Sonisphere: Para empezar, Soundgarden: ¿Esa gran decepción?

Sonisphere representa a escala la excepción de los festivales en Madrid. Por formato, por selección de grupos, por localización, por público, por continuidad. Por tantas y tantas razones, entre las cuales, no se olviden: funciona.

La edición 2012 firmaba un cambio de recinto, no muy lejos, pero sí considerablemente mejor para la supervivencia de los asistentes que este año no tuvieron que acudir a ningún concierto cuidando no perder su mascarilla. Y eso, quieran o no, es siempre un alivio. Además del asfalto en lugar de un campo de arena y viento la infraestructura del festival se ampliaba, en detrimento del sonido, que no anduvo demasiado acertado (especialmente durante los conciertos de la primera jornada) y la comunicación.

En la incertidumbre comunicativa de una tarde-noche de casi verano nos sumergíamos en territorio duro, en líneas generales, a través de las barreras de seguridad del recinto. Con el viento y el sol aún pegándonos en la cara inaugurábamos la primera tarde del Sonisphere 2012 ahogados, recién salidos del trabajo de hecho, con Limp Bizkit.

No sé. Qué puedo decirles de Limp Bizkit. ¿Qué son el típico grupo que todos hemos vestido durante la adolescencia? ¿Qué no echamos de menos a Linkin Park? ¿Qué a pesar de sonar bastante flojos y de abrir demasiado tiempo entre canción y canción estuvieron por encima de la media? Pues eso les digo. A pesar de las complicaciones con el sonido, del viento que no soplaba favorable a la escucha, de las temperaturas, que no eran precisamente para estar en sudadera o llevar pelucón, careta y corsé: lo hicieron. Lo hicieron porque lo estábamos esperando, en cierto modo, desde aquel Festimad fallido.

Eso de crecer con My Generation (un poco más tarde que la de los Who), My Way, Living it up o Hot Dog no podía significar nada malo. Y si a los ingredientes originales les añadimos dos espontáneos en torso/pechos. Y dos versiones tales como I Would For You de Jane’s Addiction y Faith de George Michael (ya saben, sí) queda bastante claro cuál era el nivel de la jornada en ese momento.

Así, tiempo mediante, tomaban el escenario, abarrotado de público alrededor los americanos The Offspring. Otro escándalo de la pubertad que todos queríamos ver. Incluso después de su última visita a la capital que termino retratando un auténtico aburrimiento desastre. Pero no nos damos por vencidos, o por convencidos, tan rápido. Por desgracia para otras muchas cosas el público español, la población en general es bastante tozuda así que ahí estábamos todos. Dispuestos a recibir algo cuyo nivel desconocíamos.

Repartidos por zonas y sonriendo como cuando teníamos quince. Que no hace tanto, no crean. Saltamos, bailamos, nos miramos y MUY IMPORTANTE: dispusimos incluso de tiempo para hacer un par de llamadas de rigor fraternal. Aquí va la anécdota, probablemente, menos interesante jamás escrita. Hace unos cuantos años, aún lo recuerdo bien, mi hermano fue a pasar unos meses a Irlanda, al volver del viaje ya había pasado su cumple. Yo llevaba los mismos meses que él fuera de casa, ahorrando para comprarle algo a su vuelta. Para demostrarle lo mucho que había echado en falta su presencia (sobre todo durante las comidas en casa). Mi regalo, pueden imaginar, fue Americana de The Offspring. Solo por eso merece la pena escucharles nuevamente cada vez que aparecen en escena.

En los 90 la gente no envejecía, pero el tiempo sí pasa para The Offspring. Tanto Dexter Holland como, el por todos conocido, Noodles, presentan rasgos característicos de una edad ya avanzada. Entre los cuales destacan el miedo al movimiento y la mirada fija aún conscientes de haberse equivocado con el setlist. Bueno, con algunas partes, no con todas claro. Por supuesto disfrutamos de cortes triunfantes, ojo: You’re Gonna Go Far, Kid, Come Out and Play, Days Go By, Hammerhead, Bad Habit, Why Don’t You Get a Job?, All I Want, Pretty Fly (for a White Guy), (Can’t Get My) Head Around You, The Kids Aren’t Alright, Self Esteem…

Un placer adolescente durante la etapa adulta quizá quede algo fuera de cuadro pero se disfruta tantísimo…

Sobre todo es ese y no otro el momento en que se tercian los achuchones entre desconocidos, las estrecheces, los rostros de complicidad y las sonrisas sinceras. Lo que desde luego significa una cosa: supimos disfrutarlo.

Pero los verdaderos encargados de terminar con la noche del viernes fueron Soundgarden. Con un sonido pésimo, y unas condiciones de viento aún menos favorable que durante los conciertos de la tarde los de Chris Cornell salían a tocar.

Y esto fue lo que pasó: 1. El viento zarandeaba los altavoces y era imposible seguir un par de notas concentrada / 2. Que alguien le diga a Chris que no le llega la voz, gracias. / 3. Una cosa es ser la única leyenda grunge del cartel y otra muy distinta torturar a todos aquellos que pudiesen sentirse algo identificados con la percepción. Que no.

Soundgarden ya no están al nivel. De hecho, con o sin una calidad de sonido en condiciones, que no tuvimos el placer de disfrutar en toda la tarde/noche del viernes, no estuvieron acertados. Independientemente de todo lo demás la banda de Seattle esta por debajo de sus posibilidades. ¿Las razones? Desconocidas. Pero, siendo claros, a Pearl Jam no le pasan estas cosas.

Después de la tremenda decepción volvimos a casa. Con las piernas cargadas de forzar las puntillas, la bolsa estropeada de saltar y chocar, la cara descompuesta después de Black Hole Sun, solo por ese tema en directo gran parte del agotamiento se vio cubierto.

Ahora bien, esperar más era lo justo, aún quedaba otro día…