St Vincent: reseña de urgencia para madrileños

St Vincent sala Apolo, 25/11/14

Foto: Marta Fort
Fecha: 25 de noviembre del 2014
Lugar: Sala Apolo (Barcelona)

Si vives en Madrid y tienes la ocasión, te ofrezco un consejo de amigo: compra la entrada para el concierto de hoy en la Joy Eslava. No querrás perderte uno de los conciertos del año. Si hubieras visto el de anoche en la Sala Apolo me entenderías. De verdad. Fíate de lo que te digo.

¿Que ya has visto a St Vincent en su gira anterior? Ni punto de comparación: aquella joven brusca ha mejorado con creces su virtuosismo con las seis cuerdas y con la voz. Ya no ofrece esos conciertos tensos donde expurgaba la rabia, moviéndose por el escenario como un león enjaulado; ahora apuesta por combinar su iconografía (igual de rabiosa, paranoica y perturbadora) con texturas más sutiles, mientras sigue labrando un camino original. Ya sabéis: Punk meets krautrock con toques de art-rock y gotitas de melodías pop. ¿Que la has visto en uno de los escenarios grandes del Primavera Sound y te dejó… frío? No la juzgues por un concierto que fue, igual que este, pulcro en lo musical, pero llevado a cabo en un escenario inhóspito, el eterno inconveniente de los festivales. No: verás a una Annie Clark próxima, dialogante, ávida de contacto con el público, y que da de sí con creces. A día de hoy, St Vincent se gusta, y se hace notar.

¿La viste en la gira conjunta con David Byrne? Vale, te lo concedo: ese momento fue único, memorable, pero también irrepetible. De esa experiencia, Annie Clark ha incorporado a sus conciertos el uso del espacio escénico y una expresividad plástica que multiplica el impacto emocional de su repertorio.

Y vaya repertorio. St Vincent (Seven Four/Republic, 2014) sigue siendo la médula espinal del espectáculo. Un concierto de sonido prístino que dejaba el terreno despejado para poder saborear el maridaje de la tecnología y la visceralidad. No todo son parabienes, eso es cierto: Cruel sonó apisonada por la base rítmica, y entre Every Tear Disappears (con un encantador medley del Shout de Tears for Fears) y Severed Crossed Fingers la batería daba algunos pasos en falso. Pero si el primer contacto con Strange Mercy (4AD, 2011) resultó una canibalización industrial que le hizo perder parte de su sutileza, no pasó lo mismo con otras redenciones: Surgeon sonó sensual, y la reivindicación de Cheerleader fue jaleada casi como himno de una generación a medio camino entre la brutalidad del hombre y la frialdad de la sociedad digital.

Aun así, las palabras se quedan cortas cuando se intenta transmitir la sensación de comunión con una artista que usa un pedestal no como símbolo de poder sino como puerta abierta a su personalidad más íntima. Tampoco sabría describir correctamente la paleta de colores que despliega, allí donde un solo rabioso es también una coreografía, donde las luces hablan de amores perturbados y personajes enajenados, donde las bases pregrabadas y los sámplers son parte íntima y orgánica de largos lamentos como Huey Newton. De todas formas, apuntaba que Clark había conseguido dominar e incorporar otros lenguajes al espectáculo: el espacio escénico, la coreografía, la melodía, un cada vez mejor dominio de la voz, dejando aparte el grito en favor de la expresividad; y, a diferencia de anteriores giras, el público forma parte esencial de él. Dos largos speeches sobre el reconocimiento en la calle, sobre tratar de volar con cajas de pizza atadas en los brazos simulando alas, y hacer un crowdsurfing, guitarra en ristre, al final de Your Lips Are Red, que dio punto y final a unos bises que arrancaron con una brutal Krokodil.

¿Qué más podría decir? Que saldréis del concierto felices. Y eso, hoy en día, es lo mejor que se puede decir.