ARAB STRAP – PHILOPHOBIA

ARAB STRAP - PHILOPHOBIA

Filofobia: mejor no sentir que sufrir. El miedo a enamorarse, a perder el control, a sentirse vulnerable, impide también conectarse con los propios sentimientos y deseos. Eso dicen que es la filofobia en múltiples artículos de autoayuda publicados en la Red principalmente de diarios argentinos (¿por qué será?). Justamente un artículo reciente de Clarín va acompañado de una reveladora foto que muestra una guapa chica rubia con la mirada perdida que comparte cama con un muchacho que duerme a pierna suelta en un revoltijo de sábanas. El pié de foto dice lo siguiente: “Las relaciones “express”, sin compromisos -y sin grandes satisfacciones-, suelen ser efecto del miedo a enamorarse o filofobia”. Ahí lo tenemos. De eso –pero no únicamente- va uno de les discos más extraños que se publicaron a finales de los 90 por un dúo de (aparentes) borrachuzos escoceses un poco cafres, a juzgar por el aspecto que lucían ya por entonces, y que lideraron por una buena temporada las huestes del indie tristón y depresivo como demuestra el recopilatorio que publicaron en 2006 como adiós a su carrera bajo el título Ten years of tears.

Junto a los romanticones Tindersticks, Arab Strap es de las bandas más lloronas de finales del milenio pasado. Pero donde los primeros ponían épica, grandilocuencia y melodramatismo atildado, Arab Strap apostaba por la timidez, el recogimiento y ciertos toques de desaliño musical, de realismo sucio. Este dúo escocés de slow-pop formado por Aidan Moffat y Malcolm Middleton dio con un nicho musical poco explorado y prácticamente sin referentes históricos gracias a este disco complejo, duro, deslenguado pero también hermoso y vital.

Philophobia recoge sketches de la vida sexual y sentimental de Aidan Moffat a través de trece historias crudas, cínicas y con malsanas dosis de autoodio. Trece historias engarzadas como si fueran los capítulos de una novela. Y, de hecho, así está concebido el libreto del CD: con las letras expuestas de corrido y sin advertir de los títulos de las canciones. Pocas veces en el mundo del pop habíamos asistido a un striptease sentimental de tamaña magnitud donde la cosa roza en algún momento la vergüenza ajena y no sobran momentos de repulsión. Como el efecto ‘chafardero’ que experimentamos al pasar junto a un accidente de tráfico, no podemos evitar querer saber más de lo que nos cuenta Moffat entre arrullos de Casiotone, arpegios de guitarra y recitados de spoken word apenas balbucidos en los casos más extremos.

Queremos saber quién, cómo y porqué pasa por la alcoba de nuestro antihéroe barbudo y algo panzón, un don Juan de las Highlands que se lamenta tras tener ciertos problemas para alcanzar el orgasmo mascullando “Too drunk and getting old…” en la bestial The night before the funeral. Este canalla cae bien aunque sea capaz de espiar el diario de su novia mientras ella toma una larga ‘preclubbing shower’ para descubrir que se la está pegando con otro (Piglet). Moffat mete toda la carne en el asador (nunca mejor dicho) en los primeros compases del tema inicial (Packs of Three): “It was the biggest cock you’d ever seen / But you’ve no idea where that cock has been / You said you were careful / You never were with me / I heard you did it four times / But johnnies come in packs of three”. Y así, suma y sigue.

“¡Joder! ¡Esta mierda es de la buena!”, o algo muy parecido, fue lo que exclamé allá por el año 1998 cuando retiré el precinto al flamante disco recién adquirido e introduje la galleta en mi cadena Hi-Fi. Sé que ya no se estila el envoltorio para la música pero en este caso son tan importantes las ilustraciones que contiene el CD y la lectura de las letras de las canciones como la propia música que escuchamos. Debemos tener en cuenta que Moffat tiene un acento escocés muy cerrado y que se dedica a farfullar en muchos momentos practicando lo que algunos denominan ‘spoken word’. También llegamos a imaginar que los retratos de desnudos integrales frontales de un chico y una chica que adornan portada y contraportada del disco corresponden a Moffat y a alguna de sus parejas consiguiendo meter aún más al oyente en harina casi como si fuésemos voayeaurs (ahora he descubierto que las pinturas son de la artista Marianne Greated).

Aquí tenemos canciones de sexo sucio, resacas monumentales e intimidades sonrojantes al descubierto. Y ahí está lo bueno, tenemos el convencimiento que todo es bastante real y plausible. Philophobia es un artefacto que huye de las bagatelas postmodernas que impregnaban la movida musical post-grunge de la época (¿alguien puede olvidar que se encumbró a un tal Jamiroquai por esas fechas?) y un eslabón imprescindible en la historia de la música moderna en la visagra entre los siglos XX y XXI.

Musicalmente, Arab Strap apostó en este su segundo disco por mantener el menos es más de su debut The Week never starts round here, una carta de presentación que les valió el padrinazgo de ni más ni menos que John Peel, quien enloqueció al escuchar Girls of Summer de su EP de debut y también The first big weekend, como yo mismo y cualquiera que todavía tenga la inmensa suerte de enfrentarse por primera vez a esos dos temazos que empiezan como baladas y acaban entre el dance y el trance. La fórmula se mantuvo intacta en Philophobia aunque algo menos lo-fi: apenas tres instrumentos, una caja de ritmos como motor y una sabiduría extrema para combinar calma y furia bastaron para redondear unas canciones que respiran, que tienen vida propia. La inicial Packs of Three ya nos convierte en epígonos de la religión Arab Strap pero los antihits van cayendo y la tensión no baja. Here We Go es posiblemente la canción más redonda del disco pero me quedo con New Birds, una de las pocas que tiene un desarrollo instrumental final lleno de una épica guitarrera inesperada. También se permiten lujazos como meter una trompeta jazzie en sordina en The Night Before The Funeral combinándola con un sonido Casiotone básico y pedestre. El momento culminante del disco llega en el tramo final con un dúo entre Moffat y Adele Bethel en Afterwards (por cierto, Bethel formaría poco después el interesantísimo grupo art-rock Sons and Daughters).

Arab Strap alcanzó su cénit firmando la mejor banda sonora para ilustrar el romance de bar (ellos dirían pub), ese del que nos podemos arrepentir al día siguiente por culpa de haber tomado copas de más cuando despertamos junto a un o una cualquiera. Y con pespuntes costumbristas que algunos críticos han querido asociar al post-tatcherismo o al cine crudo de Mike Leigh e incluso a la epopeya Rompiendo las olas del cachondo de Lars Von Trier -que tiene lugar en la Escocia que vio nacer a los componentes de Arab Strap-, un Von Trier que podría haber tenido en mente alguna de las piezas de Philophobia para su díptico Nimphomaniac.

Philophobia llegó a entrar en el Top 40 británico y fue uno de los discos más exitosos de la disquera escocesa que los descubrió, Chemikal Underground, donde militaron los grandísimos The Delgados y los todavía más egregios Mogwai, colegas de correrías por Glasgow, y con quien compartieron productor, Paul Savage, uno de los referentes del pop escocés de los últimos 20 años. Arab Strap se vieron propulsados a grandes escenarios donde llevaron a un nuevo nivel sus composiciones gracias a sets sorprendentes y de gran fiereza.

Posteriormente, y llamados a más altas cotas comerciales a nivel discográfico, tuvieron un paso fugaz por el sello Go Beat -el de Portishead o David Holmes, dos gigantes de la modernidad noventera- al que entregaron su disco más áspero –Elephant Shoe– y un directo fabuloso –Mad for Sadness-, posiblemente su disco más completo y de mejor digestión que acredita con creces lo expuesto líneas arriba. Tras retornar a su hogar Chemikal Underground, el grupo entregó varios discos más que decentes pero su momento ya había pasado y solo volvieron a alcanzar destellos puntuales en los posteriores de The Red Threat, Monday at the hug and pint y The Last Romance, su canto del cisne y, curiosamente, su obra más luminosa y pop. Arab Strap se despidió en 2006 pero sus dos integrantes han seguido operativos aunque en proyectos mucho más minoritarios.

Todos los personajes en este libro son genuinos y todas las similitudes con personas vivas o muertas son totalmente intencionadas“, advierten en el libreto de Philophobia. Y no nos cabe la menor duda de que así es. Ante todo, honestidad brutal.

Escúchalo aquí:

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