e impresiones de un artista que renacía para el gran público y que sabía repartir cera a políticos como el alcalde Rudy Giuliani o el reverendo Jesse Jackson o al mismísimo Papa Juan Pablo II.

 

El aliento de New York se mantuvo tres años después en el muchísimo más sombrío Magic and Loss y, sobre todo, con el brillante homenaje a Andy WarholSongs for Drella (1990)- que realizó junto a John Cale, con quien había partido peras en la Velvet Underground veinte años antes. Incluso en el New York tampoco faltó un guiño a la Velvet gracias a la colaboración de Moe Tucker a las baquetas en alguna de las piezas.

 

Es evidente que la carrera de Lou Reed puede resumirse en un recopilatorio de unos 40 temas, pero exigiría incluir la totalidad del New York.