Swans: el infierno son los otros

Fecha: 27 de Mayo de 2014

Lugar: Electric Brixton (Londres)

El silencio que sigue a un concierto de Swans es el más largo, intenso y bello de todos los que has vivido hasta la fecha. Como un pitillo después de un buen polvo. Como ese primer rayo de luz tras siete años y un día en la sombra. No sólo porque Michael Gira y los suyos se han dedicado las últimas dos horas a hacerte sufrir, maldiciendo el día en el que decidiste comprar un billete a su infierno personal. Sino porque, además, no puedes evitar aplaudirle durante los cinco minutos siguientes, no se sabe muy bien si por la intensidad del espectáculo que acabas de presenciar o por la satisfacción de que éste, al fin, haya concluido. “Sólo estamos aquí para haceros felices” se carcajea el norteamericano al micrófono antes de desaparecer del escenario. Sí, Michael Gira sonríe. Y hasta en ese pequeño gesto proyecta una sombra capaz de acogotar al más valiente.

Antes ha tenido de tiempo de desplegar sus alas de músico impenetrable y tozudo. Hay artistas que escriben canciones en blanco y negro. Gira, incluso, renuncia al primero. Cualquier tipo de floritura suena a capricho, a derrota de un artista inquebrantable. No, Gira nunca pierde. Transcurridos diez minutos de su concierto en Londres y con toda la banda ya al límite de sus posibilidades, entra en escena y decide que no es suficiente. Mueve los brazos, danza, implora a los dioses (y a sus músicos) por una noche más de ruido extremo. Siempre es posible ir un paso más allá, romper un poco más la barrera del sonido. “Gracias por ser tan amables” masculla en uno de los pocos momentos en los que declara un alto el fuego y se toma un respiro. En los directos de Swans no hay relojes, ni tiempos muertos. Poco a poco el aire se espesa, la vista se nubla, el estómago se encoge. Hasta que el cuerpo termina por congelarse, incapaz de mover un dedo, incapaz de sentir nada más que rabia, miedo, pánico, pavor.

Como uno esas películas en los que uno se intenta cubrir la cara, aunque no pueda evitar apartar la mirada, los shows de Michael Gira tienen un punto morboso. Un intento por demostrar los límites del género humano. Aquella repetición infinita de una misma nota abraza el tedio, lo pisotea, se revuelca en él. Y es precisamente en ese eterno retorno de lo mismo donde Swans encuentra su energía, su razón de ser. Como en Just A Little Boy, canción inspirada en Howlin’ Wolf. Michael Gira aúlla, sí, pero en ese alarido estremece hasta al más piadoso. En A Little God In My Hands el sexteto deja entrar un poco de aire fresco a través ese ritmo maquinal, robótico. Una de las pocas concesiones de la banda al disfrute del público. Por algo Gira ha bautizado su último disco con un irónico To Be Kind. El diablo también sabe esbozar su lado amable. Para más tarde demostrar lo retorcido que puede llegar ser, claro.

En ese juego de contrastes se mueve The Apostate, canción que cerraba el muy celebrado The Seer, y que en el show de Londres sirvió de bisagra entre una primera parte imponente, colosal, capaz de echar abajo cualquier muro; y una segunda en la que, asegurada la victoria, el grupo se dedica a regodearse sobre las ruinas de su destrozo. Todos al mismo tiempo, como una gran maquinaria de guerra. Desde esa pedal steel que silva al viento hasta un gong que parece anunciar el final del universo, el ejército de gansos avanza compacto. Con el chamán al frente, impasible al principio, desatado al final. Poco importa que se haya dejado en el camerino aquel sombrero de ala ancha con el que se deja retratar a veces. Un aspecto que le da un punto cómico, como de otro tiempo. Gira no se arruga. Aunque vea que sus compañeros no terminen de entender sus indicaciones. Aunque el público tuerza el gesto implorando piedad. “Seguimos intentándolo, igual que vosotros” sentencia el californiano al cierre. No, la guerra todavía no ha llegado a su fin. Así que, si por un casual Swans pasan por su ciudad, háganse con una entrada. Si, por el contrario, ya han tenido el “placer”, quédense en casa escuchando un disco de Leonard Cohen o vayan a un recital de las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Y disfruten del bello don de la vida.