Sonisphere. Día 2. Impresionantes Metallica y mucho más.

METALLICA - SONISPHERE

En efecto, quedaba otro día, segunda jornada de Sonisphere que empezaba con MASTODON, en mayúsculas y sin acento. Así es. Con una mejora notable del sonido por parte de la organización y la ampliación del escenario más el añadido de ese Black Circle (que todos menos los que están dentro odiamos) nos sumábamos a la avalancha de público, 90% camisetas de Metallica, 9% de Judas Priest, 1% otros.

 

Partiendo de aquí hacia arriba. Si bien es verdad que Seattle quedó en mejor lugar que la noche anterior, Mastodon eran la mejor merienda para coger las fuerzas que perdíamos durante la noche anterior y salir pitando a ver a Ghost.

 

Ghost fueron en gran medida el descubrimiento de la tarde. Disfrazados, cosa que me parece bastante absurda, como si fuesen miembros de la iglesia nos daban lo que íbamos buscando. Espectáculo y música de la buena para ir encajando las piezas del día. Para que se hagan una idea, Ghost son nórdicos, y a los nórdicos no les gusta trepar ramas.

 

Acto seguido, de vuelta al escenario principal: Slayer. Los californianos encabezados por Tom Araya dieron buena muestra de lo que algunos definen, por definir (que os encanta) como trash metal. Con el ambiente más que caldeado, el recinto bastante más lleno y caras de satisfacción por cada uno de los costados de la enorme marabunta de gente que empezaba a agolparse ya, bailando y practicando air guitar. Praxis que solo se veía detenida en algunos casos por el levantamiento de cerveza. Maravilloso.

 

Entre tanto, antes del final, algunos de nosotros huíamos en desbandada para ver a Enter Shikari. Todo lo que puedo decir es que el suyo fue uno de los mejores conciertos del día. De los dos días de hecho. Un recital perfecto sobre cómo hacerlo bien. A pesar de la malísima hora (competir con Slayer es complicarse) y la subdivisión, la caminata entre escenarios y la menor afluencia de público para verles, los chicos de Enter no se agotaron. Estuvieron en alza desde que empezó el concierto, sin dudar un segundo sobre lo que estaban haciendo. Entre subidos y orgullosos. Con uno de los sonidos más impecables de las dos jornadas y mientras caía el sol. En definitiva, frescos, geniales.

 

Lo siguiente era una pausa (para probar sonido) eterna, durante la cual, muchos de nosotros, como bien saben, nos dedicamos a coger fuerzas y suministros en cerveza. Que nunca está de más si lo siguiente que va a aparecer en escena tiene que ver con Metallica.

 

En el caso de contar directamente con Metallica tal cual: nada sobra. Esa capacidad soberbia de hacer estremecer a un público de más de 50.000 personas que sabes que vienen a verte a ti casi expresamente las veces que pienses aparecer solo significa una cosa: que lo mereces.

 

Y eso fue lo que demostraron los americanos durante casi tres horas de concierto. Empezaron con la habitual versión de The Ecstasy of Gold de Ennio Morricone. Para cubrir con unos cuantos temas más entre los que destacó Master of Puppets, y empieza el espectáculo.

 

Porque señores, sin ánimo de ofender, Metallica están por encimísima de todo lo que llevábamos visto y escuchado. Otro nivel. El Black Album (1991) fue interpretado, también saben, como habían dispuesto en las otras fechas de la gira, empezando por el final. El último tema del quinto disco de estudio de la banda pasaba a ser el primero, The Struggle Within abría bocas por doquier, para seguir con piezas míticas e igualmente emotivas tales como The God that Failed, la fatídicamente versionada Nothing Else Matters, Wherever I May Roam o la fantástica The Unforgiven. Lo cierto es que sonaron destructores, arrolladores, brutales. Entre cohetes, fuego y pirotecnias varias cerraban, con mucho retraso un espectáculo tras el cual uno no se extraña del lleno del recinto. Ni del posterior vaciado. Ni de la cantidad de hordas de gente que acuden cuantas veces haga falta, por apetencia (no se olviden) a escuchar (sobre todo) semejante maravilla.

 

Después de Metallica nos disipábamos, nos perdíamos, nos pensábamos qué hacer con Fear Factory. Cenábamos, comentábamos la bestiada más reciente. Y nos levántabamos del suelo, calentito, por cierto, desde el que habíamos visto a Evanescence (psch). Para unirnos al montón de personas que quedaron dispuestas a desprender los últimos gramos de glucosa en sangre con la gravedad de Fear Factory. Ahí nos quedamos, sin más energía que la mecánica que nos arrastró a casa para dormir el domingo recordando la preciosidad de la noche anterior.

 

SÍ al Sonisphere y a que se mantenga el nivel y se trabaje en la mejora de esas instalaciones teniendo muy en cuenta a las personas que quieren seguir disfrutando de festivales como este.