The Gaslight Anthem se lucen y derriban prejuicios en Madrid

El mes de noviembre, año tras año, suele presentar una agenda musical de conciertos bastante llamativa. A medio camino entre los últimos coletazos veraniegos y los desvaríos navideños, las promotoras y las bandas suelen concentrar muchas de sus actuaciones en este melancólico mes otoñal. Y este 2012, sin ser ninguna excepción, ofrece la gira española de Gaslight Anthem como uno de los grandes alicientes en la penúltima hoja de su calendario. El grupo de New Jersey despuntó en 2008 con su notable The ’59 Sound y, dos discos después, se encuentran seguramente en el punto más alto de popularidad. No son un fenómeno masivo, obviamente, pero la impronta de grupo rebelde, minoritario y sudoroso que parecieron dejar con el primerizo Sink Or Swim de 2007 cuesta encontrarla cinco años después. La formación comandada por Brian Fallon capta la atención mediática, ha ensanchado su público objetivo y llega a provocar algo que hoy por hoy es casi inaudito: un sold out. La madrileña sala Cats, escenario del concierto que nos ocupa, agotó las entradas y concitó a un nutrido grupo de seguidores de muy diferente pelaje, desde individuos habituales a estos fregados a tipos con aspecto de manejar una agenda anual de conciertos reducida a Springsteen y U2, por no hablar de alguna inquietante comitiva de bellísimas damas y apuestos jóvenes que parecían escapados de algún after de Pachá. La belleza y la autenticidad se encuentran en el interior, dicen, y seguramente tengan razón, pero resultaba chocante ver algo así en un concierto de estas características. Pensar, ya de paso, que un grupo como Gaslight Anthem ejerce un influjo semejante en la actualidad por el periodo musical tan discreto que atravesamos es muy discutible, pero convengamos que también razonable. El concierto, pues, se presentaba como una inmejorable prueba de fuego para aclarar debates y medir prejuicios. Y, tras la explosiva hora y media de actuación, hay que ahorrarse el limón, la sal y el vinagre y alzar el pulgar con Gaslight Anthem. Porque el concierto, sin llegar a ser algo verdaderamente estelar, fue bueno, a ratos muy bueno. Y, todo hay que decirlo, la respuesta y la entrega del público, a la altura de las circunstancias.

 

Algunas valoraciones de su concierto en Barcelona filtradas por internet apuntaban a una banda con ciertos destellos de acomodamiento, con un repertorio desigual y lastrado por momentos anticlimáticos, propensa a largos discursos que cortaban el ritmo. Pues bien, cabe sospechar que Fallon y compañía leyeron esas quejas y decidieron espabilar, porque su show en Madrid fue rotundo, visceral y magistralmente compensado. Y nada previsible. De entrada, y al igual que hicieron en la tierra de Manel, no subieron el telón con un pepinazo marca de la casa para provocar la histeria inmediata, sino que apostaron por Mae, un hipnótico medio tiempo de Handwritten, su más que recomendable último álbum, y que confirma que esta banda no sólo conquista con crudeza y decibelios, sino también con ternura y sutilezas. Fue una apertura embriagadora, bellísima. Aunque no tardaron en pisar el acelerador y provocar el delirio, obviamente. Los dos discos citados, The ’59 Sound y Handwritten, son con toda probabilidad los mejores álbumes de su carrera, y acudieron a ellos con maravillosa obstinación. Con excepción de la descomunal Too Much Blood, que desgraciadamente no sonó, no hubo mucho lugar para las añoranzas o las quejas en lo relativo al repertorio. Sí tal vez para la acústica de la sala, que minimizaba en muchos lances la voz del cantante, aunque sin duda poco a poco se fue viniendo arriba y su bajo volumen fue pasando más desapercibido. Y si nos ponemos puntillosos, resultó molesto, visualmente grosero, ver cosas tan maravillosas como treinteañeros y cuarentones volando sana e inofensivamente por encima de las cabezas del público en momentos especialmente intensos y, automáticamente, percibir cómo el despliegue de seguridad de la sala trataba de calmar los ánimos. Pero los instantes para el recuerdo pesaron mucho más, por suerte. El febril encadenado de The ’59 Sound, ’45’ y Handwritten en los primeros compases, por ejemplo, que depararon una decena de minutos absolutamente memorable y que bastó para devolver el precio de todas las entradas.

 

A partir de ahí, el contagio y la sintonía con el público fue total, y los asistentes, ya con independencia de su credibilidad como fans o sus distintas dosis de perfume, convirtieron el recinto en una olla a presión, que sin duda complació a Fallon, que no dejaba de mirar con estupor y admiración a la gente perdiendo los estribos. Tal vez como recompensa a tanto derroche ofreció el micrófono al público para cantar Here Comes My Man, vicio de muchos cantantes que parecen ignorar que protagonizan un concierto y no un karaoke, aunque por suerte no abusó de su generosidad y el desliz quedó ahí. El resto de componentes no andan muy sobrados de carisma, todo hay que decirlo, y a veces parecen lucir gestos de una desgana que no termina de cuadrar con el espíritu de este grupo, pero esa actitud fue cambiando progresivamente, las químicas y la fluidez asomaron, y desde luego son unos escuderos instrumentales de Fallon más que competentes. Como en casi todos los conciertos, por cierto, hubo ejecuciones maravillosas y conmovedoras que recibieron menos aplausos de los merecidos. Aquí podríamos incluir en este casillero a Miles Davis And The Cool y Keepshake, irresistibles. Como la traca final del bis, donde las volcánicas American Slang y Great Expectactions incrustaron a todos los asistentes una sonrisa de satisfacción que les duraría toda la noche y confirmaron, por si había alguna duda, que Gaslight Anthem, con Marah en el limbo y Lucero algo alejados de su mejor momento compositivo, son la formación joven, con permiso de Two Gallants y sin considerar aquí a los imbatibles Drive-By Truckers, que mejor representan y definen hoy por hoy la vertiente más contundente y visceral del rock americano.