ELTON JOHN – HONKY CHATEAU (1972)

Elton John es mucho más que el viudo metafórico de Lady Di. Es, por supuesto, mucho más que un icono del movimiento gay. Más que un pianista de pop edulcorado para la Disney o la tercera edad. Y no hace falta ninguna maniobra espeleológica a través de sus primeros discos para constatar la grandeza de un gran compositor de canciones. Basta con darle una oportunidad a su reciente The Union, de 2010, un mano a mano con Leon Russell, una estrella caída de finales de los sesenta a quien ha resucitado en una producción arrolladora con la colaboración del músico y productor T Bone Burnett y una nómina de mercenarios de campanillas: Marc Ribot, Don Was, Booker T Jones, Jim Keltner… ¿Alguién con una imagen tan hortera y devaluada a ojos de las nuevas generaciones de melómanos sería capaz de chasquear los dedos y conseguir hacer realidad esta obra maestra titulada The Union? Elton John, ese bajito que ahora luce peinado rubio a lo clic de Playmobil.

 

A principios de los setenta –mientras la alopecia le atacaba con virulencia- Elton John era un volcán en ebullición capaz de grabar casi ininterrumpidamente cuatro álbumes que se colocaron  en el top 10 de las listas norteamericanas, algo que solo fueron capaces de hacer The Beatles. Si miramos las anémicas listas de éxito actuales nos será imposible encontrar obras como Tumbleweed Connection, Madman Across  The Water o Honky Chateau, el que nos ocupa aquí.

 

Acompañado por el letrista Bernie Taupin, es justamente en la década de los setenta cuando el talento de Elton John para las melodías daba en el clavo canción tras canción. Seguramente, los excesos cometidos durante el apogeo del ‘glam’ llevaron al joven y multimillonario Elton a una resaca de la que despertó fondón y con unas pelucas lamentables. Ya eran los ochenta y, lejos de continuar buscándose artísticamente, se aplicó a convertirse más en personaje mediático y compositor melódico y azucarado para amas de casa. Y, por cierto, ¡continuó por la senda del éxito!

 

Por decirlo sin ambages, Honky Chateau -pero también Madman Across the Water– debe figurar obligatoriamente en las discotecas de cualquier seguidor mínimamente documentado que aprecie el género de la ‘americana’. Sí. Tal cual. Y con toques New Orleans más que sabrosos. Por poner un par de ejemplos: los buenos discos de Ryan Adams son vulgares fotocopias de esta etapa ‘eltoniana’ y Jeff Tweedy de Wilco melódicamente se acerca más a Elton John que a John Lennon, diga lo que diga la crítica especializada.

 

Un piano saltarín conforma el esqueleto de Honky Chateau, que se abre con Honky Cat y Mellow rememorando ambientes casi jazzísticos del New Orleans más vacilón y donde se cuela hasta un banjo, instrumento que, por deshacer tópicos, jamás sonó en disco alguno de Jonnhy Cash. Pero Honky Chateau también es el disco del baladón Rocket Man, un clásico que junto a Hercules ya abría camino al sonido del glam-rock. Personalmente Amy es mi pieza favorita: quizá su producción está un pelo acartonada (¿un solo de violín?), pero está auspiciada a mayor gloria del soul y cuando Elton se pone con ese género es capaz de convertir en oro todo lo que toca (con el piano).

 

Si le perdonamos todo a Maradona, ¿por qué no hacerlo también con Elton John?